• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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La nueva versión de casas muertas

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En 1955, Miguel Otero Silva, insigne escritor venezolano, escribió su novela: Casas muertas. En ella nos describió la imagen dantesca de desolación y pobreza que dejo en los llanos venezolanos, la malaria, el paludismo y el éxodo hacia el mito del oro negro.

Don Miguel, con una prosa ligera y de denuncia,  plasmó en el papel el estado de deterioro que generan las enfermedades, y sobre todo la falta de oportunidades para el crecimiento  económico, lo cual condena a la pobreza a importantes contingentes humanos. Tal circunstancia hace que las personas  emigren a otras regiones, donde el creciente desarrollo de la industria petrolera, ofrece oportunidades de trabajo, y por lo tanto de mejora de sus condiciones de vida.

En estos días he visitado, con ocasión de la campaña parlamentaria, las ciudades fronterizas  de San Antonio  del Táchira  y Ureña, conurbaciones urbanas surgidas a la luz del intercambio humano entre las repúblicas de Venezuela y Colombia. Como todo intercambio humano, su esencia se centra en el quehacer del hombre, que tiene más allá de su propia existencia, en la actividad económica la base fundamental sobre la cual crea familia, funda su asentamiento, desarrolla cultura, vida social, religiosa, deportiva y creativa.

Luego del absurdo e infausto cierre de frontera, ordenado por el Presidente Mauro el 19 de Agosto de 2015, y habiendo transcurrido ya tres meses de tan arbitraria medida, aquellos pueblos me trajo de inmediato a la memoria la novela cumbre de Miguel Otero Silva.

En efecto San Antonio del Táchira y Ureña parecen la nueva versión, la versión siglo XXI, de las Casa Muertas, que nos describió Miguel Otero Silva.

Aquellos pueblos crecidos al calor del intercambio humano de Venezuela y Colombia, alimentados diariamente con la fuerza de trabajo que proviene del vecino país, estimulado por el esfuerzo de venezolanos que ejercen a diario soberanía en esa franja fronteriza, permitió crear no solo un asentamiento humano de importantes dimensiones por su cuantía y valía espiritual y cultural, sino también un parque industrial y cultural de espectacular significado en el campo del comercio y de la industria de ambos países.

Más de tres millones de seres humanos forman parte de la base poblacional de la conurbación, forjada en la estribación más amplia de la cordillera de los andes, desde su nacimiento en la Patagonia chilena, hasta su final en predios de nuestro Estado Lara.

Tres millones de personas, para quienes la línea fronteriza es solo un hecho político, pero no un obstáculo real para vivir, trabajar, crear, crecer y morir.

El brutal cierre fronterizo impuesto por el militarismo marxista venezolano, estimulado por una motivación electoral, con la cual buscar una justificación a su desastrosa política económica, ha traído como consecuencia un decaimiento brutal de ese intercambio, y por ende de la vida en esas ciudades fronterizas.

Caminar por las calles de San Antonio y Ureña en aquellos tiempos de auge del intercambio comercial, bajo los auspicios de la Comunidad Andina de Naciones, era asistir a una región pujante, donde la actividad cotidiana era un febril quehacer desplegado para producir, comerciar y transportar a dos grandes países un conjunto de bienes y servicios de especial valía y significación. No en vano, ese intercambio llegó a registrar más de los 7 mil millones de dólares, lo cual habla del vigor de una economía que prometía un desarrollo estable y capaz de hacer posible una vida de calidad, para quienes habían seleccionado esta franja fronteriza como su hogar.

Una política ideologizada, dogmática, enfermiza y polarizarte fue reduciendo de manera creciente ese intercambio, hasta que culminó en el cierre de los ya colapsados pasos de frontera, representado en los puentes, que permiten superar el accidente geográfico del río Táchira.

Al no poder, las personas, dedicarse libremente a la actividad económica de su preferencia, derecho humano consagrado en las constituciones venezolanas desde la fundacional de 1811, han obligado a mucha gente a migrar a otros destinos donde conseguir el sustento de su familia, dejando cerradas sus casas, para ofrecernos la versión moderna de las Casas Muertas.

Tres meses de ignominia, arbitrariedad y fanatismo  han sido suficientes para que importantes y modestos establecimientos  de todo tipo cierren sus puertas, se incremente de manera dramática el desempleo,  y muchas familias entren en la pobreza crítica, como consecuencia generada por la primitiva medida de impedir lo que es un hecho natural e histórico, el libre tránsito entre dos países.

Los males que buscaban remediar, no solo es que continúan, ahora con mayor desparpajo e impunidad, sino que han creado males mayores, como los que se derivan de una parálisis global de la economía fronteriza, el abandono de dichos pueblos, la desolación  que los acompaña, y la ola de hambre que se cierne sobre sus habitantes fieles.

Una versión socialista, bolivariana, revolucionaria de las Casas Muertas de Otero Silva. Esta visión nos obliga a luchar para revertir ese proceso destructivo, y volver a hacer de nuestra frontera una región de progreso y bienestar, capaz de superar las dificultades que le han aquejado en su historia reciente.