• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

La gobernabilidad de la esperaza y del cambio

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Crece cada día, en el alma popular venezolana, un deseo urgente de cambio. La profundidad de la crisis económica y social toca la sensibilidad de densos sectores populares, que hasta hace poco no habían percibido el descalabro al que nos ha traído el socialismo del siglo XXI.

Quienes pudimos descubrir en el discurso y en el accionar de la logia militar golpista del 4F el inmenso daño que se le avecinaba a nuestra patria, fuimos desoídos en los años de auge de esta corriente. La antipolítica copó todos los espacios para abrirle cauce a una política obsoleta y deshumanizante, que nos ha conducido a la espantosa crisis de los días presentes.

El caudillismo mesiánico, el estatismo y el populismo galopante entraron con vigor en la escena política, la han dominado por ya casi dos décadas; y los llamados a una política democrática, donde las instituciones y las organizaciones diversas de la sociedad orienten su vida social, han sido aplastados por el germen corrosivo del autoritarismo, sostenido por la inmensa bonanza petrolera de los años recientes.

Para poder percibir estas desviaciones, y detener a tiempo los daños que ellas pueden causar a los pueblos, se requiere de una elevada cultura política. Ningún pueblo está exento de ser presa de la vorágine de la demagogia y del caudillismo. Así lo ha demostrado la historia. De ahí la tarea pendiente de mayor y mejor educación, que no solo capacite a los ciudadanos para la vida productiva, sino muy especialmente para la vida política.

La desilusión y la carencia de un mejor nivel cultural nos arrojaron a los brazos del militarismo rojo. Hoy todos sufrimos las consecuencias del fracaso del modelo que este sector le impuso a nuestro país.

Aún la crisis no ha tocado fondo, si es que se puede decir que existe un fondo, pero es claro que podemos descender aún más en nuestra calidad de vida. Dios nos ilumine a todos, para que en la caída no lleguemos a la locura de la guerra civil. Así podremos recuperar más rápido la maltrecha nación que dejará la cúpula roja a su salida del poder.

Lo cierto es que hoy más venezolanos se han convencido de la inviabilidad de la revolución bolivariana, y desean ferviente un cambio.

Dentro de ese colectivo ciudadano hay diversas percepciones y deseos. Hay los que desean el cambio ya, de cualquier forma  y a cualquier precio. Hay los que lo desean pacífico y democrático. Hay los que desean un modelo radicalmente distinto. Hay también los que desean y sueñan con algo parecido, “pero más eficiente”.

Conducir ese deseo irrefrenable de cambio, canalizar esa esperanza de construir una sociedad distinta, articular la estrategia eficiente para avanzar hacia una nueva conducción del Estado, todo ello constituye un desafío muy grande para todos los sectores dirigentes de la sociedad, pero muy especialmente para el liderazgo político democrático.

Conseguir el punto de equilibrio entre la emoción que la coyuntura genera, y la razón de una conducción colegiada, que respete los diversos pareceres e intereses que existen en la sociedad democrática, es una responsabilidad de todos.

Entender esta necesidad no es nada sencillo, pues aún persiste una fuerte corriente antipolítica, que sigue creyendo que es posible conducir la sociedad sin política. Es decir, hacer política sin políticos, para que una vez más el caudillismo, el aventurerismo y la improvisación copen la escena, y vuelva a generar más frustración.

Un auténtico liderazgo democrático debe ser responsable y entender que una sociedad moderna debe contar con instituciones. Un honesto liderazgo moderno y democrático debe fortalecer las instituciones, sobre todo, aquellas que le sirven de soporte a la conducción de la alternativa democrática. No podemos seguir apostando por el caudillismo, al líder único.

La conducción colegiada debe tener también la capacidad de captar la emocionalidad que existe en el alma popular, y cabalgar con ella en la construcción y fortalecimiento de una dirección más institucional y formal. No se logra de manera automática un cambio en la comprensión del modelo de gobernabilidad de una sociedad.

No es fácil lograr este equilibrio, pero él es clave para garantizar la unidad de la alternativa democrática, avanzar hacia el cambio y animar la esperanza de una Venezuela mejor.

Aquí está una tarea esencial de todos quienes luchamos por la restauración de la democracia. Todos somos útiles y necesarios. Lograr la gobernabilidad de la esperanza y el cambio es la más importante tarea de la hora presente. Así garantizaremos el triunfo, y podremos trabajar para logar una democracia de instituciones, de liderazgos democráticos, que deje atrás esta etapa del caudillismo decimonónico.