• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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L’Ermitage de Catalina II

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La mayoría de las veces que se oye hablar de Rusia, Federación Rusa como actualmente se denomina, la referencia se realiza en la política y los diferentes vínculos que se tengan o no con ella. Rusia es mucho más que la malhadada Revolución Bolchevique y sus desastrosas consecuencias. En algunas ocasiones, se habla de su literatura y de los grandes autores que la representan, aun cuando quienes los nombren no hayan leído completas ninguna de sus obras.

Hablar de Rusia es hablar de Arte; así, con mayúscula. Su aporte al ballet es indescriptible. Basta con nombrar al gran compositor Pyotr Ilyich Tchaikovsky y sus clásicos ballets: El lago de los Cisnes, El cascanueces, La bella durmiente del bosque. Recorrer catedrales y deleitarse con la pintura de íconos bizantinos es uno de los mayores placeres artísticos que he disfrutado en mi vida. El Metro de Moscú es un museo; las esculturas son maravillosas, los mosaicos resaltan en las estaciones principales, en especial la de Kíevskaya. Es cierto que durante la dominación comunista se quiso someter a todas las artes al servicio de la dictadura del proletariado. A la caída de la URSS en los años de Gorbachov y la perestroika, los artistas dejaron de ser empleados del Estado y recuperaron la libertad para expresar su arte.

Visitar Moscú es visitar el Kremlin. Lamentablemente, con la distorsión que generalmente se hace de todo lo referido a Rusia, se piensa que este es tan solo el Palacio Estatal. El Kremlin está constituido por edificios civiles y catedrales, además de iglesias y palacios, delimitados por la Muralla del Kremlin que incluye las torres del Kremlin. La plaza de las catedrales resulta imponente; entre ellas destaca la catedral de la Dormición, principal catedral de Moscú y donde fueron coronados todos los zares. La Campana-Zarina y el Cañón-Zar son obras dignas de verse.

Moscú es también la Plaza Roja, es la Catedral de San Basilio, los almacenes Gum (abreviatura de Grandes Almacenes Estatales), el Museo de Bellas Artes Pushkin, el río Moscova.

Vayamos a San Petersburgo, fundada por el zar Pedro, el Grande, a principios del siglo XVIII, 1703, fue la capital del Imperio ruso por más de doscientos años, conocida también con el sobrenombre de “la ventana de Rusia al mundo occidental”. Alberga más de doscientos museos, entre los cuales destaca el Museo de L’Ermitage. Situado a orillas del río Nevá, ocupa un vasto conjunto arquitectónico conformado por seis edificios. La más importante de estas construcciones es el Palacio de Invierno, residencia oficial de los zares.

L’Ermitage es inmenso, heterogéneo y guarda en su interior una de las colecciones de arte más importantes del mundo. Su historia está vinculada con Catalina II, quien construyó su ermitage, su lugar de retiro, junto al Palacio de Invierno. Inició la colección de arte con la adquisición de 225 cuadros. Hoy en día, L’Ermitage posee no solo pinturas, sino que posee antigüedades, arte oriental, muebles, numismática.

Las puertas de hierro fundido permiten acceder a la entrada del Palacio de Invierno e ingresar al mundo artístico más fabuloso que mis ojos hayan visto. Se sigue a la inmensa galería que conduce a la escalera principal del palacio, conocida como la Escalera del Jordán. La respiración se entrecorta cuando observas el nicho donde se encuentra la estatua de la Soberana, símbolo del poder. Alzas la mirada y ves a los dioses del Olimpo flotando en el techo. Estas escaleras se bifurcan, pero luego se unen al dar acceso al primer piso donde lucen gallardas las diez columnas de granito que refuerzan la visión de verticalidad que domina este recinto.

El espacio no me alcanza para describir cada galería, cada exposición; sin embargo, me puedo detener momentáneamente en la sala principal del Palacio de Invierno, donde la blancura del mármol de Carrara, mezclado con el dorado del bronce, las columnas y los vasos de piedra nos llevan al estrado del trono. Cubierta con un terciopelo escarlata, la tarima sostiene el trono imperial. También tapizado con terciopelo, decorado con apliques de plata dorada, tiene un águila bicéfala en el respaldo.

Si abandonamos el Palacio de Invierno, accedemos al Pequeño Ermitage por una galería, y desde sus ventanas se puede disfrutar de la vista del famoso Jardín Colgante de la Semiramis del Norte (apodo dado a Catalina II). En la Sala Occidental del Pequeño Ermitage hay una colección de pintura de los Países Bajos de los siglos XV y XVI. Destaca la obra de R. van der Weyden San Lucas pintando a la Virgen. Se encuentra también el altar plegable Curación del ciego de Jericó, de Lucas van Leyden.

Al llegar al Pabellón se puede disfrutar de un espectáculo multicolor ocasionado por la luz que entra por las ventanas y que se reflejan sobre el blanco mármol de Carrara. Aquí también se encuentra el famoso Reloj Pavo Real.

El arte italiano ocupa más de treinta salas; posee obras de Leonardo Da Vinci, Rafael, Giorgione, Tiziano, Miguel Ángel. La pintura flamenca y holandesa es una visita obligada, hay más de veinte cuadros del genio de la pintura Rembrandt van Rijn. El recorrido es seductor, cada lugar guarda tesoros dignos de verse aunque sea una sola vez en la vida. 

En un próximo artículo hablaré del Palacio de Catalina, Tsárskoye Seló, otra de las joyas de San Petersburgo.

@yorisvillasana