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Chachafruto: Un racimo de nutrientes para beneficio colectivo

La planta tiene frutos rojos / Cortesía IVIC

La planta tiene frutos rojos / Cortesía IVIC

La planta, que se cultiva en Mérida, sirve de alimento para animales, suelos y humanos

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El chachafruto es una especie vegetal de la familia de las leguminosas (Fabaceae) endémica de países andinos como Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Se da a más de 1.200 metros sobre el nivel del mar y en lugares con precipitaciones superiores a los 1.000 milímetros al año; en nuestro país se ha reportado en la cadena montañosa del estado Mérida.

El árbol puede alcanzar 10 metros de altura, las flores son rojas carmín y las ramas crecen en forma de racimo de color verde intenso. Las semillas, alojadas en vainas de hasta 60 centímetros, parecen granos gigantes, marrones por fuera y amarillentas por dentro, llegando a medir 7 centímetros de largo y 3 centímetros de ancho.

Tan exótica apariencia va acompañada de un sustancioso contenido de proteínas, fibra, minerales y carbohidratos, bajo en grasas, presentes en sus hojas, vainas y semillas, siendo comestible para animales como pollos, cabras, vacas, caballos, porcinos, truchas y conejos y con especial valor culinario para los seres humanos.

Para rescatar el interés de la población local hacia ese rubro agroalimentario, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (Ivic) estudia desde hace dos años la ecología y fisiología del chachafruto, específicamente los efectos de las variaciones climáticas sobre el ciclo reproductivo de la planta (fenología); el estudio de los insectos, arácnidos, crustáceos y miriápodos asociados a su entorno (entomofauna); y la humedad y viabilidad de las semillas para reproducirse.


Elegantemente sabroso

Erythrina edulis es su nombre científico, pero es conocido por sus denominaciones coloquiales de chachafruto, frijol mompás, zapote de cerro, sachapuruto, bucare, balú, baluy, sachaporoto, guato, pashuro, pajuro, sachaporoto del basul, poroto del sacha, habijuela, nupo, entre otras.

Estudios realizados por la Universidad de Antioquia en Colombia han demostrado que las harinas provenientes de leguminosas como el chachafruto y la soya contienen más proteínas que la harina de trigo, convirtiéndose en potenciales sustitutos parciales de la carne (extensor cárnico) de origen vegetal.

Además de completar y enriquecer alimentos básicos como arepas, empanadas y tortas, el chachafruto es útil como abono para las plantas, proporciona sombra a los cultivos cafetaleros y cuando las raíces se unen simbióticamente con bacterias del género Rhizobium (formando micorrizas) permite la fijación de nitrógeno del aire al suelo y la absorción de minerales como el fósforo, mejorando la fertilidad y calidad del terreno.

En los municipios Santos Marquina, Libertador, Campo Elías y Andrés Bello de Mérida el chachafruto es común aunque relativamente escaso en comparación con otras especies del género Erythrina, como el bucare rojo (E. poeppigiana) y anaranjado (E. fusca). Los que se aprecian actualmente en la zona fueron sembrados hace más de una década por los ingenieros Oswaldo Pérez Báez, Bart Pauwels y Félix Díaz; y más recientemente por el Instituto Autónomo de Desarrollo Endógeno del municipio Campo Elías.

Ciencia aliada

Debido a sus numerosas propiedades, el Ivic decidió poner su granito de arena para incentivar la producción y consumo de chachafruto en la región. El jefe del Centro de Multidisciplinario de Ciencias y del Laboratorio de Ecología Sensorial de este instituto -ubicado en Loma de Los Guamos, parroquia Jají en Mérida-, Fernando Otálora Luna, explicó que se están evaluando las manifestaciones periódicas de las plantas, como la floración, aparición y maduración de frutos, caída de hojas y estado de reposo (dormancia) y su relación con las fluctuaciones del tiempo atmosférico.

“Comparamos esos datos con las precipitaciones ocurridas durante un año completo para determinar la existencia de patrones” dijo el investigador.

Para estudiar la humedad y viabilidad de las semillas de chachafruto se emplea una técnica láser conocida como moteado o speckle dinámico, con el cual se puede medir la actividad hídrica y biológica de los tejidos de almacenamiento y embrionarios y otros tejidos vegetales del árbol. Según Otálora, las semillas de chachafruto son recalcitrantes, es decir, intolerantes a la deshidratación o desecación. “El embrión muere, por lo que pierde su viabilidad o capacidad reproductiva. Con esta información se desarrollarían técnicas de almacenamiento y manejo de semillas acordes a las necesidades del ecosistema” aseguró.

Las imágenes generadas por el speckle dinámico describen el comportamiento de las semillas mientras son iluminadas con el láser; si no registra movimiento, significa que el material carece de agua y quizás de vitalidad. La información resultante luego es analizada por herramientas estadísticas o matemáticas para determinar con exactitud el estado fisiológico de la semilla.

Con respecto a la entomofauna, se han recolectado insectos asociados al chachafruto, incluyendo polinizadores de las flores y algunas plagas. “Estamos caracterizando ciertas polillas como enemigos naturales, ya que si entendemos la biología de estos organismos podremos generar estrategias agroecológicas para su control efectivo y amigable con el ambiente” informó Otálora.

Sembrando memoria

Debido a la presencia de numerosos árboles sembrados entre 2007 y 2008 en las comunidades aledañas al Ivic-Mérida, paralelo a la investigación experimental se está realizando una exhaustiva revisión documental y de campo para explorar los orígenes del chachafruto en Venezuela, particularmente en la entidad, y conocer su impacto real sobre los habitantes, además de divulgar sus propiedades gastronómicas.

Su presencia en la Cordillera de Los Andes se remonta a la época precolombina, cuando los conquistadores europeos no habían divisado el territorio americano en busca de nuevos horizontes. Crónicas populares reseñadas en la literatura lo ubican en manos de diversos pueblos indígenas, como los quechuas y chibchas.

A través del programa de intercambio agroecológico “Mano a Mano” -al cual el Ivic-Mérida arrima su cosecha- el Jardín Botánico de Mérida de la Universidad de Los Andes distribuye frecuentemente canastas de productos orgánicos, entre ellos Erythrina edulis (chachafruto), que significa “rojo comestible”.

Cortesía: IVIC/Vannesa Ortiz Piñango