• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

El espejismo populista

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“Lo barato sale caro”, reza un viejo adagio popular. Barato y reglado ha sido la consigna del populismo de izquierda y de derecha. Conseguir el respaldo de los pueblos sobre la base de que es posible lograr una mejor calidad de vida sin impulsar un trabajo productivo, sin crear riqueza, es una opción que la historia ha demostrado hasta la saciedad, termina generando daños mucho más severos, que los beneficios de corto plazo obtenidos con políticas de despilfarro y corrupción, implementadas con la excusa de “redimir a los pobres” o de “pagar la deuda social”.

No se puede confundir a los ciudadanos, una cosa es gobernar desde la perspectiva de “una opción preferencial por los pobres”, como bien lo dejó sentado el Papa Juan Pablo II, y otra cosa es despilfarrar las riquezas de las naciones,  sin medir las consecuencias ulteriores, que tal irresponsabilidad genera.

En el campo de la economía política, se da ya por sentado, que el camino a la equidad pasa por una economía productiva. Lograda ésta, se discute entonces, como obtener niveles superiores de igualdad. O dicho de otra forma como lograr reducir las “desigualdades”. La economía burocratizada, estatizada y fuertemente controlada, condicionada políticamente,  ha demostrado ser profundamente ineficiente. Es igualmente depredadora en lo social y en lo ecológico. El mejor ejemplo es el fracaso económico de los países de Europa del Este que fueron arrastrados a dicho modelo, luego de finalizada la segunda guerra mundial. La economía como toda actividad humana requiere de libertad para su creación y funcionamiento. Los regímenes autoritarios que limitan al máximo posible la libertad, para poder establecer el control social y del poder, han tenido también que cercenar la libertad económica y con ella implantar el ineficiente modelo de economía controlada. Si a tal situación le sumas una gestión de despilfarro de los pocos recursos que genera dicha economía, el endeudamiento progresivo de la nación, y la extracción por diversas vías de las decrecientes producciones internas, terminan creando un cuadro desolador, de mayor pobreza y desigualdad. Bien lo señala Thomas Piketty en su laureada obra  “El capitalismo en el siglo XXI”: “La historia de la distribución de la riqueza es siempre profundamente política, y no podría resumirse en mecanismos puramente económicos.”

No otra cosa ha ocurrido con Venezuela. Un discurso político, una visión retrograda en el campo político, generó un caos económico, con su irrefutable impacto en la distribución regresiva de la riqueza nacional. Pero no solo nuestra patria vive los estragos del populismo, el estatismo y la corrupción. Grecia ha sido sometida a una dosis elevada de tales recetas. Ambos pueblos gastaron irresponsablemente sus ingresos, ambas naciones fueron indiferentes y tolerantes con el saqueo de sus recursos públicos, ambos países se endeudaron irresponsablemente. Y ambos han caído en crisis en el mismo tiempo.

Los resultados lo estamos viendo en vivo y directo. Frustración y malestar colectivo. Ilusión de bienestar que no tenía un soporte en el trabajo de su pueblo. En nuestra patria en el volátil mercado del petróleo, en Grecia en los créditos recibidos de sus socios comunitarios europeos.

En Venezuela venimos sufriendo de manera creciente los resultados del populismo. Cuando este u otro gobierno, tenga que asumir la realidad de los efectos populistas, sentiremos con mayor rigor la destrucción causada. De entrada todos estamos sufriendo las consecuencias de lo que Giordani llama “el pago de la deuda social”. Regalar y regalar, para que en medio del reparto, los funcionarios de “la cúpula gobernante” pudiesen desfalcar la riqueza petrolera, ha sido el logro más significativo de este festín.

Si aquí se convocara un referéndum, la inmensa mayoría votaría por que continúe la fiesta. Si se le pregunta a nuestro pueblo, si está dispuesto a apoyar una política de austeridad, de privatización de empresas ineficientes y quebradas, de reducción de subsidios indirectos, y de otras canonjías, mayoritariamente dirán que no. Así ocurrió con el pueblo Griego. Solo que a los pocos días la frustración surgió con mayor fuerza, pues la ilusión de que con votar no, se lograría la aparición mágica de los recursos para que el festín continuara, no apareció. La cruda realidad se viene imponiendo. Al no haber recursos de donde sacar, la austeridad se impone. La pobreza reaparece con fuerza.

Maduro quiere hacernos creer que es posible seguir con el festín del gasto irresponsable, de la emisión de dinero inorgánico, de bienes subsidiados. Pero la cruda realidad nos golpea con mayor fuerza. Crece el desabastecimiento, crecen los precios, se devalúa dramáticamente nuestra moneda, se agudiza el mercado negro, avanza la destrucción de la infraestructura, crece la basura y la violencia se desborda. Es el precio del populismo, de la irresponsabilidad.

Es el espejismo de una ilusión, según la cual, seguimos creyendo que podemos disfrutar de un buen nivel de vida sin desarrollar trabajo productivo. Que podemos seguir viviendo de una renta infinita. Ha llegado la hora de hablar claro. No hay almuerzo gratis. Todo tiene un valor y debemos pagarlo. Comenzando por nuestro trabajo, por el cual ya no recibimos nada. Solo con una economía productiva será posible trabajar en la búsqueda de la verdadera justicia social. O dicho de otra forma, si producimos riqueza podemos pensar en una búsqueda de la equidad, si no es así, todos seremos irremediablemente pobres.