• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Boyas que van a la deriva. A Erik Del Bufalo

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La lectura superficial de La Rebelión de las Masas, de José Ortega y Gasset, de quien se cumplieron 133 años de su nacimiento el pasado 9 de mayo, conduce a interpretar erróneamente lo que él llamó hombre-masa: “Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo –en bien o en mal– por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo» y sin embargo no se angustia, se siente a saber al sentirse idéntico a los demás”, así lo define Ortega. Es decir, es el hombre que no está a su propia altura de ser humano; está incompleto, cree que sabe y no sabe, ni tan siquiera sabe aquello que está en la obligación de saber. Ignorancia crasa y supina.

Ortega divide radicalmente la humanidad entre dos clases de seres: los que se imponen sobre sí mismos obligaciones y los que no se exigen nada extraordinario; por el contrario, para esas personas vivir es permanecer en ese estadio de su existencia sin procurar un mínimo de exigencia y de perfección; para usar la frase de Ortega son “boyas que van a la deriva”.

Muchos han visto esta caracterización como una expresión clasista y sin embargo no es una división en clases sociales. Ortega es muy enfático al señalar que dicha caracterización obedece a establecer diferencias entre clases de hombres; unos, que constituyen las minorías selectas que se exigen al máximo; otros, la masa, que se conforman con el mínimo. De hecho, si hablamos de clases sociales –locución tan manoseada en nuestros tiempos y cuyo significado es vacuo– dentro de ellas hay también minorías selectas y hombres-masa.

En la vida académica, intelectual, en la que se supone reina la autoexigencia, y en la que por su propia naturaleza se precisa y se presume de la excelencia, es fácil distinguir sin mayor apremio el creciente éxito de los seudointelectuales, y para usar los mismos términos orteguianos, el triunfo de los “incualificados, incalificables y descalificados por su propia contextura”.

Ese hombre-masa orteguiano concibe la vida como algo fácil, se siente capaz de dominar distintas situaciones, se califica a sí mismo como un ser completo moral e intelectualmente y, en consecuencia, no oye, no acepta disensiones, y “por tanto intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión sin contemplaciones, según un régimen de acción directa”. Agrega Ortega que “la característica principal del hombre-masa consiste en que sintiéndose vulgar, proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él”.

Esta obra fue publicada en 1929 durante una etapa difícil para Europa y para España en especial. Ortega sufrirá la dictadura de Primo de Rivera, vivirá la llegada de la segunda república en España y la cruenta Guerra Civil española; todos estos sucesos marcan profundamente el pensamiento filosófico orteguiano.

A pesar de los años transcurridos y la distancia que separa la vida de una nación y otra, esta etapa venezolana está marcada brutalmente por esta irrupción de la masa indiferenciada y vulgar.

En esta Venezuela del siglo XXI, donde irrumpió una caterva de hombres-masa imponiendo un estilo y manera ramplona de entender la vida, la ciudadanía y la propia concepción de Estado, encontramos una inversión de valores y méritos que han sido el cultivo perfecto para nutrir esta hecatombe sociocultural y económica que nos azota inmisericordemente.

Ese hombre-masa, esa medianía que no reconoce otros valores sino a aquellos que piensan que son los auténticos, ha ido inoculando, en una sociedad permeable a su escasa visión de la inteligencia y la preparación, un fuerte desprecio por la familia bien formada, por el cultivo de los modales, del buen trato; ha emponzoñado las mentes de muchos con un sentimiento de rechazo a esas “minorías selectas” de las que habla Ortega. El buen gusto, el amor a la literatura, a la excelente mesa, al disfrute de un concierto, al navegar con destreza en las aguas, a veces turbulentas, de la Filosofía, el correcto uso adecuado del lenguaje, entre otros placeres de la Vida Buena, son vistos como defectos de una cultura y sociedad decadentes y llenas de vacuas aspiraciones. No estoy hablando de ese conjunto que suele adjudicarse el “privilegio de pertenecer a un grupo social”. Insisto en este punto porque, de lo contrario, se desvía la atención hacia una visión excluyente de clases sociales que ya hemos aclarado.

@yorisvillasana