• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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César Pérez Vivas

El envilecimiento de la política social

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Uno de los elementos fundamentales en el diseño de las políticas públicas del Estado social y democrático de derecho es la elaboración y ejecución de una eficiente política social.

La meta de la justicia social y de la equidad solo puede ser alcanzada en la medida que una sociedad logre atender eficientemente en los servicios fundamentales de la vida humana a sus ciudadanos más vulnerables.

Ese objetivo solo es posible si, previamente, esa sociedad ha sido capaz de producir riqueza, vale decir, generar bienes y servicios suficientes para poder así atender los requerimientos de la política social. Es decir, no puede haber una buena política social si no hay una buena política económica.

Cuando un país no tiene una economía sana y vigorosa los problemas sociales van a multiplicarse y, por consiguiente, van a surgir graves problemas políticos.

Uno de los graves errores de los sectores de la llamada izquierda autoritaria o atrasada es precisamente su incapacidad para entender esa premisa fundamental. Alimentada con el odio, propio de la visión materialista del marxismo, y animada por los resentimientos que el leninismo, el estalinismo y el castrismo les ha insuflado, solo entienden la política económica y social en la perspectiva de la “destrucción de la oligarquía”, y, en consecuencia, la intervención oficial en la economía y “la estatización de los medios de producción”. Con ello solo han generado la destrucción de la capacidad productiva de las sociedades, reducido la oferta de bienes y servicios y, en consecuencia, aumentado la escasez, los precios de los pocos productos existentes y la pobreza.

Este tipo de socialismo termina siendo experto en destruir la riqueza y en producir más pobreza.

En Venezuela nos han aplicado una buena dosis de las fracasadas teorías del socialismo real. El socialismo del siglo XXI ha intervenido ferozmente la economía, ha hostigado hasta el extremo a los agentes económicos, y ha tomado buena parte del aparato productivo y comercial del país. Todo ello en un juego a la revolución, pero, por otra parte, ha dilapidado y robado de manera irresponsable la más cuantiosa riqueza que jamás había recibido el Estado en toda su historia económica.

Todo ese desastre se ha hecho en nombre del pueblo, en “pro” de los pobres, y los que menos han sido beneficiados precisamente son esos sectores; por el contrario, ha surgido una nueva “oligarquía económica”, mejor conocida como la “boliburguesía”. En efecto,  una corte de “revolucionarios de nuevo cuño” ha hecho fortunas incuantificables, al asaltar de diversas formas el ingreso petrolero. Oportunistas, comerciantes, militares y “caras nuevas” de la política han pasado de sencillos ciudadanos a potentados personajes, incapaces de demostrar el origen de las cuantiosas fortunas, levantadas en los últimos años, sin que se les conozca empresa estable o experticia en la producción de bienes y servicios, mucho menos talentos especiales en la invención o investigación científica.

Uno de los desaguaderos de la riqueza nacional, y fuente de toda suerte de corruptelas en la mal llamada revolución bolivariana, ha sido la política social. Misiones, subsidios, empresas de “propiedad social”, bancos para el pueblo y la mujer, consejos comunales y otras iniciativas han sido las formas de llegarle a los fondos públicos para poder desviarlos hacia el derroche y el latrocinio.

Los volúmenes de recursos destinados a financiar subsidios han sido el gran negocio de “los socialistas venezolanos”. El brutal y gigantesco negocio con la gasolina y otros derivados de los hidrocarburos ha corrompido toda la estructura de distribución de Pdvsa y de los órganos de seguridad, que tienen la misión de garantizar la comercialización, solo en el país, de dichos productos. Lo más lamentable, han creado una legión de seres humanos dedicados al buhonerismo de su comercio ilegal.

Mercal, Pdval y todas las iniciativas de comercialización y producción de alimentos han servido para enriquecer a una cofradía de militares y activistas rojos que tomaron, por decisión de Hugo Chávez, el control de dicho sistema. Muestra de esa brutal corrupción son las miles de toneladas de alimentos podridos encontrados en Puerto Cabello y en otros lugares del país. O la declaración ofrecida en un canal de la TV española por el cantante de ese país, Bertín Osborne en junio de este año 2014, cuando afirmó:

“Yo he tenido aquí en España a un general bolivariano, un coronel y un matrimonio que venían a comprarme aceite. El general lo puso Chávez y es el único que compra alimentación para el gobierno, casi a costo, porque yo sé la tragedia que hay allí. Allí no hay ni pañales para niños y se pelean en supermercados por rollos de papel higiénico”, relató Bertín Osborne en Telecinco. “Este señor me pedía una mordida imposible de asumir, los venezolanos se quedaron sin aceite”, señaló. (http://runrun.es/internacional/internacionales/135414/el-cantante-espanol-bertin-osborne-denuncia-corrupcion-militar-en-compra-de-alimentos.html)

Si a esas “mordidas” le sumamos los costos operativos de esa política, así como su cobertura real en la población, entonces podremos concluir que su eficiencia es extremadamente limitada.

En nombre de esa política social envilecida por su ineficiencia y corrupción, pero además por el nivel de dependencia y humillación a que es sometida una parte valiosa y significativa de nuestra población, se ha establecido un gasto público irresponsable que ha destruido el valor del bolívar y, por consiguiente, el valor de los salarios, y generado además un empobrecimiento mayor de toda la sociedad.

Esa política social envilecida debe ser sustituida. Debemos salir de esos subsidios y programas parásitos para ir a una verdadera política social basada en el fortalecimiento real del salario. Si tenemos empleos de calidad y salarios de primera no harán falta esos subsidios globales. Entonces podremos ir directo a los sectores y personas vulnerables con políticas más eficientes, en el campo de la salud, la educación y la vivienda.

En lo que pretendía ser su fuerte, es decir, en lo social, la cúpula roja muestra un balance desolador.