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Las madres, las mejores maestras de los grandes chefs

Las madres son las mejores maestras de los mejores chefs

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Cuatro cocineros –tres españoles y un argentino– participaron en el encuentro organizado por la marca de aceites Carbonell en Madrid, para apoyar la campaña Gracias Mamá que promueve la alimentación saludable

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Detrás de un gran chef hay una madre en los fogones. Las primeras en enseñarles recetas y trucos cuando ellos se empeñaban en enredar en las cocinas sin imaginar que serían reconocidos con estrellas Michelin. Ahora, años después, han vuelto a cocinar con ellas para agradecer lo aprendido, por iniciativa de Carbonell, la marca de aceites, que  organizó un encuentro para promoves la campaña Gracias mamá, que promueve una alimentación salduable en Madrid, y en el que participaron cuatro cocineros. 

El triestrellado David Muñoz en DiverXO, Ramón Freixa, con dos estrellas Michelin,  en el restaurante que lleva su nombre, Iván Domínguez, con otra en el Grupo Alborada, y Estanis Carenzo –Sudestada, Chifa y Picsa– prepararon sus mejores recetas junto a sus progenitoras como reconocimiento a todo lo que les han transmitido.

El reencuentro más emotivo lo protagonizaron Carenzo y su madre Silvia Mazza, que viajó desde Argentina para preparar con su hijo –que vive en Madrid– ensalada de fideos de soba con té verde, salsa de caldo de bonito y carne madurada por 60 días. Recordaron la época en que amasaban panecillos ingleses para el desayuno o cuando preparaban croquetas de cocido casi líquidas en la casa familiar de Quebrada de Humahuaca, al noroeste de Argentina. “Era muy curioso y desde pequeño ayudaba en la cocina y en la compra”, dice Mazza de su hijo, quien reconoce que su cocina tiene la impronta materna a la hora de encarar el proceso de creación y en los sabores plenos, muy marcados.

“Mi pasión por la cocina se la debo a mis padres”, aseguró David Muñoz, a quien su madre, Rosi Rosillo, recuerda metido en la cocina desde los cinco años. “Aún sigo llamándola para pedirle consejos y deleitándome con su cocido”, reconoce uno de los mejores chefs del mundo, al que le encantaba, además, participar en la compra. Rosillo revela que a su hijo no siempre le gustó comer de todo aunque ella le enseñó a apreciar los distintos sabores. “Lo que se cocinaba era para todos, nunca he hecho un plato especial para nadie”.

Ramón Freixa creció en el restaurante familiar El Racó d'en Freixa, en Barcelona, donde su padre cocinaba y su madre, Dori Riera, se encargaba de la sala. “Desde pequeño estaba en la cocina, lo tenía clarísimo”, recuerda Riera, a quien él le debe haber dejado de odiar el tomate para convertirlo en su producto fetiche. Educación del paladar que se acrecentó acudiendo a los mejores restaurantes, dice Freixa: “a mí no me llevaban al fútbol, me llevaban a restaurantes; con 10 años fui a mi primer tres estrellas Michelin, de Michel Guérard, y comí un bogavante ahumado que aún recuerdo. Y me prohibían ir a los fast food”.

“Descubrí el amor por la cocina gracias a mis padres que me obligaron a entrar en el Ejército con 18 años”, dice Iván Domínguez. Hasta entonces –agrega–  sólo iba a la cocina para coger las filloas aún calientes que preparaba Rosa Pereda, mi madre. El chef gallego, director gastronómico del Grupo Alborada, una estrella Michelin en A Coruña, asegura que su gusto por los sabores puros se lo debe a su progenitora, a la que también sigue consultando sobre combinaciones sápidas. Las influencias maternas se hicieron palpables en el jurel escabechado con algas que cocinaron juntos en Madrid.