• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Castigat ridendo mores (Corrige las costumbres riendo)

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Jean-Baptiste Poquelin, llamado Molière, fue un extraordinario dramaturgo francés, a la par, humorista, nacido en París en 1622, y fallece, también en París, 1673. Cuando se analiza el significado y aporte de la Comédie Française en la dramaturgia, Molière emerge como su principal exponente, al punto de ser catalogado por muchos como el progenitor de ella. Educado por los jesuitas en el Colegio de Clermont hasta 1639, obtuvo su grado como abogado en la Facultad de Derecho en Orleans. Algunos de sus biógrafos destacan su amistad con el filósofo Pierre Gassendi, sacerdote católico, astrónomo y un fuerte adversario de las ideas cartesianas.

Molière y la comediante Madeleine Béjart fundan L’Illustre Théâtre, institución de corta vida y que desaparece por problemas de índole económica. Su vida artística está marcada en sus inicios por estos problemas monetarios, hasta que se convirtió en el protegido de Felipe de Francia, hermano del Rey Sol, y a medida que sus interpretaciones le fueron dando fama, logró que el propio rey lo instalara en el Petit-Bourbon. Cuando este teatro fue derribado, el rey lo llevó al Palacio Real.

Entre sus grandes y famosas comedias, es indispensable señalar Las preciosas ridículas (Les précieuses ridicules), obra con la cual obtuvo un gran éxito. Sigue en esa escala de triunfos, La escuela de las mujeres (L’École des femmes), tema innovador y que causó un profundo rechazo por algunos fervientes creyentes que calificaron a la obra como impía y obscena.

Numerosas son sus obras, pero quiero destacar en este artículo Tartufo (Tartufe), donde enfatiza la hipocresía religiosa. Molière plasma en su personaje una cruda realidad de su época: un rey que representa la monarquía absoluta, rodeado de falsos amigos y consejeros, que están a su lado con la intención de obtener sus favores. Este tipo de obra donde se ridiculiza estas prácticas de los farsantes devotos ocasiona que la censura vete su presentación y Tartufo no escapó de esta prohibición. Molière trató de presentarla bajo otro nombre y corrió la misma suerte. Solo en 1669 consigue que el rey permita su representación.

La obra gira alrededor de un personaje de mucha importancia social llamado Orgón. Tartufo representa a un falso devoto que ejerce una profunda influencia en Orgón. Ni este, ni su madre se dan cuenta del verdadero propósito y carácter de Tartufo. Este, empleando su perspicacia, abulta su supuesta religiosidad y llega a convertirse en el director espiritual de Orgón. Como si fuese poco, Tartufo intenta contraer matrimonio con la hija de Orgón, y, a la vez, intenta seducir a Elmira, segunda esposa de Orgón, quien trata de quitarle la venda de los ojos a su marido, lográndolo al usar un ardid para que él mismo oyera a Tartufo.

Esta obra exhibe una aguda sátira contra determinados apariencias sociales. Posee, además, una perspectiva moralizadora, claramente cristiana; y es, ante todo, un perspicaz sarcasmo que ridiculiza a los miembros de la aristocracia y de la burguesía francesas del siglo XVII.

Agreguemos que la crítica de Molière va más allá de la hipocresía de Tartufo; ataca la mentecatería de Orgón, que genera una absurda sujeción sentimental al falso devoto. Es una feroz crítica de la estructura familiar de la época; una burla al autoritarismo; a la doble moral, que, en definitiva, viene a ser uno de los pivotes que sustenta al poder absoluto.

Hoy, en la segunda década del siglo XXI, valdría la pena una nueva mise en scène del Tartufo. Cobra tanta vigencia en nuestro entorno sociopolítico, que más de uno se vería representado en esas intervenciones tanto de Orgón, por mentecato, como en Tartufo, por hipócrita.

El teatro en Venezuela ha tenido en sus momentos más fructíferos un gran reconocimiento internacional. Bastaría recordar al Festival de Teatro creado y organizado durante años por Carlos Giménez y que le dio a Venezuela un lugar de mérito en otras latitudes. Creo que estamos en deuda con este gran señor de las tablas. Es deseable traer a la memoria el Ateneo de Caracas, a Cabrujas, a Juana Sujo, a Alberto de Paz y Mateo, a Isaac Chocrón, a Carmen Ramia, y tantos otros que le han dado al país momentos maravillosos. Alguno de los que aún están vivos podrían recoger esta invitación y deleitarnos con una nueva presentación de Tartufo.

Imagino que muchos se verían retratados en esas escenas, unos, por mentecatos; otros, por hipócritas. Y quién sabe si algún falso devoto invoque de nuevo un veto totalitario.