• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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La Generación del 98 y el paisaje de Castilla

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A un “castellano viejo”.


Cuando se lee cualquier manual de literatura que hable sobre la Generación del 98 (1898) es usual encontrar referencias al acontecimiento histórico que mueve a los representantes de este grupo a buscar la “verdadera esencia o alma de España”. Para ello usan tres caminos, la literatura, la poesía y el paisaje castellano. El momento histórico al que se refieren es la decadencia española y el desastre de 1898, ocasionado por la caída del Imperio, otrora “donde no se ponía el sol”.

Un estudiante de la secundaria española, en principio, debería conocer cuáles fueron estos hechos que sumieron a la población española en el desánimo y una profunda apatía ante la imagen que trasmitía España en esos años; muchos españoles preferirían relegar estos sucesos hasta lograr que se desvanezca de la memoria colectiva del país. Muchos otros, y más en nuestra latitudes, donde un sentimiento antiespañol ha querido ser implantado, desconocen esa parte de la historia universal que, por supuesto, concierne a la América de habla española.

¿En qué consistió ese desastre? Dicho en breves palabras, España perdió sus últimas colonias, Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam. Por medio de los llamados acuerdos de París de 1898, se pacta la futura independencia de Cuba, concretada en 1902; Filipinas, Puerto Rico y Guam quedan bajo la protección de Estados Unidos. Estos acontecimientos sumieron a la población en la desesperación.

Justamente en esos años, emerge una pléyade de figuras culturales de un valor indescriptible que se pregunta sobre el futuro de España, su destino y “la verdadera esencia o alma de España”. La figura más emblemática, sin duda, es Miguel de Unamuno. Junto a él brillan con luz propia Ramón María del Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín, Antonio y Manuel Machado, Ramiro de Maeztu. J. M. Valverde, en su monumental Historia de la literatura universal, incluye a Rubén Darío, porque sin su presencia “no se comprendería la lírica contemporánea de lengua española –a un lado y otro del Atlántico”.

Hablar de la obra de cada uno desborda los límites de espacio de este artículo; sin embargo, quiero señalar el papel que juega el paisaje en esa búsqueda del alma española. Avizoran en el sobrio paisaje de Castilla el reflejo del alma y la esencia que persiguen afanosamente. Transitan por la meseta castellana dibujando en hermosas creaciones literarias sus pueblos, la legendaria inocencia de su gente y ese clima tan típico de la región. ¿Qué esperaban encontrar allí, en Castilla? Nada más y nada menos que el alma de España. “Tú me levantas, tierra de Castilla,/ en la rugosa palma de tu mano,/ al cielo que te enciende y te refresca,/ al cielo, tu amo”. (M. Unamuno).

El paisaje castellano es una poderosa clave, está preñado de profundas repercusiones históricas, es el eco de la historia de España. De Azorín (José Martínez Ruiz) se ha dicho que “es, en el 98, la nueva sensibilidad de los paisajes”. Decía de Castilla que es “el fondo de la raza, lo que no pasa, lo que perdura”, escribió Castilla y en honor a esa obra, Antonio Machado, quien también le ofrenda a esa tierra poemas inefables, dedica en Campos de Castilla: “Al Maestro Azorín por su libro Castilla” una hermosa poesía que entre sus versos se leen los siguientes: “La venta de Cidones está en la carretera/ que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera,/ que llaman la Ruipérez, es una viejecita/ que aviva el fuego donde borbolla la marmita./ Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto/ –bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto–,/ contempla silencioso la lumbre del hogar./ Se oye la marmita al fuego borbollar./ Sentado ante una mesa de pino, un caballero/ escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,/ dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto…”.

Muchos preguntarán ¿por qué Castilla representó en estos grandes escritores de España, el alma de esta? Porque Castilla es tierra de trabajo, de gente sencilla, de paisaje recio, profundo. Porque la austeridad y sobriedad de Castilla, en otros momentos históricos fuente de inspiración de los autores místicos, constituye para esta generación la concreción del alma interior de España que debe dejar en el pasado sus visiones imperiales y sus hazañas gloriosas.

Unamuno, Azorín, Machado, Baroja, Valle-Inclán, Maeztu, quiero recordar cuando A. Machado le escribió a Azorín diciéndole, con esa magia musical que tenían sus poemas: “Azorín, yo creo/ en el alma sutil de tu Castilla,/ y en esa maravilla/ de tu hombre triste del balcón, que veo/ siempre añorar, la mano en la mejilla”.