• Caracas (Venezuela)

Colette Capriles

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Colette Capriles

La fractura

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Para explicar el quiebre electoral del chavismo se sigue diciendo, sin tener demasiadas evidencias, que ha quedado demostrado que la ausencia del líder carismático no ha podido ser (ni será) suplida por el sucesor designado, cuyos atributos de liderazgo y autoridad son nulos y que no es capaz de convocar esa sentimentalidad que se asoció a la figura de Chávez. Es cierto. Pero no es toda la historia. Más bien me parece que el 14 de abril el electorado venezolano mostró que se comporta muy racionalmente. De hecho, si el voto chavista estuviese estrictamente condicionado por el “amor correspondido” (y su corte sentimental: lealtad, agradecimiento, homenaje), la transferencia hacia un heredero habría sido menos problemática y no habría necesitado tantos pedimentos y solicitudes de adhesión como los que exhibió Maduro durante la campaña (un error conceptual que lo condujo a mostrarse, involuntariamente, como indigno de esa herencia). Lo que, sugiero, produjo el trasvase de votos hacia la propuesta democrática, y también ese voto “a beneficio de inventario” que tanto abundó entre el simpatizante del chavismo, fue más bien la sospecha, perfectamente racional, de que la relación clientelar, antes garantizada por la autoridad patriarcal, iba a dejar de funcionar apropiadamente en manos del sustituto. Me temo que sí le quitaron lo bailado: la gestión de los cien días fue señal suficiente para ello. Pero también se revela que el voto por Chávez no dependía exclusivamente de la conexión emocional que los hagiógrafos suelen atribuirle. Una capa del sanduchón era sin duda esa, pero había otras, más fundamentales: la evaluación de los beneficios (reales o percibidos), y el aparato de coacción y control social, siendo este último precisamente lo que se está poniendo en cuestión al solicitar la auditoría del proceso electoral.

Pero todo esto se configura como la ampliación de una fractura que ya estaba marcada en los últimos meses de la gestión del propio Chávez. Amargamente se quejó de la, a su juicio, escasa distancia que lo separó de Henrique Capriles en octubre. Había ya indicios de que hay un hambre de cambio entre nosotros. Incluso los resultados adversos que obtuvo la unidad democrática en las elecciones regionales pudieron en parte deberse a lo mismo: a la atracción ejercida por las promesas de cambio frente a candidatos (y dinastías) que repetían. No se trata de algo que pueda reducirse a un afán de cambio ideológico; pareciera que existe cierta consciencia desesperada de que las cosas no pueden seguir igual. Maduro habría podido hacer una buena campaña enfatizando la oportunidad de remodelar la “revolución”, pero el dogmatismo y la “enfermedad infantil del izquierdismo” como decía Lenin, se lo impidieron. La capitalización de esa necesidad de ir hacia lo nuevo la logró ostensiblemente Capriles.

Y por ello parece que no es correcto pensar que el bajón en votos es asunto coyuntural y que, como pasó en 2007 o en 2010, el régimen pueda volver a una posición hegemónica. La fractura es estructural y no se repara con una nueva “gran misión” u otro espectáculo. El showman no está más, y la luna de miel postelectoral es, increíblemente, con el supuesto perdedor. La composición del nuevo gabinete trata de enviar el mensaje de que se priorizará la eficiencia por sobre el conflicto, pero deja intactas las causas de la llamada “ineficiencia”. Queda la vía de aumentar el control y la represión, burocratizando aún más a la sociedad para asegurar mejor la coacción y la penetración en la vida privada de las personas y en las instituciones. Y la creación de las “regiones de desarrollo integral” a cargo de funcionarios de la confianza del entorno presidencial va en este sentido, augurando un nuevo e inconstitucional sistema de vigilancia sobre gobernaciones y alcaldías. Y ello es indicio de que la oferta política del nuevo gobierno es “peor de lo mismo”.