• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Un acto deshonroso deshonra a quien lo comete

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A Antonieta Mendoza de López

y Lilian Tintori de López

 

Cuando se toman decisiones respecto del modo en que se debe legislar, cómo se debe educar, cómo tratar al que difiere de mí, al Otro, cuál es la ruta que debe seguir una sociedad para conseguir tal o cual beneficio, bien sea espiritual, bien sea material, subyace la manera de interpretar la realidad que nos circunda. Cualquier persona puede ignorar que su perspectiva se apoya en determinadas concepciones filosóficas, explicaciones teoréticas, pero sabe que actúa porque posee determinados valores y creencias que lo conducen a actuar de una manera determinada. Si esa persona se ha declarado cristiana, en cualquiera de sus ramas, está admitiendo que el ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios, y que, por tanto, tiene una dignidad especial e integridad que no deben ser violadas. Si se declara no creyente, también sus actos responden a una filosofía de vida.

Sobre el tema de las cosmovisiones y su vinculación con las religiones y el secularismo, hay publicaciones que ilustran de manera detallada esa relación, entre ellos un filósofo estadounidense, Brendan Sweetman, cuyas obras me han ilustrado al respecto y que me han servido de telón de fondo en este artículo.

Hoy, desde esa perspectiva, trato de establecer lazos entre ciertas declaraciones y actuaciones, que han salido reseñadas en los medios de comunicación y redes sociales, de personas que ostentan cargos de importancia y la supuesta adhesión a religiones y, además, cómo en sus conductas surgen elementos absolutamente contrarios a la filosofía de vida que han pregonado como guía de su quehacer.

Si usted, amigo lector, expresa que profesa el catolicismo, está compartiendo en su totalidad los principios y normas que expone la cosmovisión de dicha religión. Es decir, comparte que la persona posee integridad y dignidad que jamás podrán ser violentadas. Luego, si alguien ha manifestado su pertenencia a la religión católica, por ejemplo, esa persona comparte su filosofía de vida, es decir, no solo cree en las ideas sobre la existencia de Dios, sino que está comprometido a respetar al “otro”, aun cuando sea diferente, no podrá bajo ningún respecto violentar su dignidad e integridad. Agrego, comparte la “regla de oro” de la tradición judeo-cristiana, en su forma positiva, “Haz a los otros lo que deseas que ellos te hagan a ti”  (Mateo: 7:12).

El caso es que hemos conocido mediante los medios de comunicación que dos señoras, vinculadas familiarmente a un preso político –Lilian Tintori, Antonieta Mendoza de López, esposa y madre de Leopoldo López, respectivamente– fueron vilmente atropelladas en su condición de mujeres, seres humanos y ciudadanas de un país que habla de democracia, y que en el Preámbulo de la Constitución se invoca la protección de Dios. Más aún, hay artículos referentes a los derechos civiles y políticos que prescriben taxativamente que “(…) ninguna persona puede ser sometida a penas, torturas o tratos crueles, inhumanos o degradantes (…)” como el artículo 46 que acabo de citar en una parte sustancial.

Habrá quien me contraargumente y me diga que no emplee argumentos religiosos y no meta a Dios en esto, cuya invocación está presente en la Constitución, apareciendo de esa manera una de las incoherencias de sus seudoargumentos. Sobre ese punto referido a la supuesta obligatoriedad de manejar la religión tan solo en el ámbito privado, podemos discutir largamente; pero aquí, en este preciso momento, lo que estoy hablando es de la incongruencia entre proclamar a todo pulmón que han jurado ante la carta magna respetar y acatar todo lo que ella incluye, así como defender cuando les conviene sus creencias teoréticas. Pregonan que defienden la libertad, la igualdad, la responsabilidad, la equidad; dicen buscar la suprema felicidad –noción, por cierto, sacada del concepto de la máxima felicidad posible de Bethman y de Mill– sin tener en cuenta todo lo que esa posición ético-política representa.

Jeremy Bentham entiende que “la acción moralmente justa es, en cualesquiera circunstancias, la que tiende a la máxima felicidad”; por su parte, John S. Mill entiende que el principio de la mayor felicidad consiste en que “las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, e incorrectas cuando tienden a producir lo contrario a la felicidad”. Los estudiosos de ambos autores coinciden en señalar que tanto Bentham como Mill centraban su planteamiento de “la mayor felicidad posible” en conseguir la mayor felicidad conjunta –dicho de otra manera, la mayor cantidad total de felicidad, sin tomar en consideración cómo se reparte la felicidad. Aun cuando el utilitarismo de ambos es hedonista, puesto que en un cierto sentido su ética se asentaba en la consecución del placer, no consiste en la búsqueda del mero placer individual.

De manera que me pregunto, como lo han hechos millones de venezolanos ante la humillante requisa a las damas mencionadas, ¿a qué cosmovisión obedece quien ordenó y quien practicó semejante acto deshonroso? Imposible que logren justificarlo. Un acto deshonroso deshonra a quien lo comete.