• Caracas (Venezuela)

César Tinoco

Al instante

De espíritu a becerro

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Fue por allá por julio de 2011, cuando supimos que a Hugo Chávez le dio por leer Así hablo Zaratustra. Un libro para todos y para nadie, escrito por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche entre 1883 y 1885.

En el libro, Zaratustra dedica un espacio a la problemática de la libertad individual y menciona las tres transformaciones por las que pasa el espíritu humano: el espíritu se convierte en camello, luego el camello en león y, finalmente, el león en niño.

Si Zaratustra hubiera bajado desde el cerro Ávila por estos días, con base en la mera observación de lo que sucede en Venezuela, hubiera escrito algo diferente sobre el espíritu humano y cómo, en algunos casos y sin la intervención de Kafka, el espíritu extraviado se convierte directamente no en camello, ni en león, ni en niño, ni siquiera en cucaracha, sino en becerro.

El honorable lector pudiera pensar que me refiero a ese alguien que conocemos de sobra y que se autodenomina muy orgullosamente así tal cual: “el Becerro”. Sin embargo, no me refiero a tal personaje. Este artículo gira en torno a Bernardo Álvarez, el embajador de Venezuela ante la Organización de Estados Americanos (OEA).

Para desarrollar mi tesis de la conversión espiritual en el caso del embajador, debo hacer primero un breve listado “no-exhaustivo” de las misiones diplomáticas acreditadas en Venezuela, todas con sede en la destrozada ciudad de Caracas cuyo jefe de gobierno nadie conoce e incluso se duda de su existencia y cuyo período debe estar por concluir pues sus dos antecesores inmediatos tan solo duraron, también sin hacer nada, siete meses cada uno, de allí el mote con que son conocidos: “los sietemesinos”.

Tales misiones son: Alemania, Argentina, Argelia, Australia, Austria, Bélgica, Brasil, Bulgaria, Canadá, Chile, República Popular China, Colombia, Comisión Europea, Corea, Costa Rica, Cuba, Dinamarca, El Salvador, Ecuador, Egipto, España, Kuwait, Finlandia, Francia, Guatemala, Grenada, Haití, Holanda, Honduras, India, Indonesia, Irlanda del Norte, Irak, Israel, Italia, Japón, Líbano, Libia, Estados Unidos de América, Malta, Marruecos, México, Nigeria, Noruega, Panamá, Paraguay, Perú, Polonia, Portugal, Reino Unido de Gran Bretaña, República Dominicana, República Árabe Saharaui, República Checa, Rumania, Rusia, Siria, Sudáfrica, Suecia, Suiza, Surinam, Taiwán, Trinidad y Tobago, Turquía, Uruguay, Vaticano y Yugoslavia.

¿Qué tiene que ver el listado anterior con Bernardo Álvarez?

Pues está relacionado con los sucesos que tuvieron lugar en días pasados en el seno de la OEA, donde el embajador Álvarez argumentó en contra de la existencia de una crisis humanitaria en Venezuela.

El fino arte, no de la diplomacia sino de la educación, les impide a todos los miembros integrantes de las misiones diplomáticas presentes en la ciudad responderle con un: “Y usted señor embajador, ¿cree en verdad que no transitamos ni hacemos mercado en Caracas?, ¿que no estamos experimentando, al igual que los ciudadanos venezolanos, los éxitos del socialismo del siglo XXI, a saber, la alta tasa de homicidio intencional, la recesión económica, la inflación, la escasez de medicinas y alimentos, los racionamientos de agua y electricidad y la anarquía?”.

El caso es que todos los días, en Caracas, el personal de estas misiones diplomáticas también tiene que lidiar con los éxitos mencionados, todos hijos de Hugo Chávez y de sus decadentes herederos.

Respetados lectores, no deja de ser asombroso que Bernardo Álvarez tenga el infeliz tupé de decirles allá en la OEA, a los homólogos de los que aquí viven y trabajan, en sus propias caras, que no hay crisis humanitaria en Venezuela.

Ante los ojos de sus propios compañeros diplomáticos Bernardo Álvarez desdice su hoja de vida. No me cabe duda, es otro espíritu transformado.