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Cerveza alemana: sello de identidad que se reinventa

Archivo / EFE

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Con sus cerca de cuarenta variedades y 5.000 marcas en todo el país la cerveza alemana tiene además un gran sentido local y cada región exhibe orgullosa su receta propia de agua, malta, lúpulo y levadura

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La Unión de Cerveceros de Alemania destacó la importancia de la cerveza en la cultura e identidad del país y analizó su relación con el fútbol y nuevas tendencias como la cerveza artesanal. Cerveza y Alemania son dos términos que van de la mano . Cada alemán consumió de media 106,6 litros de cerveza el año pasado, de acuerdo con cifras reveladas por la Unión de Cerveceros de Alemania en Berlín.

Una media que se eleva notablemente si se combina con otra de las señas de identidad del país germano: el fútbol. “Donde vayas se nos conoce por dos cosas: el Bayern Múnich y la cerveza”, afirma Holger Eichele, director ejecutivo de la Unión de Cerveceros, quien destacó que el pasado mes de junio, cuando Alemania se alzó con el título de campeón del mundial de fútbol, el consumo se elevó en 14 %.

Y es que a pesar de que el año pasado la venta de cerveza registró su índice más bajo desde la reunificación alemana en 1990, esta bebida forma parte de su historia y su cultura, y el pasado mes de diciembre los cerveceros solicitaron que su “pan líquido” sea considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. 

Con sus cerca de 40 variedades y 5.000 marcas en todo el país,  la cerveza alemana tiene  además un gran sentido local y cada región exhibe orgullosa su receta propia de agua, malta, lúpulo y levadura. Mientras que el sur se caracteriza por las cervezas Weizen,  elaboradas con levadura de cebada, el norte se decanta por las Pilsner, una rubia con bajo contenido de lúpulo. En el mapa cervecero alemán Renania es un capítulo aparte. En Colonia se produce la cerveza tipo Kölsch, con menos contenido de alcohol que la Pils y que suele beberse en vasos de dos decilitros. Düsseldorf, en cambio, prefiere la Alt, oscura, y entre las dos ciudades la preferencia por uno u otro tipo es cuestión de fe.

En la fábrica de Berliner-Kindl, donde se producen algunas de las Pilsner más conocidas de la capital alemana, tienen claro que para hacer una buena cerveza hace falta tiempo y agua buena. Su maestro cervecero, Heiko Rohde,  dice que para conseguirlo –allí trabajan 150 personas y se produce 1,5 millones de hectolitros al año–  se requiere de 3 semanas,  desde que se muele el grano hasta que el producto está listo para que el cliente lo disfrute.

Mientras,  en otra planta, las botellas llegan en cajas para someterse a un complejo y ruidoso proceso de lavado, rellenado, etiquetado y sellado, con una escasa supervisión humana. Un proceso muy distinto al del trabajo de las pequeñas cervecerías,  que hacen su propia cerveza artesanal, una tendencia en alza proveniente de Estados Unidos que se remonta a la ley seca y que cada vez atrae más a los adeptos de esta bebida por todo el mundo.

Para saciar esta sed en Berlín existen numerosos establecimientos que ofrecen su propia cerveza “de la casa”, como el restaurante Lemke, debajo de los arcos de la estación de Hackesche Markt, que desde hace quince años ofrecen su cerveza acompañada de platos típicos germanos. Oliver Lemke, maestro artesano al frente de este establecimiento, aseguró que en la elaboración de la cerveza artesanal tiene un punto muy importante la experimentación e innovación, hasta dar con el sabor único que hace que el cliente vuelva. “Una cervecería es buena cuando viene mucha gente", sentenció Lemke, y motivado por esa confianza, trabajan ahora para embotellar algunas de sus especialidades para la venta al público”.