• Caracas (Venezuela)

Claudio Nazoa

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Claudio Nazoa

¿Feliz año?

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Sé que con todo lo que ha pasado, está pasando y va a seguir pasando éste año a la gente le va a costar desear feliz Año Nuevo. Sin embargo, creo que igual debemos ser felices, ya que el premio mayor, por el hecho de haber nacido, lo hemos ganado y mientras tengamos cerebro, boca y manos, nadie nos callará. A pesar de eso, estoy aterrorizado recordando lo que me ocurrió el 31 de diciembre del año pasado.

Como ya les he contado, vivo en un pequeño apartamento con 5 hijos: dos de mi primer matrimonio, dos del segundo y una niña que tuve en mi matrimonio actual que también creo que es mía.

A mi esposa se le ocurrió celebrar el año nuevo con mis hijos y la familia de mis hijos en el apartamento. Aquello parecía una escalofriante mezcla del terminal de La Bandera en Semana Santa con una peregrinación a la Meca. Casi no se podía caminar. El baño estaba siempre ocupado, al extremo que tuve que ir a casa del vecino para hacer pipí y como él estaba fastidiado, decidió autoinvitarse a mi fiesta y llevar a su familia.

Siete cuñados de mi primer matrimonio, a las ocho de la noche, ya se habían comido los 4 panes de jamón que preparé, 15 de las 30 hallacas que encargué y que por cierto me salieron carísimas, y la mitad del pernil; del licor ni hablar. Entre todos llevaron 12 cervezas, 1 botella de vino tinto La Sagrada Familia y dos de un “whisky” que fabrican en Carora a base de papelón y ñame; se tomaron mi escocés y yo terminé bebiendo el veneno que trajeron.

Como si fuera poco, mis cuatro suegras, ¡Dios! ¡Qué pesadilla!, estaban bravas entre sí y competían para saber quién había preparado la mejor hallaca; creo que por venganza me nombraron juez, así que, hipócritamente, tuve que probar cada una. ¡Todas estaban horribles! Sólo en algo coincidían: se referían a mí como si yo fuera un súper héroe, me llamaban “el hombre ese”.

Para completar la vaina, mi mejor amigo, Jaime Pérez, encargado de traer las uvas (como 25 kilos para aquel gentío), en lugar de uvas porque no encontró, trajo un saco de mamones. A las 11:30 Jaime nos dio a todos 12 mamones mientras recitaba “Las Uvas del Tiempo” y de fondo se escuchaba “Faltan cinco pa’ las doce”; él decía que con cada campanada, nos comiéramos un mamón, pidiéramos un deseo y botáramos la pepa por el balcón.

¡Qué cosa tan difícil aquella gentará a media noche, abrazándose y comiendo mamón!

Sí, soy optimista, ¡pero estoy harto de ser tan feliz en familia!