• Caracas (Venezuela)

Claudio Nazoa

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Claudio Nazoa

Ivanna y Paola

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“La juventud está perdida”, dijo Platón; pero en Venezuela, la juventud que estaba perdida se transformó en portentoso tsunami que amenaza y da esperanzas. Ivanna Simonovis nos sacudió el mundo con su carta. Hoy les entrego el texto de Paola, una jovencita de 17 años, hija de un digno oficial que estuvo preso injustamente. Nos reencontramos con la juventud que se había perdido. ¡Hay esperanza!

Cenapromil

Me espanté cuando vi la mancha marrón, era algo totalmente inusual y burdo. Me dio un poco de asco y una pizca de miedo a lo desconocido. Estaba en un campamento vacacional, lejos de todo. Necesitaba compartir eso con alguien y le grité a Aisha para que se acercara al baño; la conocí hacía unos días, pero ya la consideraba mi amiga.

—¿Qué pasó, Pao?

—Mira esta megamancha.

—Creo que te desarrollaste. Llama a tu mamá, no te quedan más pantis y estás lejos de Caracas.

Había pensado en llamar a mi mamá en cuanto vi el manchón en mi ropa interior, pero ella debía estar tan ajetreada. El día siguiente ya vendría por mí. ¿Cómo estaría la situación en mi casa? Tenía quince días apartada, sin saber si mi papá ya había resuelto el lío que tenía con el trabajo, y aunque no tenía mucha idea de cuál era el problema, estaba segura de que sólo se trataba de malas intenciones para ensuciar el trabajo de mi papá. Habían transcurrido quince días desde que me encontraba en aquella finca, con gente desconocida que rápidamente se volvió parte de mi rutina diaria, con quienes jugaba y me divertía. Al siguiente día regresaría de nuevo a mi vida y estaba aterrada por lo que pudiese encontrar allí, pero las ansias me carcomían. ¡Ya quería que mi mamá fuera por mí!

Por la mañana, le pedí prestado el celular a mi guía de campamento y marqué el número telefónico de mi mamá desesperada. En cuanto me atendió le pedí que me buscara más temprano de lo planeado. Dos horas después de la llamada telefónica ya estaba camino a Caracas escuchando las explicaciones de mi mamá, pero no lograba entender mucho; decía incoherencias, iríamos a un sitio que se llama Cenapromil. Me dijo que mi papá se encontraba allí, en una especie de habitación pequeña, era un piso grande con más habitaciones en las que estaban otros hombres ¿hospedados?, o eso era lo que yo entendía. Imaginé un hotel. No, no creía que iríamos a un hotel. Luego de vagar en mis pensamientos, llegamos al lugar. Cuando vi que había muchos militares, estuve segura de que mi papá no se estaba hospedando en ningún lugar. Mi mamá me hizo señas para que la siguiera y me mantuviera a su lado; de pronto, una señora me dijo que fuera con ella para un pequeño cuarto. Necesitaba requisarme. ¿Qué era eso? ¿Por qué y para qué necesitaba hacerlo? ¿Dónde me encontraba? Tantas preguntas sin respuestas. Mi mamá me acompañó, y nos requisaron a ambas; con algo de vergüenza la señora me dijo que podía retirarme. Luego un soldado gritó: ¡Custodio! Yo desconocía esa palabra, aun así por la tensión que percibía de mi mamá, supe que no era algo bueno.

Caminamos juntas por un pasillo hasta estar frente a unos seis escalones; y allí estaba él, tan fuerte, tan admirable, tan protector, tras unas rejas que no permitían el cruce de nuestras miradas. El hombre a quien le habían llamado “custodio”, abrió el candado y deslizó la ruidosa reja; subí los escalones disparada y me tiré en los brazos de mi papá.

El día que me convertí en una señorita no lo recuerdo por un burdo manchón marrón; lo recuerdo por un abrazo libre tras las rejas.