• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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La inmoral tozudez de un régimen

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Cuando los pueblos son conducidos al abismo del autoritarismo se abre el camino a la desesperanza, a la ruina y a la muerte. Los autoritarismos han sido históricamente regímenes inflexibles, tozudos e inmorales.

Para los autoritarismos, lo importante es la retención del poder al precio que sea. Para ellos no hay reglas ni jurídicas ni éticas. El fin justifica cualquier medio, con tal de aplastar, desmoralizar y descalificar toda disidencia.

En Venezuela tenemos un neoautoritarismo. O dicho desde la perspectiva de su discurso, un “autoritarismo del siglo XXI”. Proclaman a los cuatro vientos, que son una “democracia participativa y protagónica”, tratan de mostrar formas democráticas, pero en la sustancia revelan con toda nitidez su rostro antidemocrático.

El régimen venezolano quiere sembrar la frustración y la desesperanza en la mayoría nacional que rechaza este sistema de opresión y miseria. Muchos de nuestros compatriotas, desesperados y angustiados, son tentados a caer en la táctica y en la estrategia de quienes gobiernan. Ellos desean que nos salgamos de la ruta electoral y democrática, que pisemos el peine de la violencia o de las soluciones inmediatas y globales. Por ello lanzan medidas radicales en la misma dirección transitada. No trabajan para oír a la sociedad, para rectificar y buscar el consenso social y político.

Ello explica el empeño en utilizar la justicia como garrote político, en criminalizar a comunidades enteras, y convertirlas en centro de la agresión verbal y física.

En pocos días hemos visto cómo los personajes de la cúpula gobernante han querido responsabilizar de su desastroso manejo de la economía a humildes pobladores de la frontera, contra quienes han descargado la furia de su rencor acumulado y los han señalado de manera global de “bachaqueros”, “contrabandistas” y “paramilitares”.

Los hemos oído evadir su responsabilidad en el baño de sangre que sufre nuestro pueblo, fruto de la piratería en el manejo de las políticas públicas, pero, sobre todo, por la temeraria impunidad que han tenido con el mundo de la delincuencia, a quienes han convertido en punta de lanza del hostigamiento contra nuestro pueblo trabajador, que disiente de las formas y modos de gobernar de los “socialistas del siglo XXI”.

Hemos, igualmente, asistido a la infame sentencia contra Leopoldo López y unos jóvenes estudiantes por ejercer su derecho a la libertad de expresión y de manifestación.

Todo ese cuadro busca minar la esperanza de un pueblo para conseguir un cambio. Busca inmovilizar a nuestra sociedad desarrollando un clima de miedo, autocensura y temor en la acción de rechazo frente a la ignominia.

No podemos desconocer los efectos que estas perversas políticas, aconsejadas desde el centro del terror caribeño de La Habana, producen en el tejido social y político.

En estos días he apreciado a actores sociales y políticos impactados por esta ruda forma de actuar. No podemos subestimar a quienes conducen esta inmoral y tozuda política de agresión. Ciertamente, ella no les agrega apoyo popular, pero sí les produce un efecto desmovilizador, paralizante, intimidador. Si a ello le agregamos el largo listado de tácticas políticas lanzadas para el proceso electoral de diciembre, debemos concluir que no debemos caer en triunfalismos porque las encuestas nos predigan un resultado favorecedor.

Nos corresponde salirle al paso a esa estrategia, y a esas tácticas, y alertar sobre los objetivos que la autocracia persigue. Nos corresponde sacudir la conciencia ciudadana para persistir en la línea de la lucha pacífica y democrática.

Se trata de mantener la firmeza en esa ruta. No se trata de ser blandengue o colaboracionista con el régimen, como algunos pregonan. Se trata de ser firmes en la vía correcta porque ella le genera desesperación a la barbarie roja, y los lleva a seguir buscando desesperadamente mayores niveles de hostigamiento, para ver si la sociedad democrática se sale del carril, y les ofrece la excusa para lanzar la estocada final contra todo espacio o ventana residual de libertad y lucha democrática.

Esta tarea supone apertura, humildad y flexibilidad de la alternativa democrática. Aún hay tiempo de mejorar la oferta electoral que se ha presentado. Aún hay tiempo de dialogar y amalgamar mejor las fuerzas del cambio. Nuestra sociedad democrática no puede dejarse impregnar de los fétidos olores que emanan de la cúpula gobernante. No puede ser inflexible o tozuda. No puede ser tocada por ambiciones subalternas. Es menester recordar que “la avaricia rompe el saco”, y más importante que cualquiera de nuestros partidos es la urgente necesidad que tiene nuestro país de encauzar todas las fuerzas disidentes del modelo castro-chavista, y de mantener firme nuestra voluntad de conducir por el camino de la paz y de los votos, el verdadero cambio que nuestro pueblo requiere.

Un cambio para construir una democracia moderna, un país productivo, una sociedad justa y equitativa.

Para lograrlo es necesario superar esta hora de intolerancia, tozudez y violencia verbal y física.