• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Infundir temor como política

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Cuando una sociedad, o parte considerable de ella, es dominada por el temor, se convierte fácilmente en caldo de cultivo para los regímenes autoritarios. Este tipo de gobierno emplea diversos métodos para lograr su objetivo primordial, que se centra no solo llegar al poder, sino conservarlo. Y en ese ejercicio del poder suelen emplear métodos que inducen el miedo en la población. ¿Por qué esa búsqueda del miedo? Básicamente porque un poder ilegítimo suele fundarse en el miedo. Se busca sojuzgar, doblegar voluntades, anular al individuo para que conforme una masa amorfa que siga los lineamientos impuestos desde una postura gubernamental. He escrito sobre esto en otros artículos, si bien hoy quiero enfatizar algunos aspectos de esta manera de dominar una población. Veamos algunos métodos que suelen repetirse en distintas latitudes, pero cuyo punto de intersección lo constituye el carácter totalitario e ilegítimo de diversos gobiernos.

Comienzan por atacar y rechazar de manera virulenta todo lo que ha representado en la cultura occidental el predominio de la razón, aprobando actitudes de incredulidad en aquello que refiera a la racionalidad, y, en consecuencia, glorificando lo irracional, apelando al fanatismo, exaltando héroes mitificados por ellos mismos. Tratan de sojuzgar la razón a una especie de voluntarismo combinado con acción y una mal llamada praxis. El “proyecto político” de estos regímenes es implantar el “corporativismo estatal totalitario”, denominado así por sus principales jefes.

Por otra parte, aplican en la propaganda, con absoluta desfachatez, ciertos “principios” usados por Joseph Goebbels durante la ignominia del nazismo. Tan solo para recordar algunos ejemplos, Goebbels mantenía que la propaganda debía ceñirse a un pequeño grupo de “ideas” y reiterarlas  tenazmente, pero siempre girando alrededor del mismo concepto. Si al líder se le ocurre una idea, inmediatamente es convertida en una genialidad, no se discute y se convierte en dogma y, como tal, incuestionable. Catalogar bajo una clase única las probables corrientes adversarias. Afianzar el discurso oficial mediante el añadido de trozos de información cierta. Solo he mencionado algunos de sus “principios”.

A estas características le podemos agregar las referidas a la militarización de la sociedad. Se observa cómo determinadas costumbres en los cuerpos militares van permeando la ciudadanía; tal es el caso de los saludos: llevarse la mano a la altura de la cabeza y juntar los talones, en clara alusión al saludo castrense.

El uso de la violencia es un punto clave. Es imprescindible ser conscientes acerca del hecho de que la violencia física siempre es precedida por otro modo de violencia como suele ser la violencia discursiva. Muchas veces, antes de un ataque físico –dentro de esta categoría hay también modalidades– se emplea una vieja táctica, muy efectiva, por cierto, y es que el discurso violento va preparando el terreno para que la víctima de esa violencia se vaya sintiendo asediada, sin esperanza de evitar los efectos de la agresión; el agresor busca que el otro se sienta indefenso, con un hondo desaliento y lo coloca en un terreno de minusvalía.

El discurso político violento responde a una estrategia muy bien diseñada para conseguir el control de la sociedad. Se busca el contexto apropiado como suelen ser las concentraciones para entretejer un lenguaje cuyos efectos suelen ser devastadores en el ánimo de muchos; ese lenguaje se alimenta de mitos y leyendas creados por ellos mismos. Esta trama persigue un objetivo muy claro: el poder y, una vez alcanzado, retenerlo.

Hay un componente ineludible que debemos señalar en esta apretada caracterización, la presencia militar y el “uso legítimo de la violencia”. Dice Samuel Huntington en El soldado y el Estado que “existe una esfera distintiva de competencia militar que es común a todos, o casi todos, los oficiales y que los distingue de todos, o casi todos, los civiles. Su habilidad central está quizá resumida de la mejor forma en la frase de Harold Lasswell: La administración de la violencia”.

El profesionalismo militar se halla enmarcado en la corporatividad (esprit de corps), disciplina, subordinación, obediencia; el militar es no deliberante; además posee estudios sistemáticos en el arte de la guerra. Este profesional, administrador de la violencia, repetimos, es no deliberante. Es decir, quien “delibera” toma por mayoría de votos acuerdos que trascienden a la vida de la colectividad con eficacia ejecutiva. De allí se desprende que el militar, no deliberante, no participa de esta práctica democrática. Por tanto, el gobierno de una democracia no puede estar en manos de los militares, so pena de perder su rasgo distintivo. De ser así, hay un nuevo concepto que necesitaría ser analizado a la luz de esta nueva práctica. Los militares, entonces, según esa descripción someramente expuesta en líneas precedentes, no deben intervenir en política; sin embargo, los vemos en puestos de poder, en la presidencia, en los ministerios. ¿Cuál sería la mejor manera de inhibir la injerencia militar en la política?  Evidentemente, sería aceptar la supremacía del poder civil.

En la caracterización de los regímenes totalitarios se dibujan claramente aspectos como la violencia descrita en líneas precedentes; en el caso venezolano hay que agregar que durante los últimos diecisiete años ha gobernado un grupo cuya “ideología” se mueve en una especie de triángulo: totalitarismo inspirado y tutelado por el “modelo cubano”; la “izquierda latinoamericana” con sus diferentes matices, y el militarismo (caudillismo), que creíamos inocentemente desterrado de nuestras latitudes.