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El "pez de San Pedro" puede ser muy simpático

Este pez, aparatoso como él solo, que pierde mucho peso de entero a comestible, debió facilitar a Simón Pedro la tarea de extraerle de la boca una moneda de cuatro dracmas, pues tiene una boca la mar de grande y protráctil

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Como sabe casi todo el mundo cuando San Pedro andaba por Galilea su profesión era la de pescador, eso sí, de agua dulce. Trabajaban en el lago de Tiberíades, de Galilea, lo que no impide que la figura del primer papa esté ligada a pescados de mar en el que ninguno de los apóstoles pescó jamás.

Por ejemplo, se dice que el rodaballo es oscuro por un lado y claro por el otro porque Pedro no tuvo paciencia. Al parecer, se dispuso a asar uno pero le pareció que tardaba mucho en hacerse. Enfadado lo retiró de la parrilla y lo arrojó al agua: el lado oscuro sería el que había estado en contacto con las brasas. La verdad: no cuela. Más vinculado está el primero de los Apóstoles con un pez que lleva su nombre en unos cuantos idiomas: pez de San Pedro, Saint Pierre en francés, peterfisch en alemán y pesce di San Pietro en italiano. Una de esas apelaciones -janitore, en italiano- dio origen a su más popular nombre en inglés: John Dory. Janitore es equivalente a portero y todos saben que, según parece, ése es el oficio actual de San Pedro.

El nombre asociado al primer obispo de Roma le viene al pez en cuestión de una tradición más o menos piadosa. Si se repasa el Evangelio de San Mateo -capítulo 17, versículos 24 al 27- se verá que al llegar a Cafarnaum se le pidieron a Pedro las dos dracmas del tributo anual para las necesidades del templo. El apóstol andaba, como siempre, mal de fondos. Fue a contárselo al Maestro, quien tras una disquisición sobre la naturaleza de tal impuesto le dijo al ex pescador: "Vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estáter, pieza de cuatro dracmas. Tómalo y dáselo a los recaudadores por ti y por Mí". Hasta aquí el Evangelio.

La tradición dice que el pez era el que hoy se llama "de San Pedro", y que éste, agradecido por sacarlo de líos con la hacienda jerosolimitana, lo devolvió al agua. Debió hacerlo con suavidad pues se apunta que las dos manchas circulares oscuras -bordeadas por un anillo amarillento, fácilmente visibles a cada lado del pez, bajo la línea lateral- son las huellas de sus dedos.

Este pez, aparatoso como él solo, que pierde mucho peso de entero a comestible, debió facilitar a Simón Pedro la tarea de extraerle de la boca una moneda de cuatro dracmas, pues tiene una boca la mar de grande y protráctil. No es de extrañar que el bueno de San Pedro lo tratase con cuidado, cosa, por otra parte, achacable al daño que hacen las numerosas espinas, exteriores e interiores del bicho en cuestión.

Como decimos, no consta que estuviese presente en el Lago de Galilea. Pero hace siglos el romano Columela aseguraba que era en el golfo de Gades, Cádiz, donde más y mejores peces de éstos había; quizá influyese algo que Columela fuese precisamente gaditano. Hoy escasea; pero compensa el trabajo que da su preparación. Dividan un ejemplar de alrededor de un kilo en cuatro filetes: saldrán de unos 200 gramos cada uno. Tengan cuidado al manipularlo: los pinchazos son dolorosos. Pelen cuatro papas medianas y córtenlas en rodajas; hagan la misma operación con cuatro cebollines. Fríanlos hasta que estén blandas y extiéndanlas en una fuente de horno, en la que procederán a salpimentarlas y rociarlas con el zumo de medio limón y un vasito de Jerez seco. En el mismo aceite de las patatas y los cebollines doren los filetes del pescado, un minuto por lado. Pónganlos sobre el lecho de verduras y metan la fuente al horno. Tres o cuatro minutos serán suficientes. Espolvoreen sobre el pescado perejil y cebollín muy picaditos, y a la mesa. Ya verán qué simpático les parece San Pedro.