• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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César Pérez Vivas

La palabra envenenada

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En la medida en que la crisis hace mayores estragos en el cuerpo de nuestra sufrida nación, más agresivos e irracionales se comportan los integrantes de la cúpula roja. Cuando la manipulación, la mentira y la propaganda no surten los efectos de esconder la realidad, entonces la represión salta como la respuesta inmediata para tratar de detener la avalancha de descontento e indignación que emana del corazón de un pueblo maltratado y humillado.

El instrumento por excelencia para abrir un proceso represivo es la palabra. La palabra envenenada por el odio y por la mentira.

Desde el discurso agresivo se justifica o esconde toda represión, y toda la perversidad de que el ser humano es capaz.

Así ocurrió con el horror de los autoritarismos clásicos del siglo XX.

El chavismo ha sido maestro en el uso de un discurso disolvente, promotor del odio social y generador de una profunda división en nuestro cuerpo social. Los encendidos discursos del difunto comandante Chávez registran un largo repertorio de expresiones intolerantes, de ofensa a sus adversarios y de uso inadecuado de la palabra.

Nicolás Maduro ha seguido su escuela, y viene cargando con su encendido verbo el clima de convivencia de nuestro país.

El brutal crimen cometido contra el joven diputado oficialista Robert Serra ha sido su más reciente incursión en el uso de la palabra envenenada.

Sin que se haya desarrollado a plenitud la investigación, sin que los órganos de policía presenten un informe razonable, convincente, Maduro convierte ese abominable crimen en un hecho político y se lo imputa a la oposición democrática.

Cuando un jefe de Estado y de gobierno actúa con tamaña irresponsabilidad, un país está condenado a males mayores. Maduro no solo acusa en general a la oposición sin mostrar prueba alguna, sino que además desprecia los sentimientos de repudio que en todos nosotros, como seres humanas, como cristianos y como ciudadanos civilizados, este crimen ha producido, sino que lanza al vocero de la MUD una carga discursiva de odio, hasta el punto de calificarlo de “basura”.  

La palabra envenenada se lanza para asesinar moralmente a quien no comparte un modelo político, a quien ejerce el legítimo derecho a la disidencia. Pero en una circunstancia como la que vivimos, y ante un crimen tan abominable, esa palabra envenenada comporta una instrucción que va más allá del asesinato moral. Es la antesala a la eliminación física. Con esa carga, sobra quien crea de verdad que ese crimen es obra de un sector político opositor, y con ello se sientan autorizados a devolver la misma en otra humanidad. Vale decir, esa palabra envenenada es un mandato de venganza.

Y Maduro transita irresponsablemente ese camino, no solo sin mostrar un elemento de convicción, sino descartando una serie de hipótesis que por la misma naturaleza y forma de los hechos deben ser estudiados hasta llegar a la verdad. ¿Por qué en hora tan temprana se lanza esa palabra? ¿Por qué de entrada se busca incriminar a la oposición en general?

Puede uno presumir que el gobierno busca esconder la verdad. Lo conocido en las alturas del poder es de tal gravedad que es pertinente distraer la opinión pública para no mostrar la realidad subyacente en tan abominable crimen. Es esa una característica de los autoritarismos. Bien lo señala Primo Levi, en su libro Si esto es un hombre (páginas 99 y 100): “En un Estado autoritario (...) La verdad es solo una, proclamada desde arriba; los diarios son todos iguales, todos repiten esta única idéntica verdad; así también las radios…”. Y más adelante agrega: “En un Estado autoritario se considera lícito alterar la verdad, reescribir retrospectivamente la historia, distorsionar las noticias, suprimir las verdades, agregar falsas: la propaganda sustituye la información”.

En esa dirección anda la cúpula roja. Lanza una campaña siniestra contra la alternativa democrática suprimiendo la verdad, distorsionando la noticia. No informa, no muestra elementos de convicción. Solo hace propaganda sucia, baja, abyecta. La propaganda típica de toda autocracia que esconde su podredumbre acusando de la misma a quienes tienen el coraje de enfrentarla y denunciarla.

No es la primera vez que frente a un crimen en la humanidad de una persona vinculada a la cúpula gobernante se lanzan estas campañas. De esa manera, el país no ha podido conocer la verdad de lo ocurrido. Así pasó en los crímenes contra Danilo Anderson y Eliécer Otaiza.

Con esa palabra envenenada será bien difícil conocer la verdad.