• Caracas (Venezuela)

Claudio Nazoa

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Claudio Nazoa

Ángela Ghivasky

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Tenemos muchos mejores amigos que aún no conocemos. Hay quienes están condenados a tener solo los amigos de siempre, y no es que hay que cambiarlos a diario. No. Lo que no debe pasar es que ellos sean los únicos amigos que podamos tener para siempre.

Una cosa es tener amigos y otra, conocidos; la diferencia es el cariño y el amor que conlleva la relación entre humanos; por eso el matrimonio es horrible, ya que, más temprano que tarde, los esposos se convierten en conocidos desconocidos.

Me jacto de tener amigos de toda una vida, y toda una vida pudo haber sido ayer o hace rato. La amistad, en ocasiones, es un flechazo del amor pero sin sexo (a veces). En lo personal, he tratado de acostarme con todas mis amigas ya que con las enemigas sería imposible. Enemigas se vuelven después.

A diario veo decenas de personas; no conozco a casi ninguna, pero gracias a mis extraños e inútiles trabajos, me saludan como si me conocieran, y yo les retribuyo como si también los conociera.

No todo el mundo es especial, pero, de pronto, encuentras a alguien y en cuestión de minutos te ha contado cuántas veces se ha casado y divorciado, qué estudió, qué hacen los hijos, etc.

En un cortísimo tiempo, por un hecho fortuito, un par de desconocidos se convierten en amigos íntimos. Uno puede hallarlos por vez primera en un mercado o en un viaje, lo importante es la intensidad del momento.

A todos nos ha pasado que en un avión queremos que nadie se siente a nuestro lado, y si no hay remedio, deseamos que lo haga una chica guapa.

En un vuelo de Air France, ya sentado en mi butaca, una dama se acercaba y pensé: “Ojalá no se siente aquí”; no era nada personal, estaba cansado y quería estirar las piernas. Fingí dormir. De pronto, la madame en cuestión se sentó a mi lado. Sonreímos hipócritamente y… antes de despegar, ya éramos los mejores amigos.

Ordené vino y, en medio del rugir de los motores, me contó que vivía en París, que iba a un derrape con unas amigas en Madrid y que había estado en Venezuela, en Choroní; solo faltaba que me dijera que era prima mía o algo así.

Lo importante es que hoy, en París, tengo una mejor amiga que no conocía y que, sin proponérmelo, ya empezó a ser útil. Fíjense, el título de este artículo tiene un nombre angelical: Ángela Ghivasky.

Ángela es una desconocida de apellido extraño a quien, fortuitamente, descubrí en un vuelo de París a Madrid, y hoy, de manera insólita, encabeza un titular en el periódico más importante de Venezuela.