• Caracas (Venezuela)

Corina Yoris-Villasana

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Corina Yoris-Villasana

¿Acaso no hay ni diez justos en el país?

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En una conversación de amigos fue citada la frase de Thomas Jefferson que coloqué como epígrafe. A mi mente acudieron diversas situaciones y frases memorables, y recordé el pasaje bíblico (Génesis 18) donde Dios le revela a Abraham que destruirá Sodoma por medio de fuego y azufre, porque su pecado era muy grave e irreversible; solo Lot y su familia podrían ser salvados. Abraham intercede por aquellos a quienes considera justos y pregunta a Dios: “¿Destruirás también al justo con el culpable? Quizás haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿la destruirás con todo y no perdonarás el lugar por causa de los cincuenta justos que estén dentro de ella?”. A medida que el Señor le responde que si halla a ese número de justos perdonará a Sodoma, Abraham va bajando el número hasta llegar a diez. Pero, ¡fue imposible salvar a Sodoma, no había diez justos en ella!

Si para librar a Sodoma del castigo eran necesarios diez justos, Jeremías dirá, en nombre del Señor, que es suficiente que exista un solo justo para salvar a Jerusalén: “Recorred las calles de Jerusalén, mirad bien y averiguad, buscad por todas sus plazas, a ver si encontráis a alguien capaz de obrar con justicia, que vaya tras la verdad, y yo la perdonaré” (Jr 5, 1). Pero, tampoco había ese justo y Jerusalén cayó bajo el ataque de sus enemigos.

En una notable audiencia, Ratzinger, para ese momento en su investidura de Benedicto XVI, hablaba sobre la intercesión de Abraham por los inocentes de Sodoma, y decía que para Abraham no sería propio del Señor considerar a los inocentes como a los culpables, puesto que ello iría contra la naturaleza propia de Dios y su Justicia; la oración del patriarca da un giro muy importante para pedir que sea a los culpables a quienes se considere como a los inocentes, y de esa manera no habría necesidad de castigarlos. En palabras de Ratzinger “poniendo una justicia superior, ofreciéndoles una posibilidad de salvación, porque si aceptan el perdón de Dios y confiesan la culpa se convertirán también ellos en justos, sin necesidad de ser castigados”. Continúa Benedicto XVI explicando que la persistencia, el interés del patriarca Abraham sobre la existencia de inocentes en las ciudades bíblicas tiene un hondo significado y no es otro que entender que aun en el interior de una realidad infectada por el mal, incluso en ese caso, existe la posibilidad que dentro de ella misma exista “aquel germen del bien que puede sanar y generar la vida”.

Ahora bien, hay una condición sine qua non para recibir ese perdón, y no es otra que reconocer la culpa. Si seguimos siendo una sociedad donde se ignora la culpa y la responsabilidad de cada quien –sin caer en el absurdo de aceptar errores y fallas que no corresponden– esa comunidad, esa sociedad, ese país está herido y enfermo.

Si realizamos un esfuerzo para comprender de esa manera la Justicia Divina, podríamos dar una interpretación más esperanzadora a la frase de Jefferson. Esa Justicia Divina le está ofreciendo a los culpables del marasmo y caos imperantes en Venezuela la oportunidad de reivindicarse, de dejar brotar el germen al que aludía Ratzinger y conseguir la benevolencia del Señor para una Venezuela golpeada y desdibujada, recordando que fue y sigue siendo una Tierra de Gracia.

Debe cesar el desgarramiento del país, la lucha  entre una Venezuela retrocedida a la crueldad y a la insensibilidad; a una Venezuela donde se ve como “natural” la corrupción, la traición, la delación; el despotismo, la injusticia, la brujería y los pactos diabólicos, y enfrentada a una Venezuela que busca afanosamente la paz y la concordia entre los venezolanos; que busca incansablemente esa gallardía en la lucha de las ideas que recogió de manera magistral Andrés Eloy Blanco en su “Coloquio bajo el olivo”, y donde dice: “Por mí, ni un odio, hijo mío, /ni un solo rencor por mí, /no derramar ni la sangre /que cabe en un colibrí, /ni andar cobrándole al hijo /la cuenta del padre ruin /y no olvidar que las hijas /del que me hiciera sufrir /para ti han de ser sagradas /como las hijas del Cid”.

Yo sí creo que en Venezuela hay más de diez justos.