• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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El dilema democrático venezolano: representatividad o participación

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Al instaurarse el “chavismo” en Venezuela, surgió una distinta concepción de la democracia; se comenzó a hablar de democracia radical, cuya acepción es una suerte de incremento del llamado marco democrático y la extensión de la deliberación pública a una nueva red de relaciones intersociales. Se sostuvo que la “nueva democracia” debía estar separada de los actores tradicionales, es decir, de los partidos políticos. Además, se creyó en la necesidad de la instauración de grupos sociales que, de una u otra forma, evitaran que alguna agrupación se arrogara para sí el predominio de las esferas de “participación pública”. Así surgió la idea de instaurar una “democracia participativa”. Hubo una convocatoria a una Asamblea Constituyente y elaborar una nueva carta magna; dicha Asamblea encontró su sustento en la nueva concepción de la democracia.

¿Qué significa esa nueva concepción y cuáles han sido, hasta ahora, las consecuencias en el ámbito político venezolano? Se ha hablado de un dilema democrático al contraponer la democracia representativa versus la democracia participativa. ¿Es válido plantearse ese problema, o, acaso, no es más que una falsa disyunción?

Usualmente entendemos por democracia participativa a una peculiar manera de ejercer la democracia, donde los ciudadanos participan de manera más activa en las decisiones políticas que la intervención que suelen llevar a cabo en la democracia representativa.

Contraponer ambas modalidades, como si ellas fuesen mutuamente excluyentes, es caer en la famosa falacia de la falsa disyunción. En cualquier  manual de lógica aparece la definición de este vicio argumentativo y se dice que “se produce una falacia por falsa disyunción cuando los términos en disyuntiva no son exhaustivos o no son excluyentes. Convierte en falaces a los argumentos disyuntivos que se formen a partir de ella”.Ambas formas ni siquiera representan estilos contrarios, es decir, ellas poseen elementos en común que impiden hablar de contraposiciones.

Esta controversia, democracia directa versus democracia representativa, analizada por N. Bobbio, es una disputa centrada sobre todo, en dos aspectos cruciales: el representante electo no puede ser revocado de su cargo y, segundo, no es revocable en tanto está llamado a tutelar los intereses de la sociedad civil y no los intereses particulares de esta o aquella profesión particular.

La revocación del mandato es propia del sistema marxista; fue Marx quien recordó que, en la Comuna de París, los miembros de la Asamblea fueron electos por elección universal, pero podían ser revocados en cualquier momento. Este principio revocatorio fue retomado por Lenin, constituyéndose en norma en las constituciones de las democracias populares de la Europa oriental. En Italia se sustituyó la representación partidista por la representación orgánica: fue hecho con la cámara de los fascios y de las corporaciones por el fascismo.

La modalidad del mandato revocatorio no acabaría con la representatividad. El representante continuaría siendo un intermediario entre el ciudadano y la instancia que toma la decisión. En tal caso, es un paso que acerca la democracia representativa a la directa.

Insistir en esa contradicción es erróneo. Ellas conviven, pues la democracia directa pura, entendida como contrapuesta a la representativa, sólo es posible en una sociedad donde la Asamblea de Ciudadanos pueda darse. Es decir, Atenas (siglos IV y V AC).

Quienes redactaron la Constitución en la Asamblea Constituyente debieron preocuparse más en establecer el derecho al disenso, a la pluralidad de posiciones, que de adjetivar la democracia como representativa o directa.

¿Cuán efectivo ha sido el paso dado hacia la participación en la política venezolana? Aceptar un avance en la participación ciudadana obliga a aceptar también una clara democratización de la sociedad y el estado; sin embargo, esto es falso. Ciertamente ha habido un aumento de la participación de la ciudadanía, a través, por ejemplo, de las asambleas de ciudadanos; pero, en realidad, han servido más de catarsis que de verdadera influencia en las decisiones políticas de las propias parroquias y municipios. Dicha participación forma parte de una mera ilusión democrática, que el gobierno insiste en catalogar como efectiva a partir de una profusa propaganda mediática. La Asamblea Nacional, a pesar de la posible revocación de sus diputados, es un simple apéndice del ejecutivo; la supuesta participación del electorado no ha sido más que una aspiración defraudada con la persecución a la disidencia.

No hubo avance en la democracia; por el contrario, entramos en una era de autoritarismo y resurgimiento del militarismo, etapas que se creían superadas en el ámbito político venezolano.


@yorisvillasana