• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

Al instante

La ficción y los dictadores

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La literatura es una fuente inagotable de ejemplos de las tribulaciones por las que transitan las sociedades. La producción latinoamericana en este sentido nos provee de testimonios que no se pueden localizar en otros espacios tradicionales. Dentro de la vasta realización dedicada a las novelas, destaca la llamada “novela del dictador”, cuya obra señera, sin lugar a dudas, es Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos. No solo es una imponente muestra de dominio narrativo, sino que ha sido considerada como una prueba espeluznante de uno de los mayores males que ha sufrido nuestra Latinoamérica, es decir, la dictadura. Esa aterradora travesía política, vivida en Paraguay cuando “reinaba” en el poder el mítico déspota, Rodríguez Francia, que Roa describe tan magistralmente, llega a convertirse en una excepcional alegoría de la historia recorrida por nuestros países latinoamericanos.

Uno de los pasajes que me han impactado más de la novela es aquel que relata la conversación entre Patiño, el amanuense del Supremo, y este, a raíz del hallazgo de la pancarta que difama al dictador. En ese relato, el Supremo inculpa a unos presos políticos que llevan años encarcelados y cuyas celdas han sido tapiadas con cal; por su parte, el amanuense asevera que ellos no pudieron escribir el pasquín. El Supremo, responde airado: “Tienen memoria. Memoria igual a la tuya. Memoria de cucaracha de archivo, trescientos millones de años más vieja que el homo sapiens. Memoria del pez, de la rana, del loro limpiándose siempre el pico del mismo lado. Lo cual no quiere decir que sean inteligentes. Todo lo contrario. ¿Puedes certificar de memorioso al gato escaldado que huye hasta del agua fría? No, sino que es un gato miedoso. La escaldadura le ha entrado en la memoria. La memoria no recuerda el miedo. Se ha transformado en miedo ella misma”. Los acusa de querer entregar el país al “mejor impostor”. Pero, él, el Supremo, poseedor de todo el poder, los envió a la cárcel donde pagarán hasta su muerte los pecados cometidos en contra de la patria.

No es mi intención analizar literariamente la novela de Roa; trato de establecer que ella, al igual que otras novelas del mismo tenor, como pueden ser Señor presidente, de Miguel Ángel Asturias; El otoño de patriarca, de García Márquez; Oficio de difuntos, de Uslar Pietri; la Fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, son ejemplos maravillosos que nos muestran cómo esas figuras autocráticas terminan usando un mismo lenguaje y actuando bajo un mismo patrón de conducta, más allá de las diferentes latitudes y los diversos matices propios del español latinoamericano.

En Letras Libres, E. Krauze relata una famosa entrevista que García Márquez le hace a Omar Torrijos, donde éste, refiriéndose a El otoño del patriarca, le dijo: “Es verdad, somos nosotros, así somos”. “El comentario –dijo García Márquez– me dejó atónito y feliz”.

Alguien podría preguntarse cómo se logra esa similitud de los personajes literarios de la novela del dictador con los dictadores reales. Algunos dirán, por el contrario, que son muy lejanos a esa realidad; pero bastaría cotejar pasajes de muchas de estas novelas, con los sucesos que a diario ocurren en nuestros países, sumidos en crisis políticas, para corroborar que no hay que pedirle mucho a la imaginación para plasmar esos escenarios.

Por otra parte, el escritor, sea uno u otro, crea una figura mitológica donde se exacerba el miedo y el terror que inspira el dictador, con el afán de crear el mito que terminan siendo esas malévolas figuras de nuestra historia; queramos o no, ese personaje se transforma en un hombre-mito, en un ser absolutamente superior a todos los ciudadanos, otorgándole así una “divinidad” que permitirá seguir empleando el poder con características mítico-religiosas.

No en vano, en Yo, el Supremo, este exclama en un momento: “No, Céspedes, no necesito de ningún lenguaraz que traduzca mi ánima al dialecto divino. Yo almuerzo con Dios en la misma fuente”.

@yorisvillasana