• Caracas (Venezuela)

César Tinoco

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Gerencia obrero-militar

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Díganle a Nicolás que su idea, como todas las que se le ocurren, es mala: la participación de obreros y sindicalistas en juntas directivas no tiene vida.

Al menos así lo demostraron, hace ya 25 años, Tove Hammer, Steven Curral y Robert Stern, profesores de la materia Comportamiento Organizacional en la Universidad de Cornell, en su trabajo titulado “Representación de trabajadores en juntas de directores: un estudio de roles rivalizantes”. El mismo fue publicado en la revista Industrial and Labor Relations Review en 1991 (Vol. 44, No. 4, julio).

Los autores mencionados desarrollaron un modelo de comportamiento del trabajador en las juntas directivas, con definición de roles y competencias, a fin de demostrar cómo la resistencia de gerentes y directores convencionales a la participación de trabajadores la hacen inefectiva probado que otras estructuras de participación no existan.

Hammer, Curral y Stern demostraron que el concepto del papel de director es radicalmente diferente entre gerentes corporativos y trabajadores: mientras que los gerentes y directores convencionales enfatizan en la fluidez comunicacional (o la explicación y entendimiento de las decisiones tomadas) desde la junta directiva al resto de los empleados, los directores-trabajadores (o directores-obreros en nuestro caso) enfatizan en la protección de los trabajadores, subordinando todas las decisiones a tal aspecto.

El caso venezolano tiene una peculiaridad: las empresas públicas y estatales tienen directivas integradas por militares y, tal como lo reportó El Nacional, los trabajadores rechazan la presencia de militares en las directivas por su gestión ineficiente en la gerencia y administración de los recursos y por sus relaciones conflictivas con la masa laboral (Ana Díaz, “Exigen la salida de militares de las empresas del Estado”, 19 de abril de 2016).

Hay una incompatibilidad evidente entre el denominado “control obrero” y el control  militar: el primero, en su papel protector del trabajador, aboga en favor de convenciones colectivas la más de las veces insostenibles desde la perspectiva financiera; mientras que los segundos son los garantes de la lealtad al “proceso” y el control de la empresa por parte del Estado, pero con inexistente eficiencia administrativa, cuya manifestación principal es su incapacidad de liderazgo, incapacidad que le imposibilita alinear los bien diversos intereses que conducen a que, como mínimo, los costos y gastos sean cubiertos por los ingresos generados. He aquí uno de los mitos: el hecho de que sean militares no significa que sean líderes.

Un ejemplo patético de las dos uniones, la “obrero-cívica” y la “obrero-militar”, en las juntas directivas de empresas estatales lo tenemos en Sidor. En el año 2007 produjo 4,3 millones de toneladas de acero. Luego de estatizada por Hugo Chávez en 2008, fue produciendo cada vez menos hasta alcanzar en el año 2015 una producción de tan solo 1 millón de toneladas. Sin embargo, ya para el año 2011 su utilidad en operaciones era negativa. Por cierto, el caso Sidor, así como el caso de otras 15 empresas estatales, y el resultado de la gestión depredadora socialista, ha sido muy bien estudiado. Allí tenemos por ejemplo la publicación Gestión en rojo realizada por Anabella Abadi y Bárbara Lira bajo la coordinación de Richard Obuchi (Ediciones IESA, 2010).

El caso es que entre los años de 2004 y 2007 la capacidad utilizada de Sidor promedió 86%. Ya para el año 2014, con militares en su junta directiva, la capacidad utilizada se redujo a 21% (ambas cifras obtenidas de la Memoria y Cuenta del Ministerio de Industrias).

“Liderazgo es alcanzar más de lo que la ciencia administrativa indica que es posible alcanzar”. Sí, lo dijo un militar, pero uno con capacidades sobresalientes de liderazgo: Colin Powell.