• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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¿Cuál ciudadano para cuál sociedad?

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Cuando examinamos los objetivos que se trazan los gobiernos, los centros educativos y demás instituciones para que una sociedad avance, observamos que hay siempre dos elementos comunes; uno, centrado en el desarrollo de la ciudadanía, y el otro, en la formación de la juventud para que desempeñe cabalmente este rol. Por ello, es necesario que analicemos tanto la definición de ciudadano que normalmente se maneja en estas declaraciones de principios, como el tipo de sociedad en el que tales objetivos se expresan.

El debate académico sobre la educación ciudadana y a quién va dirigido, suele poseer un sesgo muy abstracto, amén de filosófico, y gira irremediablemente sobre el concepto que se tenga de la democracia. Todos sabemos que hay tres tradiciones sobre las cuales se encuentran los conceptos de ciudadanía y democracia, a saber, tradición liberal, comunitaria y republicana. En un apretado resumen, trataré de sintetizar los rasgos fundamentales de cada una de dichas tradiciones: el liberalismo enfatiza los derechos individuales; el modelo comunitario se afianza precisamente en la vida comunitaria y la inserción del individuo en ella; en cuanto al republicanismo, su énfasis está colocado en la participación como valor fundamental de una comunidad que se construye con la colaboración de sus miembros. Sin embargo, enfocar la ciudadanía desde estos ángulos corre el peligro de encerrar al ciudadano en una suerte de modelo estático, olvidando completamente la característica fundamental de la sociedad que es su carácter dinámico como bien comentan algunos estudiosos del tema y que pueden estudiarse buscando literatura al respecto..

Pensemos, entonces, en un ciudadano que responda a las características más o menos aceptadas por las tres tradiciones que hemos mencionado, pero inserto en el momento actual. Viéndolo de una forma quizás rústica, el ciudadano al que apuntan nuestras sociedades inmersas en el mundo capitalista y democrático es aquella persona que está inserta en el mercado laboral, cumple con los deberes que esa inserción le obliga, como es el pago de impuestos, posee derechos sociales y cumple con los deberes que su comunidad le exige. Sin embargo, esa definición termina siendo excluyente, puesto que posee como nota fundamental que la persona esté inserta en el mercado laboral y paga impuestos; así quedan fuera, al menos, quienes se han dedicado a las labores del hogar como lo son millones de mujeres. Tampoco es ciudadano el joven que aún se encuentra en las aulas recibiendo formación.

Ante las diferentes concepciones de ciudadano y sus restricciones, surgió una acepción que ha tomado cuerpo; finalizando el pasado siglo, nació entre las líneas británicas la idea de superar el modelo de estado de bienestar que consideraban no apto para el verdadero desarrollo del país, y promovieron otro espacio de acción de lo público y lo privado. En esa nueva concepción, se favorece el voluntariado de los ciudadanos en el terreno local, educativo y de seguridad. En palabras del ministro de Margaret Thatcher, Douglas Hurd: “La ciudadanía activa es la libre aceptación por los individuos de obligaciones voluntarias con la comunidad a la que pertenecen … Surge de las tradiciones de obligación cívica y servicio voluntario que son centrales al pensamiento de este gobierno y están ancladas en nuestra historia”.

Ese joven actuará en una sociedad libre, democrática y donde predominan los valores de libertad, igualdad, civilidad, justicia, legalidad, participación pluralismo, tolerancia. En cierto modo esta delimitación de la sociedad donde se va a desenvolver está excluyendo aquellos países en donde la sociedad está claramente fragmentada, como es el caso de muchos países latinoamericanos, en especial Venezuela. Parecería, más bien, que educamos para otras latitudes, puesto que estas virtudes no son precisamente abundantes en nuestro ámbito social y político.

Sea una u otra la sociedad en donde se desenvuelva, hay principios que como tales no pueden ignorarse. No es posible desconocer que más de la tercera parte de la población mundial sufre de hambre y para esos marginados el modelo de desarrollo que nuestra cultura occidental ha impuesto no es alcanzable. Por ello, es indispensable que en la formación de nuestros jóvenes universitarios, a quienes estamos preparando para ejercer una ciudadanía activa, acorde con lo dicho en líneas precedentes, tratemos de incentivarlos a interactuar en comunidades dispuestas a dialogar interdisciplinariamente y con un verdadero entendimiento de las diferencias culturales existentes en este mundo globalizado.

Reconocer la diversidad y la complejidad del otro me obliga a desarrollar la tolerancia, aceptar aquello que es distinto a mí, a respetar las opiniones y creencias distintas. Pero, hay que tener cuidado; tolerar no es aceptar lo intolerable. Aceptar “cualquier punto de vista” como válido, en aras de la “tolerancia” nos conduciría a entender ésta como “tragar saliva” y resignarse. Tal actitud podría ser calificada simplemente como indiferencia, por una parte, y, por otra, como miedo ante el despliegue de fuerza que podría activar quien así argumenta. Si así fuese, ¿estamos en presencia de la tolerancia como “virtud cívica”?

 

@yorisvillasana