• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Corina Yoris-Villasana

Pensamiento “mágico” y algunas falacias

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Decía Kierkegaard: “La gente se sirve a menudo del lenguaje para ocultar que carece de pensamiento”; nada más cierto que esa lapidaria afirmación, en estos tiempos borrascosos. No hablo del momento en que alguien se sume en una profunda meditación y se vuelca sobre sí mismo, y mantiene silencio interior, en una suerte de “ausencia de pensamiento”. Al contrario, hablo de la profusión de palabras que, sin coherencia e ilación, son dichas en una verborrea absolutamente sinsentido, aseverando que existe una determinada relación causal entre hechos y consecuencias no conectados entre sí.

Tradicionalmente este tipo de “pensamiento” que acompaña ese fantasear es conocido en algunos contextos como “pensamiento mágico”, aun cuando dicha denominación también es usada para hablar del conocido pensamiento prefilosófico. Por este se ha entendido aquel tipo de discurrir que se originó antes del inicio de la Filosofía Occidental en el siglo VI a.C. en la antigua Grecia; dos son sus variantes: pensamiento mítico y religioso, los cuales no pretendían de ninguna manera formular ideas científicas con determinados grados de racionalidad. La Filosofía nace cuando el ser humano problematiza el mito y consiste inicialmente, dicho en palabras conocidas en el ámbito de la disciplina, como la aspiración de formular una elucidación basada en la razón, concretada en una exposición explicativa que esté en capacidad de brindar una justificación mediante argumentos basados en la razón.

Hablamos de “mágico” cuando el “sujeto” llega a creer que su “pensamiento”, por sí mismo, logrará producir determinados efectos en la realidad, o en su defecto, piensa que “algo” puede actuar y realizarlo. Nos encontramos así en el fructífero suelo de la falacia de la causa falsa. Esta tiene algunas variedades, pero una de las más frecuentes es la conocida como la causa falsa, post hoc, ergo propter hoc, en otras palabras, después de esto o debido a esto; la cual establece una relación causal entre sucesos, sin más apoyo que la aparición simultánea o sucesiva de dos coyunturas. Una clase especial de este error argumental es la conocida como cum hoc ergo propter hoc, es decir, con esto, por tanto a causa de esto. Esta variante se comete cuando se infiere que hay una relación causal entre dos o más sucesos tan sólo por haber observado una correlación estadística entre ellos.

Hay un ejemplo que suelo usar en mis clases y ayuda de manera muy efectiva a comprender el significado de estos pseudoargumentos; habitualmente aparece en algunos manuales sobre las falacias con ligeros cambios. Veamos: “¿Por qué va usted por la calle aplaudiendo?/Para espantar a los unicornios/¡Pero si no hay ninguno!/ ¿Lo ve usted? ¿Ve cómo da resultado?” La generalidad de las supersticiones se apoya en este tipo de argumento falaz.

Para darle mayor fundamento a muchas de estas creencias o supersticiones es común el uso de otro tipo de argumento que resulta tan falaz como el explicado. Este no es otro que el argumentum ad populum (argumento dirigido al pueblo) también conocido como sofisma populista. Su apoyo es un esquema muy mal empleado: “A afirma B; se dice que la mayoría de la gente dice B. Por lo tanto, B es cierto”. Es común que a este tipo de argumento inválido se le acompañe con algún sondeo de opinión, alguna encuesta (¡ay, Dios, me van a crucificar algunos amigos!) donde se respalda la aseveración falaz. Aunque, como falacia al fin, es un argumento suficientemente ingenioso y para quienes no están entrenados en detectar estos vicios argumentales, el artificio puede pasar inadvertido.

Recordando aquella vieja máxima que dice la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero, también debemos reconocer que la verdad, como expresan algunos clásicos, no es democrática. Tiene muchas aristas y su apoyo no podría ser el número de personas que la sostengan. Y, para finalizar por hoy, cito a Carl Sagan: Una de las lecciones más tristes de la historia es ésta: si se está sometido a un engaño demasiado tiempo, se tiende a rechazar cualquier prueba de que es un engaño.