• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Corina Yoris-Villasana

Política como “buen logro”

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Desde la época aristotélica, y dadas las relaciones que existen entre un individuo y la colectividad donde vive, ningún filósofo, que se preciara de tal, desatendería la política. Los ciudadanos eran aquellos que poseían la facultad de efectuar las labores solicitadas por el Estado con el objetivo de sistematizar y administrar políticamente la polis.

Aun cuando Aristóteles era un “meteco” (extranjero), y, en consecuencia, no podía participar activamente en política de Atenas, llevó a cabo una seria investigación sobre las relaciones ciudadano-polis que han llegado a nuestros días en diferentes obras. Entiende que el “hombre” se realiza cuando actúa como “ciudadano” y, define a este como aquel individuo que tiene el derecho de participar en el poder deliberativo o judicial de la ciudad; y esta es, para el estagirita, “el cuerpo de ciudadanos capaz de llevar una vida autosuficiente”.  Además, el ciudadano debe procurar el bien de la comunidad, la salvaguarda del Estado, y se convierte así en un ciudadano virtuoso. Decía Aristóteles que “el hombre verdaderamente político parece dedicar sus mayores esfuerzos a la virtud, porque quiere hacer a los ciudadanos buenos y obedientes a las leyes”.

Aristóteles considera que la mejor forma de gobierno será aquella que procure a la ciudadanía prudencia, felicidad, fortaleza y justicia. Entendiendo felicidad no como lo hacemos hoy día, “como ausencia de dolor o preocupación”, sino como el “buen logro”, el “buen resultado”, “actividad del alma”. En esa dupla, ciudadano y Estado, donde la polis es el lazo que los une, si esta ciudad no es “virtuosa”, se desploma el arbotante que sostiene esa vinculación.

Han transcurrido siglos entre la existencia de la polis ateniense aristotélica y la polis venezolana del siglo XXI; sin embargo, se sigue hablando del “bien común”, del “buen resultado”, se proclama que se está buscando la “máxima felicidad”, expresión esta última que posee la reminiscencia de la “mayor felicidad posible”, han querido vincular a Bolívar con Bentham; con Constant; con Rousseau, sin señalar los diferentes distanciamientos que hubo entre el pensamiento de Bolívar y los autores señalados; pero, esa “felicidad” no es entendida en los términos que señalé supra.

Lo que pretendo destacar es que en ese afán de vaciar de contenido los conceptos para plegarlos a ambiciones personales, también han desligado la política de la justicia y de la misma prudencia. En otras palabras, la han desfigurado en tal magnitud que han ocasionado un profundo desamor por esta en la mayoría de los ciudadanos.

No estoy apuntando a lo criticado tantas veces por algunos teóricos, como ver a la ética como la panacea universal, que resolvería cualquier inconveniente que se hiciera presente en el ámbito político. Se supone que el anhelo de la política es convertirse en el aglomerado de las valoraciones éticas de cada individuo, dice Savater; así, la política debe poseer un bordado ético donde se inserten los distintos proyectos de desarrollo democrático.

Cuando se habla del vasto sentido humanista de la democracia, es de suponer que se está apuntando a la preocupación por la realización plena de la persona. No tan solo a la disposición, sino a la puesta en práctica de planes y acciones que conduzcan a esa concreción del ideal de cada ciudadano.

Me pregunto, entonces, nuestra supuesta democracia “apoyada en valores humanistas”, ¿cómo conjuga tales valores con la realidad delictiva que vivimos a diario? ¿Es posible conciliar ese humanismo con los aberrantes crímenes, rodeados de acciones satánicas?

En las puertas de nuestra Venezuela alguien pide que le abran; muchos quieren aparentar estar sordos ante esa solicitud y no se acercan a abrirla. Los viejos sabios griegos hablaban sobre este proceder diciendo que no sabemos si el mendigo que está en la puerta es un dios que acude a auxiliarnos.

La descomposición social, el horror del diario convivir hacen que cada ciudadano clame por una bendición divina que lave y cure las heridas que laceran nuestras almas. Volviendo al inicio de este escrito, el Estado debe proveer a cada uno de nosotros “prudencia, felicidad, fortaleza y justicia”.