• Caracas (Venezuela)

Christopher Sabatini

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Obama y Cuba: ¿viene o se va?

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A pesar de lo que quieren hacernos creer un número de voces radicales a favor del embargo, las acciones ejecutivas del presidente Barack Obama para suavizarlo son una apuesta a largo plazo a favor de los derechos humanos y el cambio político en Cuba. Que el régimen cubano siga negando los derechos civiles y políticos básicos de sus ciudadanos y siga acorralando a los disidentes un poco más de un año después de los cambios no es una crítica a la política de Obama o a su estrategia a largo plazo para la formación del futuro de Cuba. Sin embargo, sí plantea la siguiente pregunta: ¿debería ir el presidente a Cuba cuando el gobierno cubano ha hecho poco para abrir el espacio político y mejorar los derechos humanos, uno de los objetivos del cambio de política de la Casa Blanca?  La cuestión surge más urgentemente aun con la noticia la semana pasada de que el secretario del Estado, John Kerry, no pudo viajar a Cuba para concluir negociaciones sobre derechos humanos.

Si bien ha habido avances en la cooperación entre Estados Unidos y Cuba con respecto a la migración, la trata de personas, la lucha contra las drogas y el medio ambiente, los derechos humanos siguen siendo un tema sensible. Al anunciar la visita del presidente, la alta diplomática cubana y la encargada de todos los asuntos relacionados con Estados Unidos, Josefina Vidal, fue poco sutil al decir que Estados Unidos y Cuba tienen diferentes puntos de vista sobre los derechos humanos. De hecho, a pesar de la reciente concesión del gobierno cubano que permitió que un puñado de ex presos políticos viajara fuera de la isla, la intolerancia de los Castro hacia la libertad de expresión y los derechos políticos y civiles no ha cambiado. A pesar de que el número de presos políticos en las cárceles cubanas se ha reducido a entre 40 y 60 (de más de 200 hace unos años), según la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, solo en enero más de 1.400 disidentes y activistas de derechos humanos fueron detenidos brevemente y 56 de ellos fueron sometidos a abusos físicos. El gobierno cubano tampoco le ha permitido al Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) visitar las cárceles del país, una condición supuestamente necesaria para la normalización de las relaciones.

El simple hecho de que un presidente visite un país no implica un sello de aprobación para la conducta de un gobierno; sin embargo, se puede utilizar para enviar una fuerte señal de solidaridad con los ciudadanos locales, en vez de un respaldo al gobierno receptor. Si se hace bien, por supuesto.

Si el presidente no utiliza el viaje como una oportunidad para hablar directamente con el pueblo cubano no solo será una oportunidad perdida, sino también una mancha en el legado en Cuba que tan desesperadamente quiere dejar. Eso no quiere decir que deba acosar en público o forzar concesiones específicas de parte del gobierno cubano, antes o después del viaje. De hecho, como diría cualquiera que haya trabajado con cubanos, tratar de hacerlo sería un completo error. Una de las cosas que el gobierno cubano más quiere obtener con este viaje es ser tratado con respeto, y después de décadas de insultos y conspiraciones ridículas para invadir su país por encargo, asesinar a su líder, sembrar el descontento, e incluso matar a ciudadanos cubanos inocentes (todos planeados por ex agentes de la CIA de Estados Unidos), se puede entender la importancia que le dan a ese respeto.

En lugar de sermonear en público a los funcionarios cubanos sobre la democracia, el presidente tiene que utilizar mensajes y gestos sutiles con ellos y, sobre todo, con el pueblo cubano que está ansioso por ver y potencialmente conocer no solo a un presidente de Estados Unidos, sino al primer presidente negro de Estados Unidos.

Estas son algunas recomendaciones o aspectos a tener en cuenta:

En primer lugar, hay una serie de talentosos y objetivos periodistas y medios de comunicación independientes en Cuba, incluyendo 14ymedio y los reporteros de CubaNet, los cuales no han sido reconocidos oficialmente por el gobierno cubano que tiene sus propios portavoces para su propaganda. La Casa Blanca debe darles las credenciales de periodistas a ambas organizaciones para que acompañen al presidente en sus viajes por la capital, e incluso debería concederles entrevistas exclusivas.

En segundo lugar, las paradas improvisadas y espontáneas de la caravana presidencial para mezclarse con los cubanos deben ser la norma (teniendo en cuenta los aspectos de seguridad). Tal como lo demostraron la reacción popular en la isla a los cambios ejecutivos del 17 de diciembre de 2014 y el número de camisetas de Obama vistas en las calles, el presidente sigue siendo muy popular en Cuba. Incluso Raúl Castro no pudo evitar elogiarlo en la Cumbre de las Américas celebrada en Panamá. Podría decirse que Obama es más estrella de rock en la isla que los viejos roqueros de los sesenta que van a dar un concierto gratuito en La Habana el 25 de marzo.

En tercer lugar, la Casa Blanca debe presionar para obtener lo mismo que el ex presidente Jimmy Carter obtuvo cuando visitó la isla en 2002: una oportunidad para que Obama hable en la televisión cubana, sin censura y directamente al pueblo cubano. Cuando el presidente Carter logró hacerlo, aprovechando la oportunidad de mencionar el Proyecto Varela del fallecido Oswaldo Payá –una campaña para llamar a un referéndum constitucional sobre el futuro de Cuba–, fue un momento muy significativo. Sería un hermoso y apropiado homenaje al valiente Payá, que más tarde murió en extrañas circunstancias.

Y sí, en silencio y a puerta cerrada, el presidente Obama debe presionar para que el gobierno cubano cumpla con su promesa de permitirles a observadores internacionales creíbles, como el CICR o el relator especial de la ONU para los Derechos Humanos, venir a Cuba a visitar las cárceles y evaluar la situación de los derechos humanos en el país. Hacerlo no solo ayudará a justificar el viaje de Obama, sino que también representará un gran paso en la reintegración del país al orden mundial.

El presidente Obama tiene una oportunidad histórica de hablar con el pueblo cubano sobre los valores compartidos y la visión de los cubanos y estadounidenses por igual, más allá de la ideología de la Guerra Fría y el antagonismo que nos ha dividido por más de medio siglo. Desde hace décadas, un gobierno cubano asediado e intolerante ha justificado su represión usando a Estados Unidos como el enemigo. Esta es la oportunidad de Obama para pasar la página de esa triste historia y demostrar que el futuro de Cuba lo deben decidir los cubanos.

 

*Profesor en la Universidad de Columbia, editor de www.LatinAmericaGoesGlobal.org y director de Global Americans