• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

El tiempo y los procesos políticos

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Los venezolanos vivimos, desde finales del siglo XX, una convulsionada vida política, económica y social.

La turbulencia política ha sido una constante en nuestra historia. El siglo XIX fue el siglo de las guerras. El XX el de las dictaduras, pero también el de más larga paz y el de la instauración democrática. Luego de más de 30 años de civilismo y estabilidad, en 1989 se inicia otro periodo de inestabilidad y radicalismo.

El arribo al poder del militarismo neomarxista, en 1999, con la etiqueta de la “revolución bolivariana”, trajo consigo un proceso de instauración de una autocracia que ha logrado controlar no solo todo el poder político del Estado, sino el quehacer humano de nuestra sociedad.

Establecer ese control político y social ha sido el resultado de una cultura profundamente antidemocrática, de una coyuntura de bonanza económica, y de un espacio de tiempo para avanzar en su consolidación.

Su desmontaje va a requerir de una cultura democrática, del final de la bonanza económica, pero también de un espacio en el tiempo.

El factor tiempo es fundamental en los procesos políticos. Mucho se ha escrito y hablado de la cultura democrática y de la agenda económica en el marco de la actual situación nacional. Poco se ha reflexionado en torno al factor tiempo.

Los procesos políticos y sociales no son fruto de un instante. Ellos son el resultado de una dinámica que se desarrolla de manera progresiva, con mayor o menor aceleración en el seno de cada sociedad concreta.

No hay duda de que una situación de avance o regresión del progreso de una sociedad  requiere de una dirección acertada o equivocada, de un nivel cultural del cuerpo social y de un proceso de maduración que solo el tiempo concede.

La dictadura del siglo XXI, establecida por Hugo Chávez, la destrucción de la economía y de la paz social que hoy vivimos en Venezuela no se dio de manera automática. Fue un proceso que tomó tiempo.

Desmontar la misma, vale decir, instaurar un Estado de Derecho, restablecer la paz social e impulsar el crecimiento económico para lograr justicia y equidad social también requiere de tiempo y de maduración en el cuerpo social.

Estoy persuadido de que para producir un cambio, y lograr la modernidad, era necesario que el conjunto de nuestra sociedad pudiese internalizar, con la realidad por delante, el estruendoso fracaso del “socialismo del siglo XXI”.

Es muy frecuente encontrar ciudadanos que por sus valores y conocimientos entendieron temprano el daño que este modelo nos iba a producir. Otros en cambio, lamentablemente mayoritario por largo tiempo, no lo percibieron, o por sus valores, no lo aceptaban. Hoy la cruda realidad no les deja otra opción que aceptar su fracaso y buscar una solución.

Esta variable del tiempo ha estado ausente en muchos actores políticos. Han querido producir el cambio sin que él haya calado profundamente en el cuerpo social, o han utilizado métodos que ese cuerpo ha rechazado.

Imaginemos que en abril de 2013 hubiésemos concretado la elección de Henrique Capriles como presidente de la República. Ese proceso electoral nos mostró un país dividido en dos partes casi iguales.

Un gobierno democrático instaurado con el voto favorable de apenas la mitad de la sociedad, con la crisis actual aún en desarrollo, pero sin mostrar todas las facetas de su profundidad y gravedad. Un gobierno responsable está y estaba en el deber de corregir las causas de la crisis, y restablecer los desequilibrios que la han producido. No solo la mitad que no nos respaldó, sino una parte importante de la que nos votó, no hubiesen comprendido en ese momento los correctivos que han debido aplicarse. Se hubiese producido una fuerte reacción política y social, y la estabilidad de dicho gobierno y el de la sociedad  hubiese estado altamente comprometida.

Nuestro pueblo, mayoritariamente, no había sentido de manera directa los efectos nocivos del populismo, del rentismo, del estatismo y del autoritarismo.

La crisis les estalló en la cara a quienes la incubaron y la desarrollaron. Era justo que su dramática aparición en la escena le tocase a sus mentores. Así, entonces, podrá la sociedad democrática trabajar en la reconstrucción nacional con una capacidad de compresión más amplia en el seno de nuestra sociedad.

De modo que el tiempo del cambio aún no había llegado. Se requería de un espacio mayor en el calendario, y del acompañamiento de realidades más contundentes, que permitiesen a sectores importantes de nuestro pueblo sumarse a la voluntad de cambio que hemos animado desde el nacimiento de este modelo.

El tiempo, el método, la madurez de la sociedad y de su liderazgo, la creatividad, la ética y la fuerza vital de los ciudadanos son factores determinantes para producir un cambio positivo en la vida de una nación. Nuestro pueblo, nuestra Venezuela lo requiere. Está llegando ese tiempo. Dios quiera que no lo desaprovechemos.