• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

El rostro inocultable del populismo

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La hora presente de Venezuela nos muestra en toda su dimensión el destino de los pueblos que han sido víctimas del populismo corrupto e ineficiente.

La pobreza y la violencia terminan siendo el verdadero rostro del populismo, de la política que no se edifica con el trabajo, la educación, la disciplina y el respeto a las reglas básicas de la convivencia humana.

El rostro inicial de alegría, de esperanza, de falsa justicia social, de igualdad, con el que el populismo socialista comienza sus pasos, para captar simpatías y respaldos, termina abriendo paso a una cruda situación que dicha fórmula produce.

Ya lo dice el evangelio: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Dicha expresión nos enseña que los bienes necesarios para una vida digna se deben obtener con el esfuerzo personal y colectivo del ser humano.

Durante casi un siglo se ha instaurado en la conciencia de nuestro pueblo la idea de que somos un país rico, y que el Estado debe entregarnos sin costo alguno una serie de bienes y servicios, por nuestra condición de ciudadanos.

El socialismo del siglo XXI profundizó esa creencia, antes que promover una sociedad productiva, terminó instaurando una sociedad parasitaria, y creó las condiciones para favorecer, en nombre de los pobres y de la soberanía nacional, un saqueo de nuestra riqueza, y una destrucción de nuestra limitada economía no petrolera.

El resultado lo tenemos a la vista: la inflación más dramática del continente, el sometimiento de la población a unas carencias inaceptables en pleno siglo XXI, puestas de manifiesto en largas colas para acceder a alimentos y medicinas. La escasez de equipos y repuestos para trabajar y producir, y la instauración de un régimen militarista y policiaco, que hostiga al que trabaja y produce, y a quien le cuestiona su anacrónico modelo.

Hoy cuando apreciamos la ruina de nuestra nación, también podemos apreciar el rostro que dicha crisis está produciendo. Es el rostro de la muerte y el sufrimiento humano.

La opacidad del régimen nos impide cuantificar el número de seres humanos que está muriendo en los hospitales, centros de salud y hogares por la carencia de insumos médicos y por el deterioro de equipos con los cuales atender a miles de pacientes afectados por diversas patologías. Diariamente recibimos noticias de la muerte de niños recién nacidos en los hospitales por falta de medicamentos, o de hombres y mujeres que no pueden acceder a terapias para el tratamiento de enfermedades como el cáncer, porque los equipos se han dañado y pasan meses y años sin ser reparados. La ausencia de una amplia gama de medicamentos para patologías crónicas como hipertensión y diabetes, y de materiales elementales, como solución fisiológica, no ya en los centros dispensadores de salud, sino en las farmacias del país, está generando crisis de salud y muertes no cuantificadas.

El otro rostro que el populismo socialista nos está dejando, y que aún no podemos cuantificar, es la desnutrición y la mala alimentación. La caída brutal del ingreso familiar, por los salarios miserables de la revolución bolivariana, más la gran escasez de alimentos fundamentales, está generando una hambruna en el país.

Son millones los seres humanos que no están comiendo en las diversas regiones. Hay familias que no pueden ingerir proteínas. Por intermedio de organismos privados, como las organizaciones de productores, estamos recibiendo información de la dramática caída del consumo de proteínas, frutas y hortalizas.

Ha disminuido el consumo per cápita de leche y carne. El efecto nocivo que sobre la salud de la población genera esta situación lo vamos a percibir especialmente en los niños, con el surgimiento de un conjunto de enfermedades.

En otro contexto, pero siempre impactado por el modelo político y económico dominante, surge el rostro de la muerte de importantes contingentes humanos, como resultado de la violencia criminal. El castro-chavismo gobernante se ha mostrado indiferente frente al baño de sangre que sufre el pueblo venezolano.

La impunidad frente al crimen, la justificación política, presentada de manera abierta en varias ocasiones, ante el desbordamiento de la violencia y del delito, han producido un crecimiento exponencial de muerte y desolación, que han convertido a nuestro país en la nación con mayor violencia delictiva en todo el continente americano.

La rancherización del país, el deterioro  de la infraestructura vial, de comunicaciones y de servicios es cada día más evidente. Nuestras ciudades lucen sucias, oscuras, deterioradas. Pareciera que una bomba las impactó. Es el rostro de una crisis que la propaganda no puede ocultar, que la retórica no puede justificar. El rostro inocultable del populismo.

De esa cruda realidad debemos aprender los venezolanos. Asumir que la política democrática, debe ser responsable, promotora y respetuosa de la iniciativa privada y de la libertad. Trabajar desde las instituciones (vale decir, partidos políticos, universidades, gremios, empresas) políticas capaces de impulsar la educación, la inversión, y el desarrollo.

Que no se nos olvide esos rostros, hoy presentes ante nosotros.