• Caracas (Venezuela)

Claudio Nazoa

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Claudio Nazoa

Leonardo Padrón y el mataor

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Voy a contar una anécdota del escritor, poeta y mejor empatado, el imposible Leonardo Padrón. Nadie se imagina el otro yo del famoso y sortario seductor. Cuando era joven, apuesto y fornido, vivía en la ciudad de Maracay, lugar donde lo conocí hace como mil años. Yo tenía 17 y él era 20 años mayor que yo.

El cuento de hoy tiene que ver con el mundo taurino, ya que Padrón es fanático de tan emocionante fiesta. En lo personal, no me llama la atención hombres peleando con toros, ya he tenido suficiente con los cachos que todas mis mujeres me han montado. Prefiero los toros de lidia, pero en bistecs y acompañados con enormes copas de vino.

Un día, Leonardo me invitó a una corrida que se iba a celebrar en la Plaza de Toros de Maracay. Fui por curiosidad y para sentirme muy hombre al andar con alguien tan mayor.

Pensé que veríamos las corridas desde las gradas, pero me sorprendí cuando nos metimos en el ruedo, separados del peligro tan solo por el burladero, una estrecha tabla de madera que sirve de refugio. Desde allí, el ya canoso poeta y otros privilegiados veían las corridas. Estaba muy emocionado por estar codo a codo con los grandes del toreo.

Un matador, creo que mexicano, hizo una faena extraordinaria que le valió orejas y rabo. Muerto el toro, varios fanáticos corrieron hacia la arena arengando al torero que había vencido a la bestia. Cuál no sería mi sorpresa cuando veo que Leonardo era el jefe de una especie de porristas aupadores de toreros.

—¡Ven, Claudio!, acompáñanos…

Como si siempre hubiera formado parte del grupo, corrí hacia la arena en donde se pavoneaba el torero en medio de ramos de flores y asientos de goma que le lanzaba el público.

—¡Bravo, mataor…! ¡Bravo…! –gritaba Leo al exitoso torero.

De pronto, un exaltado, sugirió:

—¡En hombros y por la puerta grande hasta el hotel!

—¡Siiiií…! –gritó la multitud mientras le encasquetaban a Padrón el torero en los hombros, quien, en una demostración de fuerza viril, le dio una vuelta al ruedo con su torero al lomo y ese gentío atrás.

—¡Al hotel…! ¡Al hotel…!

El poeta, ni corto ni perezoso, salió con el torero encima hacia la avenida Bolívar de Maracay. En el camino los exaltados se fueron cansando y cuando nos dimos cuenta, solo quedábamos Padrón con su torero en los hombros, y yo, gritando como pendejos: “¡Bravo mataor…!”.

La gente pasaba y se reía de aquella comiquísima y ridícula estampa, hasta que Leonardo le dijo al torero:

—¡No joda chico, bájate y sigue a pie!