• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Vigencia del debate filosófico y político. Habermas, Taylor y Ratzinger

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Hace pocos días, fue anunciado en la prensa mundial que el Premio Kluge había sido concedido a dos figuras ejemplares en filosofía: Jürgen Habermas y Charles Taylor. Se lee en todos los medios que han publicado la noticia: “El premio fundado por el empresario germano-estadounidense John Werner Kluge ha recaído en estos dos brillantes filósofos sobre todo por su participación en el debate político a nivel público”.

Para muchos, esta noticia no es de su interés en tanto la filosofía se encuentra en otras zonas de la preocupación diaria de muchos de nuestros ciudadanos. Sin embargo, vale la pena establecer lazos de entendimiento de sus filosofías y lo cercanas que se encuentran con las preocupaciones cotidianas de los habitantes de cualquier coordenada geográfica.

Para Habermas, filósofo alemán, conocido por su crítica a la razón meramente instrumental, no “es posible una objetividad ajena a valores e intereses”. Entre sus aportes filosóficos descuellan la edificación teórica de la Acción Comunicativa y la Democracia Deliberativa.

Por su parte, Charles Taylor, filósofo canadiense, católico, se ha destacado primordialmente por sus trabajos centrados en investigaciones relacionadas con la Modernidad, el Secularismo y la Ética, entre otros trabajos también altamente valiosos. Partidario del comunitarismo que contrapone al liberalismo político, Taylor puntualiza que en ese debate entre estas corrientes no se debe olvidar que el liberalismo posee distintas caras. En sus palabras: “Parte de la razón por la cual este nombre no es totalmente correcto es que el debate se produce con distintos tipos de liberalismo”.

Charles Taylor afirma categóricamente que es imposible dejar a un lado la espiritualidad del ser humano en la vida pública: “La ceguera a la dimensión espiritual de la vida humana nos hace incapaces de explorar cuestiones que son vitales para nosotros. O, por decirlo de modo positivo: recuperar lo espiritual abre horizontes en los que se torna posible hacer descubrimientos importantes e incluso emocionantes”.

Entre esos debates públicos a los que se refiere la justificación del Premio Kluge, quiero destacar el sostenido por Jürgen Habermas con Joseph Ratzinger, para entonces cardenal, el día 19 de enero de 2004 en la Academia Católica de Baviera. Un año y unos meses más tarde, el 19 de abril de 2005, Ratzinger fue elegido papa y escogió el nombre de Benedicto XVI. El cardenal Ratzinger o el papa Benedicto XVI es una figura controversial; ha despertado gran admiración a la vez que fuertes rechazos. Pero hasta sus más enconados detractores deben reconocer la capacidad intelectual de este hombre. El texto con las intervenciones de ambos pensadores fue publicado con el título de Dialektik der Säkularisierung (Dialéctica de la Secularización) y se encuentra disponible en Internet. Habermas representaba “el pensamiento liberal secular”, mientras que Ratzinger fundaba su intervención en la fe católica.

Habermas titula su intervención en forma interrogante ¿Fundamentos prepolíticos del Estado Democrático de Derecho? Para ensanchar su horizonte plantea dos preguntas más: ¿Puede alcanzarse un poder político de justificación secularizada, es decir, no religiosa o posmetafísica? ¿Es posible la libertad de credo, cuando el Estado exige que los procedimientos de participación y de ciudadanía sean estrictamente laicos?

En una larga disertación, Habermas va hilvanando sus respuestas para concluir diciendo que lo más valioso de los Estados democráticos es la apertura al diálogo y la participación tanto de creyentes como de no creyentes. Llama poderosamente la atención, que Habermas, quien se había denominado a sí mismo como “carente de oído para la música religiosa” termine otorgándole un papel importante en la creación del Estado democrático de derecho.

Ratzinger, por su parte, se muestra de acuerdo con que no debe regir el derecho del más fuerte, sino la fuerza del derecho. Reflexiona sobre lo beneficioso que resulta para una sociedad que el derecho sea respetado, puesto que su rechazo, el irrespeto acarrea la anarquía y esta ocasiona irremisiblemente la pérdida de libertad. Ratzinger concluye que aun cuando tanto el modelo de racionalidad occidental como el propio cristianismo presumen de ser universales, asegura que son pocos sectores que realmente logran su entero conocimiento y alcance. Visto de esta manera, Ratzinger plantea que la cultura laica estrictamente racional concebida a la manera de Habermas, no prescinde para nada la visión cristiana de la realidad.

Temas que apasionan y que no deben pasar desapercibidos en la vida de cualquier ciudadano. La discusión sobre los modelos de sociedad, la secularización, las creencias religiosas forman parte constitutiva de cada ser humano. 

@yorisvillasana