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La nanotecnología da pasos contra el cáncer

Una física y una bióloga españolas unen sus disciplinas para eliminar los efectos adversos de la quimioterapia

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Las dos se llaman Sonia, son españolas, presumen de su origen humilde, son científicas y trabajan en la Universidad de Oxford. Sonia Contera, madrileña de 42 años de edad, es física. Sonia Trigueros, barcelonesa de 39 años de edad, bióloga. Trabajar en especialidades diferentes y unir su conocimiento en investigaciones comunes les ha permitido crear el Programa Oxford Martin de Nanotecnología.

Biología, física, ingeniería y química se funden para crear herramientas que en el futuro deberían permitir a la medicina utilizar nanoestructuras (estructuras con un tamaño intermedio entre moleculares y microscópicas) con las que enfrentar las enfermedades.

“Tenemos ideas un poco diferentes de la ciencia y eso en Oxford se valora. Somos multidisciplinarias y tenemos ideas algo controvertidas. No nos da miedo ir contra el sistema”, dice Contera.

“Cuando tenemos una idea en común, cada una le da su enfoque. El resultado es innovador, más original de lo que se está presentando fuera”, añade Triguero.
No es casual que estén en la Oxford Martin School, creada en 2005 con las donaciones de James Martin, un experto en sistemas de diseño que se hizo multimillonario con varias patentes. Convertido a sus casi 80 años en el principal donante individual de Oxford, cree que sólo con la colaboración entre científicos de múltiples disciplinas y países se pueden afrontar los retos del siglo XXI. En la escuela trabajan más de 300 académicos. No hay sólo científicos, sino filósofos, economistas, politólogos.

La investigación. Las expertas diseñan un sistema que evite los efectos adversos de la quimioterapia. “La escuela quiere ser un punto de encuentro multidisciplinario de los mejores académicos de Oxford con las instituciones políticas y económicas internacionales. Aquí están los científicos con más repercusión mediática”, explica Contera. Aunque su corazón de izquierdas le invita a defender el modelo de altos impuestos y mucha inversión pública, alaba el sistema anglosajón de donaciones. “A la gente que ha hecho mucho dinero en España construyendo casas no se le ocurre invertir parte de ese dinero dando becas”, se lamenta la investigadora.

Pero en tiempos de crisis, el dinero escasea. Incluso en Oxford. Trigueros no pide mucho: “Que me den un poquito de dinero y pueda comprar mis células de cáncer; tengo el laboratorio, pero no hay dinero para mantener las células, y trabajo con las células de mi sangre. Cada día me pincho, me saco una gota. Gracias a Dios trabajamos en nanotecnología y no necesito litros”.

Pero, ¿qué hacen estas dos Sonias? “Hacemos ciencia fundamental, de biología fundamental, de cómo funcionan las moléculas, las proteínas. Quizás la parte más interesante para el lector es la aplicación médica. Yo me dediqué a la nanotecnología desde el principio de mi campo y me mudé a la biología porque hay un punto de intersección entre la nanotecnología y la biología y es que las proteínas son nanométricas, tienen tamaño nanométrico. Y de ahí surge la idea de que tú puedes interaccionar con las proteínas con nanopartículas y con la ciencia y la física a la escala nanométrica. Así que vamos a la vez aprendiendo la biología de las enfermedades o de algunas cosas que nos interesan y creando nanopartículas o nanoestructuras”, dice Contera. “En lugar de ser medicina química, es medicina física. Ese es el punto. Son bolitas, o triángulos, o tubos metálicos o de carbono o de lo que sea”, explica.

Trigueros trabaja en un proyecto que podría reducir los efectos secundarios en el tratamiento del cáncer con quimioterapia. “Estamos diseñando un sistema que transporte la droga directamente a la célula del cáncer. El objetivo final sería que la droga de la quimioterapia no estaría por todo tu cuerpo y utilizar menos. Eso permitiría evitar los efectos secundarios de la quimioterapia. En el futuro se podría utilizar como una vacuna, para prevenirlo”.

Experimentando ese proyecto con bacterias, descubrieron que estas morían de inmediato, pero las células humanas seguían vivas. “Se nos ocurrió convertirlo en un proyecto nuevo: utilizar esas nanoestructuras como antibióticos, porque lo que tenemos entre manos es una cosa que mata sólo a bacterias, que es la definición de antibiótico, pero es diferente porque es nanoestructurado y es metálico. El metal confiere otras propiedades a la bacteria”.

“Y además”, interrumpe Contera, “el asunto fundamental en lo que Sonia ha encontrado es que en todos los antibióticos que tenemos las bacterias rápidamente se hacen resistentes, pero con la nanotecnología, como es una manera muy diferente de matar a la bacteria, pensamos que podemos evitar la evolución bacterial”.

Eso les ha llevado también a pensar en crear “filtros para aviones y hospitales con nanopartículas para purificar el aire de virus y bacterias”. Una idea lleva a la siguiente. Porque, como explica Trigueros, en ciencia no hay fracaso: “Un resultado negativo, es un resultado. Sea sí o sea no, estás aportando conocimiento”.