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Marie Curie: La científica más importante de la historia pudo haber sido escritora

La científica Marie Curié / Foto Internet

La científica Marie Curié / Foto Internet

Hoy se cumplen 80 años del fallecimiento de la primera mujer ganadora de un Premio Nobel y quien además lo obtuvo en dos ocasiones 

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 La próxima vez que oiga hablar de sesiones de quimioterapia y radioterapia, alternativas terapeúticas que han sido una opción para salvar o ampliar la sobrevida de millones de personas con cáncer en el mundo, deténgase un momento en pensar en este nombre: Marie Curie. 

Estudios de diagnóstico, como las tomografías de emisión de positrones para detectar, por ejemplo, zonas del cerebro afectadas por ataques epilépticos; o terapias que requieren la utilización del yodo para diagnosticar un problema en la glándula tiroidea o, incluso, destruirla cuando tiene evidencias de malignidad, también son una repercusión del perfeccionamiento del trabajo con materiales radiactivos separados, experimentos en los que fue pionera la científica polaca, nacionalizada francesa. 

Hoy se cumplen 80 años de la desaparición física de esa mujer que dejó su impronta no solo en el mundo científico, sino también en la historia de los avances del género femenino. Hablar de Marie Curie es hablar de una mujer que vivió anticipada a su época y a las convenciones político-sociales que limitaban la participación femenina en todas las áreas. A la tímida pero inteligente joven le tocó abrirse paso en el eminentemente masculino campo de la ciencia, lo que concede un doble valor a la trascendencia de su trabajo:  Su aporte es también incuestionable en las luchas que, desde diferentes frentes de batalla, han tenido que encabezar las mujeres en la historia.

Curie nació en Varsovia, en 1867, en una Polonia dividida y que no existía como país. Atravesó momentos cruciales en su infancia, como quedarse huérfana a los once años cuando su madre murió de tuberculosis, cuatro años después de que muriese su hermana mayor de tifus. Sus primeras clases las recibió en un país subordinado a los rusos y sus estudios sobre la historia polaca fueron casi “a escondidas”. Ello no impidió que su intelecto creciera rápidamente, ni que llegase a graduarse a los 15 años y a dominar cuatro idiomas.  

Fue institutriz durante un tiempo para pagar los estudios a su hermana y,  luego del fallecimiento de su madre, se apartó de cualquier creencia religiosa y se enfiló en el positivismo de Augusto Comte, que consagraba a la ciencia como la única vía para conocer “la verdad”, para darle rienda suelta a su afinidad por las ciencias y las matemáticas, aunque en algún momento llegó a considerar convertirse en escritora. La apartó de esta idea el escrúpulo de “decepcionar” a su padre, un profesor en Física y Matemáticas, como lo relata la autora española Rosa Montero en un libro dedicado a Curie, publicado en 2013: “La ridícula idea de no volver a verte”.

Después de emigrar a Francia y licenciarse en Física y Matemáticas, “Manya”, como era llamada entre sus afectos (su nombre verdadero era  Maria Sklodowska y se lo cambió al llegar a París por Marie Curie) conoce en 1894 al físico Pierre Curie, su futuro marido. Ambos fueron determinantes, el uno para el otro, en la reorientación de sus inquietudes científicas, cuando decidieron trabajar en los descubrimientos del físico Henri Becquerel sobre las sales de uranio, que transmitían unos rayos de naturaleza desconocida.

El reciente descubrimiento de los rayos X despertó aún más el interés de Curie. El 25 de junio de 1903 publicó su tesis doctoral (“Investigaciones sobre las sustancias radiactivas”) y obtuvo el doctorado cumlaude. Durante años,  la pareja experimentó en un laboratorio con materiales como el urano, la pechblenda , el “polonio” (descubierto por ella y bautizado así en honor a su país de referencia) y el radio; por el descubrimiento del peso atómico de este último elemento fue laureada con un segundo premio Nobel.

 Curie fue la primera mujer en obtener un premio Nobel y, además, lo logró dos veces en diferentes categorías: uno de Física en 1903 junto con su esposo, Pierre Curie, y otro de Química, en solitario, en 1911. Solo otras tres personas han duplicado en ese galardón y todos han sido hombres: Linus Pauling (1954 en Química y 1962, Nobel de la Paz) Frederick Sanger (quien obtuvo dos Nobel de Química: uno en 1958, por sus investigaciones sobre la insulina, y en 1980, compartido con los estadounidenses Paul Berg y Walter Gilbert, por sus contribuciones a la determinación de las secuencias de base de los ácidos nucleicos)  y John Bardeen, físico estadounidense galardonado con los premios Nobel de Física de los años 1956 y 1972.

La científica polaca también fue la primera mujer en impartir clases formalmente en una universidad, hecho que fue posible a la sombra de una desgracia: la trágica muerte de su esposo Pierre Curie, después de ser atropellado por un coche de caballos en una calle de París cuando se dirigía a su laboratorio. Marie heredó la cátedra de física en la Universidad de Sorbona que había sido otorgada a Pierre en 1904 y el 15 de noviembre de 1906 marcó un nuevo hito en la historia de las conquistas femeninas. 

Durante la Primera Guerra Mundial, Marie Curie participó en la concepción de unidades quirúrgicas móviles capaces de realizar radiografías, que fueron bautizadas con el nombre de Petites Curies. Ella misma,  desde que logró hacerse con un permiso para manejar en 1916,  recorrió los frentes de batalla haciendo radiografías, sin protección, a los soldados heridos.Su entrega al estudio de la radiactividad fue mermando progresivamente su salud. Fue operada cuatro veces de cataratas y sufrió lesiones progresivas en sus manos, así como un aborto en 1906.Paradójicamente, en 1925, participó en una comisión de la Academia Francesa de Medicina que recomendó el uso de pantallas de plomo y la realización de análisis periódicos de sangre para los trabajadores de las industrias que utilizaban materiales radiactivos.

Sugerencias que promovió, aunque quizás ya era muy tarde para ella. Nueve años después,  el 4 de julio de 1934,  falleció en Pasey, Francia, como consecuencia de una anemia perniciosa: su médula ósea estaba severamente dañada por el manejo prolongado y sin protección adecuada de sustancias radiactivas. 

Un año después de su deceso, el legendario Albert Einstein publicó un emotivo memorial sobre Curie en la que atribuía el descubrimiento de dos elementos químicos nuevos. Lo más resaltante fueron las palabras que utilizó el científico para sintetizar las características que identificaron a la científica más notable del siglo XX y, probablemente, de la historia: “intuición y tenacidad bajo las más adversas condiciones imaginables (…) De  todas las personas famosas, fue la única a quien la fama no había corrompido”.