• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Corina Yoris-Villasana

Violencia, militarismo y miedo

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Un tema de ineludible estudio en el ámbito de la discusión filosófico-política es el referido a la necesidad del control civil sobre las Fuerzas Armadas, y el control civil es esencial para asegurar que los militares respondan a la voluntad del pueblo y sean administrados eficazmente para alcanzar los objetivos nacionales. La supremacía civil sobre los militares asegura que estos no pueden usar el poder en beneficio propio o de un solo segmento de la sociedad, y para que sea efectivo se requiere que las Fuerzas Armadas no dominen el gobierno, ni impongan sus valores particulares sobre instituciones o entidades civiles. Ese es un tema espinoso, poco hablado y también analizado con temor por muchos. Hoy, quisiera hacer una aproximación al tema refiriéndome a varios aspectos del predominio militar en la política. De igual manera quiero dejar testimonio de mi deuda con Domingo Irwin, especialista en el tema militar en América Latina, a quien prácticamente le “saqueo” sus publicaciones sobre el tema. Fallecido recientemente, Domingo deja un vacío imposible de llenar. Dedico a su memoria este artículo.

En décadas pasadas, con la aplicación de determinados planes macroeconómicos, se generó en muchos lugares de Latinoamérica un fuerte desequilibrio social, que devino en el resurgimiento del caudillismo, encarnado en una figura militar. La necesidad del “orden” justificó en muchos ámbitos esta injerencia en el mundo civil. La intervención de los militares en la política ha recibido el nombre de pretorianismo; compartimos la acepción que le da Huntington, es decir: “El pretorianismo, en un sentido limitado, se re­fiere a la intervención de los militares en polí­tica”, y aún más, “un Estado pretoriano es aquel donde las ambiciones privadas rara vez son contenidas por un sentido de la autoridad pública, y el papel del poder llega al máximo”. Huntington caracteriza el pretorianismo partiendo de la base de la combinación entre la participación política y la institucionalización política. Es decir, cuando hay baja participación, en ella intervienen políticamente pequeños grupos y camarillas; cuando la participación es de grado medio, quienes concurren en la escena política son las clases media y alta; mientras que en alta participación, aparecen las mayorías, las masas. Por su parte, la caracterización de la institucionalización política puede ser baja o alta. Cuando esta es mayor que la participación, el sistema político es cívico. Mientras que si la participación supera la institucionalización, estamos en presencia de un sistema pretoriano. Añade Huntington que si la participación política en el sistema pretoriano es baja, entonces este es de carácter oligárquico. Si la participación es media, será radical, y, en el caso de participación alta, es un pretorianismo de masas.

El Estado posee el monopolio del ejercicio de la violencia, y, por ello, al hablar de la violencia de Estado nos referimos a una noción política que alude a la violencia constitutiva de cualquier Estado. La forma más explícita de dicha violencia de Estado es el poder represivo que se arroga, el que ataca determinadas conductas consideradas desviadas interviniendo físicamente a través de sus mecanismos de control: la cárcel, la policía, los ejércitos, el Poder Judicial, etc. Es decir, las fuerzas armadas constituyen un factor de control; por ello, una sociedad dominada por la presencia militar es una sociedad desequilibrada, por decir lo menos. “La ubicación de las fuerzas armadas en un país influye en su grado de democratización, porque administrar la violencia del Estado es un indicativo de tal alcance y en todo caso debe estar bajo control social”.

Cuando en nuestros ámbitos académicos se habla de la “cultura de la guerra”, es indiscutible que hay una clara referencia a la presencia permanente en la esfera política de los conflictos armados y la innegable militarización de los aparatos gubernamentales. Hay, actualmente, en algunos países una nueva “lectura histórica”, en la que se realzan los “valores” guerreros sobre cualquier alusión a las épocas de paz vividas en dichos espacios geográficos. Esa constante alusión ha ido creando un ambiente donde se respira más la confrontación con el enemigo que la fructífera discusión con un opositor. De esa manera, en muchos círculos de la sociedad se instaura el temor, y el miedo “no deja espacio para la democracia”. Tenemos así una sociedad escindida, dominada por el miedo, y este puede desembocar en violencia.