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Los higos de Augusto

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El primer emperador  de Roma amaba los manjares sencillos y era moderado con el vino, prefería el pan hecho en casa,  los pescaditos y el queso de vaca prensado. También le gustaban los higos verdes y temiendo que lo envenenaran sólo comía los que él mismo recogía

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A la hora nona del décimo cuarto día antes de las calendas de septiembre del año de los cónsules Sexto Pompeyo y Sexto Apuleyo, Octavio César Augusto, primer emperador de Roma y el que ocupó el cargo más tiempo, falleció, pidiendo que si creían que había desempeñado bien su papel le despidieran con un aplauso.

Era la fórmula habitual con la que terminaban las comedias en la Roma clásica: nunc plaudite cives. Situemos el óbito de Augusto: la hora nona es la novena tras la salida del sol; los romanos dividían el día en doce horas, del alba al ocaso, y la noche en cuatro vigilias. Así, la hora nona viene coincidiendo con las tres de la tarde actuales. El décimo cuarto día antes de las calendas de septiembre –las calendas son el primer día de cada mes– es el 19 de agosto. Y el año de los dos Sextos es el 772 ab urbe condita  –contado desde la fundación de la ciudad, esto es, de Roma, el 753 antes de Cristo–, o sea, el 14 de nuestra Era.

Esta semana, pues, se cumplieron 2.000 años de la muerte del sucesor e hijo adoptivo de Julio César. Suetonio, en las Vidas de los doce Césares, nos da amplia información sobre Augusto. En el terreno que es objeto de estas crónicas, lo gastronómico, nos dice que fue un hombre austero en la mesa, que amaba los manjares sencillos y no era partidario de los largos banquetes que solemos asociar a la alta sociedad de los primeros tiempos del imperio.

Cuenta que los banquetes de Augusto constaban de entre tres y seis platos, pero matiza que lo que se ahorraba en gasto se compensaba con amabilidad; el propio Augusto se preocupaba de que todos sus invitados se sintiesen a gusto.

También era moderado con el vino; el propio Suetonio indica que normalmente bebía sólo tres veces durante la comida, sin pasar nunca de seis sextantes, medida equivalente a medio litro: serían, hoy, cuatro copas normales de vino. En cuanto a sus platillos favoritos, amaba el pan hecho en casa; en Roma había panaderías, claro, pero las familias pudientes se hacían su propio pan; la de Augusto, la primera familia de Roma, no era la excepción. Le gustaba el queso de vaca prensado a mano, y amaba los pescaditos pequeños; así, es fácil imaginar al hombre más poderoso de su tiempo disfrutando de unas sardinas hechas a la brasa. La verdad: son una cosa bien sabrosa, muy rica, y hoy se siguen comiendo "a la romana", es decir, con la mano.

También le gustaban mucho los higos verdes “que se dan dos veces al año”, matiza Suetonio. Tal vez se refería a las brevas, que son los higos de la primera cosecha de la higuera; en el hemisferio Norte llegan por San Juan, y en el hemisferio Sur por Navidad. Al final de temporada, llegando el otoño, hay otra cosecha de brevas, que no maduran.

Temiendo que lo envenenasen, Augusto comía los higos que él mismo recogía. No le valió de mucho la prevención, si hemos de creer la versión de Robert Graves en Yo, Claudio, que afirma que la mujer de Augusto, Livia, envenenaba los frutos en la propia higuera. La versión oficial es que Augusto murió de bronquitis a los setenta y cinco años.

Higos. Dividan en dos, en el sentido de la longitud, tantos ejemplares como vayan a tomar; espolvoreen la pulpa con azúcar moreno, y pónganlos, por ese lado, unos momentos en una sartén seca y caliente, lo justo para caramelizar el azúcar e intensificar el dulzor de la fruta. Augusto no los tomaba así: en su época, el azúcar no era de uso común. Pero podía obtener un efecto parecido sustituyendo el azúcar por un poco de miel. Con azúcar o con miel, así, calientes y dulces, los higos son un manjar excelente. Dignos, por supuesto, de un César. Tómenlos a la memoria de Augusto: se lo merece.