• Caracas (Venezuela)

Claudio Nazoa

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Claudio Nazoa

La luz de una ilusión

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Hoy quiero compartir un tema que me encanta y del cual he escrito otras veces, como lo es la astronomía; por supuesto, desde el punto de vista de alguien que no es científico.

Aunque parezca extraño, lo que nos pasa hoy a lo mejor aún no ha ocurrido en otras partes del universo, y de lo que sucedió muy lejos, sólo hoy nos estamos enterando. Somos testigos de magnos eventos ahora inexistentes, pero que recién comenzamos a ver.

La velocidad de la luz es de 300.000 km/seg, es decir, si algo está a 300.000 kilómetros de distancia y tuviéramos un automóvil que corriera a esa velocidad, lo encenderíamos, y… ¡Ya!, con el primer chancletazo, llegamos en un segundo.

Cuando decimos que una estrella está a 100.000 años luz de distancia, tendríamos que multiplicar 300.000 kilómetros por 60 segundos para entenderlo, y a su vez, multiplicar el resultado por 60 minutos, que es 1 hora, y esa hora, por 1 día, y ese día, por 365 que es 1 año. Explicadito así por un neófito como yo es fácil hacerse una idea de lo que significa que una estrella esté a 100.000 o a millones de años luz.

Las distancias interestelares son inimaginables. Los seres humanos, menos los físicos, matemáticos y astrónomos que no lo son, no estamos preparados para digerir estas informaciones sobre la grandeza del universo en donde, extraña e inexplicablemente, vivimos.

Cada cosa que descubrimos nos empata con otra más difícil de comprender y cada descubrimiento que se hace en esa inimaginable magnitud, nos hace más conscientes de lo chirriquiticos que somos; y cuando digo somos, no hablo de seres humanos: hablo de sistemas interestelares, como, por ejemplo, el minisolecito que nos alumbra con su pequeñita corte de planetas y lunas que dependen de él gracias a la gravedad. Ni siquiera hablo de la Vía Láctea, que es una de las 100.000.000.000 galaxias que existen, y… ¿quieren más?, hay científicos que piensan que el universo conocido es parte de un sistema aún más grande. Así de arrecho es este lío en donde estamos inmersos nosotros los microbios de los microbios de los microbios.

Lo interesante, y lo extraño, es que esos micromicrobios que somos, hasta el momento, son los únicos capaces de saber lo anterior. Es más, lo anterior no existiría si nosotros no existiéramos.

La próxima vez que usted vea una estrella lejana no estará viendo lo que está pasando en ella ahora; a lo mejor ni siquiera existe; sólo verá cómo era hace cientos de miles o millones de años luz. Estamos viendo algo que ya no existe. Es una ilusión ahora, pero existió, por eso podemos verla.

En alguna parte del universo podría alguien, a millones de años luz, ver cómo era la Tierra hace 191 años luz, cuando en un pedacito insignificante, dentro de un puntico azul que flotaba en el universo, unos microbios, cual glóbulos blancos en la sangre, en Carabobo, libraban una cruenta batalla para sellar la independencia de Venezuela. Provoca estar allá, a 191 años luz, para empezar de cero y tratar de evitar lo que desde esa época nos ha pasado.

A lo mejor, en este instante, en algún punto del universo, a un tiempo pasado de 23 días, se ve la luz de un pueblo esperanzado. Allí todavía no hemos perdido ni nunca vamos a perder. Somos una ilusión lejana que mira un desprevenido observador. Es como un amor que en apariencia ya no está, pero que en algún lugar existe y seguirá existiendo.

La inteligencia nos hace conscientes de que la gravedad nos une. Lo demás es cuestión de luz y tiempo.