• Caracas (Venezuela)

Claudio Nazoa

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Claudio Nazoa

Tibisay en La Carraca

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Nuestro país, como sabemos, está ubicada al sur de Groenlandia; y ocurrió que a principios de los años 50, un cacique traidor de nombre Marcos Pérez Jiménez trajo a Venezuela a nefastos conquistadores españoles que nos enseñaron un idioma horrible llamado español, y una religión bárbara donde se le reza a un Dios judío clavado en una cruz.

Gracias a la revolución bolivariana se ha descubierto que esta tierra era habitada por indios que se hacían llamar Caracas, quienes vivían en un valle cuyo nombre era “Flor Roja”.

Cuando en 1950 llegaron los españoles, les preguntaron:

-¿Podéis decirnos cómo llamáis a este hermoso lugar?

- Jao, aquí llamarnos “Flor Roja”, pero nos pueden decir florecitas.

Don Diego de Lozada, quien venía al mando de los españoles, acotó:

-¿Estáis mamando gallo o sois maricones?

-No, pero nos gustaría…ja, ja, ja –respondió el jefe indio mientras los demás indígenas bailaban “El Pájaro de Fuego” de Stravinski.

Cuentan los escribanos españoles que hacia el este del valle La Flor Roja, había un parque que los indios llamaban “Parque del Este”. Allí, los conquistadores españoles se toparon con una carabela:

-¿Y esto qué es? –preguntó don Diego de Lozada.

El Negro Primero, quien hacía ejercicio junto a un blanco llamado Francisco de Miranda, contestó:

-Ese barco lo trajo el año pasado un italiano loco e’ bola llamado Colón. El tipo llegó vestido con minifalda marrón y como no consiguió autobús para subir a Caracas, se vino en barco y lo dejó aquí, anclado en el parque.

Miranda, recostado en una camita con una mano en la mejilla, se dirigió al conquistador:

- Mire don Diego, esta tierra es de malagradecidos, lo mejor que usted puede hacer es irse a otro país. Aquí lo que va a conseguir es bochinche. Pero antes de irse, adivine de quién es este vello púbico.

-¡De Catalina la Grande! – respondió Diego de Lozada y añadió- Yo también tengo uno.

El anciano quedó impávido con su cabeza apoyada sobre su mano. don Diego, le dijo:

-Aquí tenéis esta banderita tricolor. Si la fiscalía descubre que no sois un golpista y un traidor, os sugiero que la llevéis a Coro y proponedla como bandera de esta villa.

En eso aparecieron Andrés Bello y Simón Rodríguez, pacíficos y cultos indígenas encargados de la biblioteca de Babilonia.

Andrés Bello le advirtió a Lozada:

-Mire mijo, hágale caso al cuadro del viejo y tenga cuidado si se topa con el cacique insultador.

-¿Y cómo lo reconosco? –preguntó.

-Para empezar, reconozco se escribe con zeta –corrigió Andrés Bello.

-Gracias… Pero, ¿cómo lo reconozco? –insistió don Diego.

-Él te encontrará, te utilizará y cuando ya no le sirvas, te va a insultar.

A caballo, un hombre menudo acompañado por una mujer, gritaba desesperado:

-¡Paren la historia, por favor! Busquen a un médico. Mi esposa está muy enferma, si se muere, la historia será otra. ¡Yo sólo quiero ser el alcalde de San Mateo! Me niego a ser héroe ¡No quiero liberar ningún país! ¡Aguanta María Teresa! De ti depende. Españoles y canarios, ¡quédense!, porque son los únicos que saben lo que hacen.

Un cacique al que solo se le veía el bigote de tanto guardaespaldas, irrumpe con soberbia:

-¿Quién dijo héroe? ¡Traidores, sifrinitos, ladrones de la derecha fascista! Yo sólo lucho por la paz y contra la guerra.

A lo lejos, la india Tibisay, gritaba:

-Si se portan mal voy a dar los resultados ¡Voy a dar los resultados!

Perplejo, Diego de Lozada, murmura:

-Santiago de León, mejor nos salimos de la historia…Esta historia, no la merecemos.