• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

El hecho político en la esencia de la crisis

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Cuando los analistas se acercan al estudio y comprensión de la crisis venezolana, colocan en primer plano lo económico y social. Lo que salta a primera vista por su protuberancia es, sin lugar a dudas, la hambruna que padece nuestro pueblo, y las carencias en el sistema de salud, que hacen escandalosa la multiplicidad de padecimientos a que está sometida la población. Ciertamente el caos de nuestro país es económico, es social, pero fundamentalmente es político.

Quienes tratan de liberar al régimen, a sus conductores y voceros de responsabilidades buscan explicar la tragedia como un hecho derivado de la caída de los precios del petróleo, de la naturaleza rentista de nuestra economía. Algunos voceros, más alineados a los absurdos libretos de la propaganda y del discurso oficial, llegan a justificar la crisis, por la acción de agentes externos interesados en socavar las bases de sustentación política de la llamada “revolución bolivariana”. Hasta hablan en escenarios políticos y académicos de “guerra económica”, como si no hubiese capacidad para entender el monumental fracaso del socialismo del siglo XXI.

Ciertamente la caída de los precios del petróleo, y la tradicional dependencia de nuestra economía del oro negro, impactan de manera negativa los ingresos del fisco nacional, y ello sin lugar a dudas afecta en su conjunto a una economía rentista como la nuestra.

Solo que nuestra catástrofe económica y social es de mayor alcance que la recurrente movilidad de los precios del crudo en el mercado internacional.

Nuestra crisis ciertamente es económica y social, pero es fundamentalmente una crisis política. En la base de toda la conmoción social venezolana está presente la errática conducta autoritaria y soberbia de un sector de nuestra sociedad, promotora de un modelo de gestión del Estado alejado de los parámetros de la democracia y de la modernidad.

La aplicación del modelo neomarxista, que Hugo Chávez impulsó bajo el pomposo nombre del socialismo del siglo XXI, terminó siendo una copia mala del tradicional socialismo científico, es decir, aquel que impone una dictadura y controla toda la economía, hasta destruirla y hacerla ineficiente.

Este modelo decimonónico, probadamente fracasado en todas las latitudes del planeta, no admite posibilidad alguna de ofrecerle a los pueblos superar la pobreza y conducirlos a niveles superiores de bienestar y justicia.

De modo que la solución a la crisis que nos agobia no vendrá por una elevación de los precios del petróleo, que aún no se vislumbra en el horizonte. Si el país recibiese de nuevo un torrente de recursos financieros por un cambio del mercado petrolero, solo serviría para dar una falsa sensación de recuperación, sin que los gravísimos problemas estructurales e históricos de nuestra economía, agravados por un sistema autoritario, ineficiente y corrompido, como el instaurado por el chavismo, puedan ser superados de manera definitiva.

Instaurar una economía productiva, moderna, eficiente y competitiva requiere de un inmenso cambio político, que a la vez significa un profundo cambio cultural en nuestra sociedad, y muy especialmente en la clase política.

Los actuales conductores del Estado venezolano no podrán superar esta crisis. Están atados política y culturalmente a una cosmovisión, que no les permite transformar el modelo instaurado, por el jefe de la logia militar golpista del 4 de febrero de 1992. Maduro no tiene el liderazgo ni tampoco la compresión intelectual del cambio que se requiere. Por el contrario está fanatizado y amarrado al modelo estatista, centralista, militarista y autoritario vigente.

Pero la salida de la cúpula roja por sí sola no es garantía de que podamos enrumbar al país hacia la democracia, la modernidad, la economía productiva y la justicia social. Se requiere un compromiso para construir un modelo político y económico sustancialmente distinto al que han forjado a lo largo de los últimos tres lustros. Una sociedad democrática, con una clara separación de poderes, y con una gestión descentralizada, puede ejercer un control más eficiente de las políticas públicas, cuestión imposible de lograr en un régimen autoritario y centralizado. También es cierto que para producir el cambio de un país arruinado hacia una nación próspera y equitativa es un requisito esencial desalojar de la conducción de los poderes públicos a los miembros del PSUV.

Es muy importante educar a la población sobre lo esencial del elemento político en la conducción de la vida de una nación. Si la conducción política de la sociedad y del Estado no está basada en un compromiso auténticamente democrático, no es posible crear las condiciones para construir una economía productiva, que dé respuesta a la diversidad de necesidades demandadas por toda sociedad moderna.

Es fundamental, además, valorar la calidad ética, intelectual, social y espiritual de los liderazgos disponibles para asumir la conducción de la vida política.

Se requiere saber elegir a personas con sólida formación, con gran compromiso social, con comprobada base moral y con trayectoria en el servicio público. No es posible en una etapa de reconstrucción improvisar en el liderazgo, pues ello compromete la gobernabilidad del país.

Restaurada una democracia plena, debemos promover una economía productiva y eficiente. Los democristianos apostamos claramente a un modelo de economía alejado del fracasado sistema de economía centralizada, estatizada y planificada. Lo hemos denominado claramente “economía social y ecológica de mercado”. Este modelo solo es posible en una democracia. Pero por sí sola la democracia no logra impulsar una economía eficiente. Se requiere desmontar los hipercontroles y desarrollar una regulación racional de los agentes económicos. Se requiere igualmente dar garantías a la propiedad privada, y a las inversiones nacionales y extranjeras, definiendo claramente las reglas del juego económico. Se requiere un debate nacional sobre la orientación del gasto público para que este sea agente de desarrollo, y no la excusa con la cual saquear las riquezas del país.

Aquellos que siguen pensando que lo político no es la base de la construcción de la paz, el progreso y la justicia, seguirán apostando por la aventura y al oportunismo. Rescatemos, entonces, la primacía de la política en la vida de nuestra sociedad.