• Caracas (Venezuela)

Claudio Nazoa

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Jon Aizpúrua, homo qui non manducat

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No todos los días conocemos a un sabio, es decir, gente llena de conocimientos, yo añadiría que afortunadamente, ya que por lo general se cree que son fastidiosos, lejanos, antipáticos e inalcanzables. Son como las mujeres que están bien buenas: uno no halla por dónde entrarles. 

He tenido suerte con sabios y misses. Me consta que dicen más o menos lo mismo a la hora de seleccionar parejas y amigos.

Según las misses, yo soy el hombre perfecto:

—¿Cómo es su hombre ideal?

—Que me haga reír…

Es decir: ¡yo!

—…No importa si es feo y con barriguita…

Excitado, repito: ¡yo!

—… No importa si no tiene dinero, con tal de que sea cariñoso…

Definitivamente: ¡soy yo!

Pero… al acercarme, siempre andan empatadas con hombres que están más buenos que ellas; y a mí… ni me miran.

Con los sabios ocurre algo similar, dicen que no les importa si la persona es bruta, rica o no, que lo importante es lo que lleva por dentro, o sea, otra vez: ¡yo!

Pero… al acercarme, siempre andan rodeados de gente cultísima y despeinada, que cargan pesados e incomprensibles libros, y, otra vez, a mí ni me miran.

Tengo el honor de conocer a dos sabios: el profesor de literatura, corrector y mi confesor personal, el cardenal in péctore Germán Flores, y al psicólogo, conferencista, historiador y escritor Jon Aizpúrua. No entiendo qué vieron en mí, pero lo mismo me pregunté cuando me empaté con Gaby Espino.

Los sabios saben tanto que la vida cotidiana se les hace difícil. Tienen manías tan extrañas que uno, el bruto normal, no entiende. A lo mejor, en esas manías demenciales, está la clave de su genialidad.

Jon Aizpúrua tiene una manía rarísima: odia, rechaza, huye, teme, evita, guabinea, evade, estigmatiza y se niega rotundamente a aceptar invitaciones para almorzar. ¡Odia el almuerzo! Es el Homo qui non manducat (el hombre que no almuerza). Jon es paciente, comprensivo y hasta buenmozo, pero si lo invitan a almorzar se transforma en un ser extraño que puede ser peligroso.

Consulté esta desconocida patología entre mis colegas Carlos Rasquin y Rómulo Aponte, quienes decidieron convocar un congreso mundial de psiquiatría para estudiar el caso.

Por mi seguridad, acostumbro compartir cultos desayunos con este prominente sabio. Aterrado, trato de pararme de la mesa antes del mediodía. Ojalá todos pudieran desayunar con Jon, leer sus libros y escuchar sus conferencias radiales.

De las manías de Germán Flores se podrían escribir gruesos libros, pero… será otro día.