• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Ostracismo y sentido de pertenencia

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El mundo griego estaba constituido por pequeños Estados donde no privaron las diferencias y rivalidades sobre su unidad. Esa unidad dio al Occidente modos inéditos de concebir la política y el entendimiento social; donó, a este Occidente, paradigmas filosóficos, asombrosas producciones literarias, así como inigualables manifestaciones artísticas.

En el Preámbulo de la Política, Aristóteles define al hombre como “un ser que vive en ciudad” y es la ciudad, la polis, donde el griego encuentra el lugar apropiado para desarrollar su vida. En el mundo griego, polis adquiere una connotación muy significativa: es el referente a la unidad tanto política como social y que se convierte en el pivote que sustenta al mundo helénico conjuntamente con su lengua. Recordemos que para los griegos, quien no hablaba su lengua, era considerado un bárbaro; de ahí el uso actual para adjetivar palabras disonantes; en el sentido lingüístico, los extranjerismos no incorporados a la lengua.

El ciudadano, en consecuencia, es la máxima expresión del desarrollo y despliegue del hombre. Es necesario enfatizar que, a diferencia de cómo entendemos actualmente la noción de patria, para el griego la polis es la comunidad de sus ciudadanos. Dice François Chamoux en La civilización griega que “Es por lo que el nombre oficial que lleva en los textos no es un nombre de país o de ciudad, sino un nombre de pueblo; no se dice Atenas, sino los atenienses; ni Esparta, sino los lacedemonios; ni Corinto, sino los corintios, y así sucesivamente. Eso no quiere decir que los griegos no hayan sentido como nosotros esa forma elemental de patriotismo, que es la adhesión al suelo de la ciudad natal”. Por ello, para los griegos, si una ciudad, en el sentido de suelo, era vencida, pero se conservaba la unidad entre los ciudadanos, si ese cuerpo cívico prevalecía y estaba en condiciones de levantarse en otro lugar con sus tradiciones, con sus cultos, había sobrevivido la polis.

Con el transcurso de los años, su cuerpo cívico se fue asentando, como también aparecieron los funcionarios públicos que cometieron algún acto reprochable. En la época de Clístenes, se estableció un castigo para aquellos que eran considerados perjudiciales para el desenvolvimiento de la polis. Cada año, en la llamada sexta pritanía (cada pritanía correspondía a una décima parte del año),  se reunía la Ecclesi a(asamblea del pueblo) y se sometía a votación si había lugar a aplicar el ostracismo. Si era considerado que se debía poner en práctica, cada miembro escribía en un ostrakon (trozo de cerámica rota) el nombre de quien consideraban debía ser castigado. Quien era sometido al ostracismo, salía expulsado de la polis por diez años. Es evidente que dicha práctica conllevó serias injusticias. El pueblo pasa a ser el amo de la política en la polis y solo un Sócrates tuvo la firmeza de oponer al furor popular la autoridad de la Ley. Pero todos conocemos el desenlace.

Actualmente, el término ostracismo, destierro, ha sido acuñado por la RAE como “apartamiento de cualquier responsabilidad o función política o social”. ¿Por qué al ciudadano griego le dolía el destierro? ¿Por qué consideraba al extranjero como bárbaro? Entre varias razones, señalo algunas: su identificación con la polis; el apego a los valores y tradiciones; sus derechos de ciudadano.

Hoy, a dos mil quinientos años de diferencia, en nuestra Tierra de Gracia, parece que no importa el destierro, el alejamiento. No hay una voluntad clara de arraigo con el país, ni mucho menos con sus valores y usanzas. Llamo la atención sobre un punto crucial: no estoy hablando de un nacionalismo a ultranza o falsos apegos a sus tradiciones. No estoy abogando por un nacionalismo fariseo.

Si en nuestra polis se desarrollase el sentido de pertenencia a ella, a la tradición de valores y principios, si no se considerase mejor la grama del valle ajeno, si no habláramos tan mal de nuestro propio suelo, quizás, se desplegase un fuerte vínculo con Venezuela. No es ir contra el legítimo derecho de expresarse, es considerar que es al país a quien estamos desollando. En medio de esta horrenda, esperpéntica etapa de la vida republicana, Venezuela necesita del amor de sus ciudadanos, del reforzamiento de sus lazos, aun cuando se esté lejos de esta latitud. Es llevar “el cuatro en el corazón” “Y si un día tengo que naufragar/ y un tifón rompe mis velas/ enterrad mi cuerpo cerca del mar/en Venezuela”.