• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

La soberbia soledad del poder

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Los pocos días trascurridos en este año 2016 siguen mostrando en toda su

dimensión la ignorancia, la soberbia y la vulgaridad que caracteriza a la mal

llamada “revolución bolivariana”.

La cúpula del militarismo rojo no termina de entender el mensaje enviado por

el pueblo venezolano el pasado 6 de diciembre de 2015, cuando de manera

masiva concurrimos a las urnas de votación y decidimos iniciar el cambio del

fracasado modelo socialista hacia una democracia moderna y productiva.

Los actores políticos del régimen siguen comportándose con la misma

soberbia con la que han actuado en estos largos tres lustros de su autocracia.

Esa soberbia, fruto de su ignorancia y de su inmoralidad, los lleva a

comportarse de forma altisonante, pretendiendo seguirle imponiendo a la

sociedad los mitos del culto a la personalidad, de su infalibilidad y de su

eterno apego al poder.

Les ha faltado a la legión de burócratas, “utilites” en el gabinete y en la

Asamblea Nacional, un rato de ministros y otro de diputados, una dosis de

humildad republicana para comprender un valor esencial de la democracia: la

alternabilidad. Estos funestos personajes no pueden entender cómo es que

ahora ya no son mayoría, cómo es que ahora corresponde a otros ciudadanos

investidos de la representación popular tomar las decisiones. Ellos creen que

tienen asignada de por vida la tarea de la conducción de todos los asuntos

públicos, y que más nadie fuera de su círculo puede osar hablar y representar

la voluntad ciudadana. Siguen autoerigiéndose en la única y exclusiva

expresión del pueblo. Hablan de ese pueblo como si la mayoría de los

venezolanos no hubiese decidido retirarles el apoyo. Definitivamente, estamos

frente a una excesiva patología del poder, que solo se ha apreciado en la

clásica conducta de los despotismos latinoamericanos y mundiales. Bien les

caería a estos personajes de la cúpula roja leerse un par de obras que muestran

de manera inocultable hasta dónde es capaz de llegar un paciente afectado por

esa dramática enfermedad del poder obsesivo e infinito. El otoño del patriarca

y La fiesta del Chivo, de dos laureados escritores latinoamericanos, el gran

Gabo, Gabriel García Márquez, y Mario Vargas Llosa. Ambas obras muestran

cómo la soberbia y la ignorancia fabrican un coctel letal, que no solo arrasa a

los autócratas y sus entornos, sino cómo atrasan y arruinan a los pueblos que

lo sufren. Pero lo que más reflejan esas obras clásicas del autoritarismo

continental es la espantosa soledad del poder omnímodo. En esa fase de su

proceso decadente está Nicolás Maduro en estos comienzos del año. Una

soledad absoluta y una soberbia ignorante que lo lleva a cometer cada día

mayores desatinos en su tarea de jefe de Estado y de gobierno.

La soberbia soledad del poder que hoy acompaña a Mauro, Diosdado y demás

integrantes de la cúpula roja reflejan  su indiferencia frente a los grandes y

graves problemas que estamos padeciendo los venezolanos. A ellos solo les

interesa el poder por el poder mismo. Les preocupa inmensamente que no les

afecten la fraudulenta conformación hecha de los poderes públicos. Se resisten

a que la nueva mayoría del parlamento ejerza sus funciones y revise los actos

violatorios de la Constitución que ellos forjaron con una mayoría simple. Les

perturba la mayoría calificada que la MUD obtuvo en la Asamblea, y no

guardan ninguna forma, y por el contrario violan preceptos básicos del orden

jurídico, usando la Sala Electoral el Tribunal Supremo de Justicia como

burladero a su crasa ignorancia y a su obsesivo apego al poder.

A Maduro para nada le preocupan las colas, la escasez, la destrucción de

nuestro signo monetario, los salarios miserables, la falta de medicamentos, la

ruina y pobreza de nuestros hospitales, el baño diario de sangre producido por

el hampa desbordada. A él solo le interesa controlar todas las instancias del

poder. Por ello se detiene a seguir aferrado al fetichismo caudillista, a perder

el tiempo en discursos cursis de afecto filial y de patrioterismo vacío.

Tal comportamiento es percibido no solo por quienes desde el primer

momento entendimos la naturaleza del militarismo que se instaló en el poder

desde 1999, y desde entonces lo hemos denunciado y combatido. También lo

entienden quienes formados en una cosmovisión del materialismo dialéctico, o

desde los nacionalismo decimonónicos, creyeron que el “socialismo del siglo

XXI” era algo verdad nuevo y positivo. Los hechos, que son más elocuentes

que cualquier discurso, han demostrado hasta la saciedad su fracaso. Por esa

razón la cúpula roja se ha ido quedando sola. Acompañada por los más

ignorantes y por los que, debido a sus oscuros y delictivos comportamientos,

no tienen otro camino que aferrarse a ella, hasta su definitiva claudicación.

Eso explica la ausencia de personalidades de reconocida solvencia política,

intelectual y ética en el nuevo gabinete anunciado por Nicolás Maduro. La

mayoría de los nuevos ministros son personaje de escaso brillo y, salvo

honrosas excepciones, podrían entrar en la categoría de las “personalidades

tapa amarilla”, que se buscan y aceptan porque ya más nadie que se valore

desea formar parte de un gobierno moribundo y desprestigiado como el que

hoy tenemos.

Si algún hecho demuestra la soberbia soledad del poder es el  “nuevo”

gabinete del presidente Maduro. El camino al fondo del abismo sigue

recorriéndose a velocidad inusitada. Nos corresponde a todos hacer lo posible

para que en su caída no perezcamos. Venezuela merece un destino mejor, y es

un deber de todos trabajar para lograrlo.