• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

La frontera posible

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El intempestivo y brutal cierre de la frontera con Colombia, y la implementación de un inconstitucional “estado de excepción”, han generado un intenso debate nacional sobre la situación de nuestras fronteras, y muy especialmente sobre la frontera viva más importante de nuestra nación.

Ha quedado clara la motivación electoral de dicha política. No se trata de un giro en el diseño de políticas públicas por parte de la cúpula roja, respecto de la frontera. Esta, como otras regiones de nuestro país, ha sido objeto de un total desinterés por parte del castro-chavismo en sus ya largos tres lustros de dominio del estado nacional.

Se trató de una medida desesperada de un régimen en apuros para continuar su reiterada costumbre de endosar a otros las culpas de sus erráticas políticas.

La grave escasez de alimentos, medicinas y otros bienes; la brutal devaluación del bolívar y la desmesurada violencia criminal que azota a la nación no son responsabilidad de la cúpula gobernante. Ellos evaden su responsabilidad y proceden a imputársela a Colombia, a los colombianos y a los tachirenses. Son ellos quienes han generado esos males. La salida de bienes de diversa naturaleza no la aceptan como el resultado de su fracasado modelo económico, y como el fruto de su inconmensurable incapacidad para administrar sanamente la grandiosa riqueza petrolera que la providencia puso en sus manos.

Maduro ha querido justificar su errática medida anunciando que buscaba construir “una nueva frontera” de paz y seguridad.

Nada más alejado de ese objetivo que las políticas aplicadas hasta la presente. Por el camino que transitamos, los graves problemas que se aprecian en la frontera seguirán presentes, y una vida sana, productiva, pacífica y creadora no podrá lograrse.

Una frontera moderna, productiva, segura e integrada con nuestros vecinos es posible. Para lograrlo hay que cambiar radicalmente las políticas implementadas por la cúpula roja.

La frontera posible pasa primero por la Venezuela posible. Si no hay una Venezuela democrática, respetuosa de los derechos humanos, y por ende de la propiedad y de la iniciativa privada, será imposible una frontera diferente.

Se requiere un Estado de Derecho pleno, una economía social de mercado y un liderazgo democrático mesurado, para establecer una política de relaciones respetuosas y solidarias con todos nuestros vecinos, pero muy especialmente con Colombia.

En la medida que avancemos en la construcción de una Venezuela con esas características, podemos plantearnos la frontera nueva, la frontera del progreso y del bienestar.

Ello supone entender a Colombia como el vecino con el cual debemos integrarnos plenamente. Necesitamos volver a logar los niveles de integración al que habíamos llegado antes, de que en mala hora Hugo Chávez sacara a nuestra patria de la Comunidad Andina de Naciones.

Debemos propender a una integración total en lo económico, cultural y social con nuestra vecina Colombia. Ello debe significar un acuerdo de libre comercio, y de libre tránsito entre ambos países, hasta logar un mercado común, con una moneda común. Por supuesto que eso no es obra de un día, ni de un solo acto jurídico y político. Eso es un proceso que debemos retomar.

Una cooperación en todos los aspectos entre ambas naciones y sus autoridades reducirá a su mínima expresión la actividad delictiva, y una integración económica elimina los elementos generadores de corrupción, de articulación de mafias que buscan aprovechar las asimetrías hoy presentes.

Una frontera civilizada, que asuma la existencia de una gran conurbación, asiento de más de 4 millones de seres humanos, donde la norma constitucional de las binacionalidades y de la ciudadanía compartida no solo es una realidad humana, sino también jurídica y política.

De esa forma podemos eliminar las odiosas alcabalas, centro de toda perversión, fuente de toda corrupción y de las más diversas violaciones de los derechos de las personas que habitan esa extensa porción de nuestro espacio geográfico.

La frontera de la corrupción, del crimen, del hostigamiento y de la violación de los derechos humanos puede convertirse en la frontera de la vida, del trabajo, de la industria, del comercio, del arte, del deporte y de la familia.

Esa frontera posible solo puede logarse sustituyendo el militarismo, el estatismo, el centralismo, es decir, el socialismo del siglo XXI, por una vigorosa democracia moderna.