• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

Al instante

¡Y el amanecer se coloreó de esperanza!

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En la novela latinoamericana se puso en boga en los años setentas un subgénero-permítaseme llamarlo así- que fue apodado “novela del dictador” porque trata fundamentalmente sobre la sempiterna presencia de las dictaduras militares en nuestras latitudes latinoamericanas. Sobre esta materia he escrito en diferentes oportunidades; hoy quiero retomar el tema.

Entre las variadas novelas sobre el dictador descuellan La fiesta del Chivo (Mario Vargas Llosa); El otoño del patriarca (Gabriel García Márquez); Yo, el Supremo (Augusto Roa Bastos); Oficio de difuntos (Arturo Uslar Pietri); El señor Presidente (Miguel Ángel Asturias); Tirano Banderas (Ramón del Valle-Inclán) y algunas más que son también dignas de ser consideradas en cualquier análisis que se haga de este metagénero (o subgénero literario).

Hablar sobre Yo, el Supremo, donde la figura central es el Dr. Rodríguez Francia (Paraguay), o analizar La fiesta del Chivo, centrada en el dictador Rafael Leónidas Trujillo (República Dominicana), o cualquier otra de las mencionadas, nos conduce a deslindar los hechos históricos de la ficción literaria que produce adaptaciones quiméricas de los dictadores. Aun así, estos personales reflejan características propias de los tiranos que representan. Se cuenta que Omar Torrijos (Panamá), poco antes de su muerte, le dijo a Gabriel García Márquez: “Tu mejor libro es El otoño del patriarca. Todos somos así como tú dices”.

Sobre el personaje ficticio, creado por García Márquez, se ha comentado que la figura que más influyó en la creación del patriarca fue Juan Vicente Gómez y el recuerdo que el escritor guardaba en su memoria de la huida de Marcos Pérez Jiménez en la madrugada del 23 de enero de 1958 (Venezuela). Es interesante resaltar que García Márquez opinaba que esta obra era “un poema sobre la soledad del poder”.

En un certero análisis de El otoño del patriarca, Jesús Silva-Herzog Márquez realiza una caracterización del dictador que nos revela con claridad el drama del poder y la soledad que lo rodea:”incapaz de amistad y de amor, se hace víctima de su propia secta. Cobarde para la duda se prende de la mentira. No hay gobernante sano. El déspota, realización plena del síndrome de la manipulación, sólo conoce la vida por el revés: nunca encuentra la lealtad: sólo el miedo y el engaño. Jamás escucha la verdad, las apariencias son su cárcel, tal vez su piel”.

Acerquémonos a Oficio de difuntos (Arturo Uslar Pietri), y aquí nos topamos con la figura del caudillo de origen rural; es tropezar con un espectro que se ha mantenido vivo en nuestra América Latina. Es traer a nuestra presencia a ese tirano que puede representar a Rafael Leónidas Trujillo, a Gaspar Rodríguez Francia o a Juan Vicente Gómez.

Hubo momentos en que se creyó que nuestra historia de caudillos se había terminado en 1958. Si bien es cierto que vivimos años de vida democrática, empañada a veces por desaciertos, también es cierto que muchas de estas torpezas nos condujeron a una aventura que le ha costado al país vidas, deudas, bancarrota. Son páginas que bien conseguirían inspirar a cualquier escritor a revivir el metagénero que hemos descrito brevemente en líneas precedentes Episodios que se enmarcan en lo real maravilloso de nuestra política y que podría creerse que provienen de la aguda percepción que sobre estas figuras fantasmagóricas de la literatura tuvieron escritores de la talla de García Márquez, Uslar Pietri, Vargas Llosa, Roa Bastos.

Nuestro país no quiso seguir dando argumentos para esa representación autoritaria; Venezuela quiere inspirar otro argumento a la literatura, al arte, a la cultura y, muy especialmente, a la Historia; ambiciona manifestar que una sociedad, llevada al límite de su resistencia, ha sido capaz de levantar su voz y mediante el ejercicio de su libertad le está poniendo punto final a etapas como la que estamos viendo concluir.

No sé de qué color es la emoción, ¿verde, azul, dorada, roja, tricolor? Pero, sí puedo afirmar que en la madrugada del siete de diciembre de dos mil quince, pude observar que la tenue luz de la alborada se coloreó de una resplandeciente esperanza.

@yorisvillasana