• Caracas (Venezuela)

Colette Capriles

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Colette Capriles

Contra mito, verdad

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A SAC, con mi respeto y admiración

 

Se cumple esa admonición o, más bien, maldición china que dice “ojalá te pasen cosas interesantes”. La mayor: asistir a la manufactura de un mito político en tiempo real. Aunque es cierto que no es un proceso recién comenzado, la muerte de Chávez lo aceleró y ofreció el contexto para probar su eficacia política. Por cierto: toda cultura política, o toda sociedad en general, produce más o menos espontáneamente mitologías o “narrativas” para asegurar cierta cohesión o comunidad cultural. Como aquella “ilusión de armonía” que solíamos cultivar en otros tiempos y que ahora ha resultado pisoteada por el advenimiento de nuevos mitos. Georges Steiner, en su Nostalgia del absoluto, proporciona la fórmula básica para prepararlos: el primer ingrediente es lo que llama la “pretensión de totalidad”; lo que el mito intenta proporcionar es un relato mediante el cual se explica todo, o al que puede ligarse todo lo que pasa. El segundo ingrediente es una historia: todo mito es fundacional, establece un punto de inicio y una concatenación de eventos articulados; el tercero, el fundamental, es un lenguaje propio, unos marcadores lingüísticos, unas metáforas propias. Yo añadiría además que estas narrativas proporcionan una interpretación de la historia y la sociedad que no necesitan someterse a pruebas de verdad, sino que más bien funcionan como dispositivos de verosimilitud. Los hechos no son relevantes; lo relevante es lo que se dice. Y lo que se moviliza.

Y es que en este caso se trata de un mito movilizador, fabricado para dividir y separar, e instituir así el nuevo poder, la nueva cultura, la nueva identidad política. Que en él confluyan “mitologemas” de orden religioso o emotivo que se conecten a su vez con otros mitos no altera el hecho de que lo esencial es la estructura narrativa que obedece a un impulso muy humano: tratar de darle orden al mundo. Pero insisto en el carácter artificial: los mitos se crean y se destruyen; algunos permanecen allí mientras se les alimenta, otros se desvanecen. El de Chávez se injerta deliberadamente sobre el culto a Bolívar desde el primer momento, y se empata luego con la épica revolucionaria del siglo XX, suprimiendo la idea de progreso para sustituirla por la de advenimiento, por la escatología de una redención final dentro de la batalla civilizatoria que libra el mundo.

Su eficacia política, permítaseme el escepticismo, sólo podrá ser evaluada en el futuro. En definitiva, esta manufactura del mito ha sido posible gracias al petróleo, infinita fuente de mitos y materia de infinidad de intercambios simbólicos. Y se pondrá a prueba en las próximas semanas. La campaña chavista de 2012 se fundamentó en promover la figura personalísima del candidato como referente identitario mientras el aparato del Estado se ponía a su servicio. La de ahora, se basará en la evangelización, sin dejar de repartir los panes y peces que corresponden y con la larga sombra de un “mando político-militar” que revela lo que antes estaba entre bambalinas y tiñe (aún más si cabe) de impostura la pretensión hereditaria.

El candidato de la unidad democrática se hizo responsable, aceptó un reto tremendo y habló desde sus convicciones. Siguiendo el principio del Satyagraha gandhiano: actuar según la verdad sin preocuparse por la retaliación o el cálculo. El edificio mítico que se pretende consolidar será debilitado por la sed de verdad, por el desmantelamiento del espectáculo. La verdad que interpela, que hace preguntas y que obliga a mirar todo aquello que el interminable relato de una épica oculta y enmascara.