• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Anatema

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Resulta interesante acudir al Libro de los Libros, la Biblia, para encontrar símiles de las situaciones que a diario se presentan en nuestra sociedad. Basta leer en el Antiguo Testamento, el Capítulo 32 del Éxodo, donde se narra cómo el pueblo israelí, al ver que Moisés tardaba en bajar del Monte Sinaí, reunido en torno a Aarón, hermano de Moisés, le pidió: “Anda, haznos un Dios que vaya delante de nosotros, porque ese Moisés, el hombre que nos ha sacado de Egipto, no sabemos qué ha sido de él”. Aarón respondió pidiendo todo el oro que poseyeran y lo fundieron. Con este precioso metal fabricaron el Becerro de Oro a quien llamaron el Dios de Israel y le rindieron adoración.

El Señor le solicitó a Moisés que bajara pronto, pues su pueblo se había corrompido. Moisés le suplicó a Dios que no encendiera su ira contra los israelitas, recibió las Tablas de la Ley y bajó a encontrarse con ellos que cantaban y festejaban al nuevo dios. Clamó a Dios castigo para quienes habían abjurado de su Fe y Dios respondió: “Al que haya pecado contra mí, lo borraré de mi libro. Pero ahora ve, conduce al pueblo adonde te he dicho. He aquí, mi ángel irá delante de ti; mas el día que yo los visite, los castigaré por su pecado”.

Dentro del pueblo israelí, hubo un grupo, los levitas, que rechazaron esa adoración al Becerro de Oro, pero una porción relevante adoró al ídolo, considerado anatema, es decir, la adoración de un ídolo, que en el caso del Becerro de Oro, fue también la cosificación del Señor.

Anatema deriva de un vocablo griego, y su acepción como algo maldito la encontramos en la propia Biblia, en el Libro de Josué, donde se refiere al término como una ofrenda maldita. ¿Qué otra calificación podría darse a la satánica versión del Padre Nuestro que ha sido publicitada en esta semana? Incluso, la acepción contemporánea de anatema es la de excomunión, y eso es lo que corresponde a quienes han irrespetado la tradición católica con esa burla de la oración por antonomasia del catolicismo.

No debe extrañarnos esta práctica, puesto que ha sido común durante este tiempo turbulento intentar adaptar a la ideología oficial, los principios por los cuales se rige la religión católica. Ese procedimiento busca crear una “religión” donde se puedan anclar los mandatos dogmáticos que sustentan el sistema gubernamental que detenta el poder.

Es conocido que cuando el laicismo se quiere imponer como condición sine que non de la democracia, se cae, irremisiblemente, en una trampa: si y sólo si eres laicista eres demócrata; es decir, se impone un pensamiento único, se impide la libertad religiosa y con ello se transforma en una suerte de totalitarismo.

En la famosa Encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II, se lee “la cultura y la praxis del totalitarismo comportan además la negación de la Iglesia. El Estado, o bien el partido, que cree poder realizar en la historia el bien absoluto y se erige por encima de todos los valores, no puede tolerar que se sostenga un criterio objetivo del bien y del mal, por encima de la voluntad de los gobernantes y que, en determinadas circunstancias, puede servir para juzgar su comportamiento. Esto explica por qué el totalitarismo trata de destruir la Iglesia o, al menos, someterla, convirtiéndola en instrumento del propio aparato ideológico”.

En ese afán homogeneizador, los totalitarismos buscan fusionar a su modelo todo aquello que represente la cultura de sus colectividades y sus tradiciones, y con un proceder estalinista procuran suprimir de las mentes de cada ciudadano todo lo que consideren “pensamiento contrarrevolucionario”. Y, en esa avidez de poderío, quieren aglutinar también la religión.

El Padre Nuestro fue dada por Jesús a sus fieles, y es conocido por los Evangelios de Lucas y Mateo, aun cuando se ha aceptado en mayor grado la versión dada por Mateo, quien conoció directamente a Jesús.

Por lo demás, cuando en la misa se proclama la alabanza que dice:"Tuyo es el reino, tuyo es el poder y la gloria por siempre, Señor. Amén", se está reconociendo a Dios como un Ser absoluto, sin principio ni fin. Cualquier intento de copiar la Oración del Señor no es más que un absurdo, y, en el caso que nos atañe, un anatema. 

@yorisvillasana