• Caracas (Venezuela)

Claudio Nazoa

Al instante

Las chuletas de Marianella Salazar

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En los años sesenta estudiaba en el Colegio República del Ecuador. Cursé mis primeros años con personajes que serían famosos en el futuro. Mis compañeritos, entre otros, eran César Miguel Rondón, Ángel Oropeza, Marianella Salazar, Henrique Lazo y Julio César Pineda. Bueno, César, Ángel, Marianella y yo estábamos en primer grado y Henrique y Julio César repetían quinto año por segunda vez.

En cuarto grado nuestra maestra se llamaba Rosa Castro. El más estudioso del salón era Ángel Oropeza, que siempre sacaba 20 e inexplicablemente iba con corbata para la escuela. Marianella, César y yo, cuando había examen, nos sentábamos cerca de Ángel para copiarnos y aun así no llegamos ni a 12, porque Ángel tenía la letra muy fea y no se le entendía casi nada.

Nunca olvidaré las chuletas de Matemática que Marianella se escribía en las rodillas. Las hacía perfectas. Lo malo es que ella era y sigue siendo la más bella. Aquello era un bombón y cuando se levantaba un poquito la falda a César y a mí se nos olvidaban las matemáticas que hasta hoy nunca nos han servido para nada.

La táctica era perfecta. Yo entretenía a la señorita Rosa con cualquier pregunta:

—Seño, el último número que usted anotó ¿es el dos?

—No, Nazoa. Es el cinco.

Ese momento lo aprovechaba César para copiar la chuleta que Marianella tenía escrita en la rodilla. Después, era él quien preguntaba:

—Seño, el último número que usted anotó ¿es la rodilla?

—¿Cómo?

—Digo, el dos.

Por supuesto, yo aprovechaba para mirar las voluptuosas rodillas de Marianella. Solo las rodillas. Nunca los números.

En diciembre iban a montar un nacimiento viviente. El niño Jesús era un niño flaquito, feazo y sin pelo, llamado Jaime Pérez, ahora también un gran amigo y, por supuesto, la Virgen María era Marianella. La maestra preguntó:

—¿Quién quiere ser San José?

—¡Yooo…! –contesté desesperado.

—¿Nazoa? Usted no. Usted es comunista y no cree en Dios.

—Eso era antes, ya me arrepentí.

—Maestra, -dijo César Miguel levantando la mano- en mi casa todos somos adecos, pero rezamos tanto que parecemos copeyanos.

Inmediatamente nombraron como San José a César Miguel y a mí me pusieron de pastorcito.

Jamás olvidaré esa humillación: César y Marianella agarrados de la mano por toda la escuela y yo, como un pendejo, cargando un perro disfrazado de oveja.

La vida nos trajo hasta aquí. Ahora, todos seguimos siendo amigos, riendo de nuestra feliz infancia, cuando los intimidantes ojos de Chávez no nos asustaban.