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Cubanos se divierten en circuito social en auge

En Café Madrigal comparten extranjeros con los cubanos acomodados, que han sacado provecho a la apertura económica / AP

En Café Madrigal comparten extranjeros con los cubanos acomodados, que han sacado provecho a la apertura económica / AP

La capital cubana experimenta un auge de bares y clubes privados, evidencia de una pequeña pero creciente clase social integrada por artistas, músicos y empresarios acomodados

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Es sábado por la noche en la capital cubana. La elegante azotea del restaurante El Cocinero se ha convertido en uno de los bares de moda en el año que lleva abierto. Y para entrar se necesita reservación. Hay un montón de extranjeros pero también cubanos, no pocos por cierto, vestidos a la moda, que beben mojitos de tres dólares mientras hablan de arte, cultura y política. Es una imagen que contrasta con la percepción que se tiene afuera de Cuba, un país pobre donde nadie tiene para gastar su ingreso en una noche de juerga. "¿De dónde sacan la plata? No lo sé",  contesta Lilian Triana, economista y una de las cubanas que disfruta en el bar, que trabaja para en las oficinas que tiene Pdvsa, la petrolera estatal venezolana, en La Habana.

La capital cubana experimenta un auge de bares y clubes privados elegantes, evidencia de una pequeña pero creciente clase de artistas, músicos y empresarios acomodados, en una isla donde la mayoría gana alrededor de 20 dólares al mes y depende para vivir de los subsidios para comprar alimentos, pagar su vivienda y transporte.

Los nuevos ricos cubanos no sólo se dejan ver, también hacen alarde de su riqueza, diferencia importante a la época en la que Fidel Castro atacaba a quienes vivían mejor que sus compatriotas después de la apertura económica.

Cuba está lejos de convertirse en un paraíso para los consumidores pero cada vez hay más cosas en qué gastar el dinero: mejoras a las viviendas, vacaciones en la playa, teléfonos móviles y consolas XBOX, que llegan de la mano de quienes ahora viajan al extranjero -en cifras récord- y vuelven cargados de mercancías para vender.

Los extranjeros que visitan o viven en Cuba pueden permitirse esos lujos, como algunos cubanos, Triana entre ellos, que trabaja para una empresa extranjera,  y otros que lo hacen en embajadas,  que pagan salarios competitivos comparados con otros países de Latinoamérica. A ellos se les han unido los más exitosos de los 440.000 pequeños empresarios o empleados independientes nacidos al calor de las reformas económicas impulsadas por el presidente Raúl Castro. Otros más se benefician de familiares en el extranjero que envían al país un estimado de 2.600 millones de dólares al año en remesas. Luego está la élite del mundo del arte, que históricamente ha sido una parte fundamental de la clase adinerada de Cuba: un artista que vende un solo cuadro por unos pocos miles de dólares o un músico que actúa en una gira en el extranjero y gana cientos de veces más que lo que devenga la mayoría de los cubanos. Este fenómeno fue documentado por el artista visual neoyorquino Michael Dweck en su libro Habana Libre, publicado en 2011. Allí refleja la labor de tres años de fotografiar el aparentemente improbable estilo de vida de los artistas de la capital cubana. "Hay una clase privilegiada que vive una muy buena vida en La Habana, que es lo contrario a lo que nos dijeron a los estadounidenses sobre que pasaba en Cuba", dice Dweck.

Es en el circuito de bares de Cuba donde estos yuppies son más visibles.  Los artistas e intelectuales abundan en en El Cocinero y la Fábrica de Arte Cubano, al lado del primero, que abrió sus puertas el mes pasado de manos del prestigioso artista X Alfonso, como galería de arte, sala de conciertos y bar. Se cobra dos dólares por la entrada. Otros van al Bohemio, bar construido en lo que fue un jardín de una casa, para golosear tapas de quesos y jamón serrano, o a Café Madrigal, que comenzó el auge de los bares privados cuando un director de cine lo inauguró en 2011 y que ahora es uno de los lugares favoritos para los amantes del cine y el teatro.

También hay clubes privados que atienden a los jóvenes descendientes de cubanos con dinero y conexiones: Shangri La, discoteca construida en un sótano y con exceso de aire acondicionado en Miramar, o el restaurante El Palio, son algunos. Hay quienes aseguran que a los hijos de los clanes políticos más poderosos de Cuba visitan esta discoteca custodiados por agentes de la seguridad del estado, vestidos de civil, que merodean en las afueras. También los que recuerdan que hasta hace pocos años la mayoría de los cubanos no podían entrar a los grandes hoteles como el Habana Libre o el Meliá Cohíba, donde hay lujosas y costosas discotecas.

Pero toda esta actividad está limitada a un pequeño segmento de la población. En el Malecón, la amplia avenida que corre paralela al mar, se reúne la clase obrera cubana los fines de semana. Allí se toma ron por menos de un dólar en  en vaso de cartón. "Aquí, en el Malecón, viendo chicas", dice Adán Ferro, barrendero de 20 años. "¿Adónde me voy a meter, en el Habana Libre?", agrega con sarcasmo.