• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

La doble moral del socialismo bolivariano

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La política sin ética constituye un peligro para la sociedad y para la vida humana. Los comunistas presumieron de ser portadores de una nueva ética, la llamada “ética socialista”, que buscaba la formación de un “hombre nuevo”. Toneladas de tinta y papel se gastaron, miles de discursos emotivos se pronunciaron, documentales cinematográficos, obras musicales y de teatro fueron producidas para convencernos de que el marxismo nos traía la salvación del hombre en la tierra, y que ese “hombre nuevo” formado a la luz de la “ética socialista” construiría la nueva sociedad, la sociedad de la felicidad plena, donde no existirían ni explotados, ni explotadores, donde no habría necesidades, y por lo tanto no era necesario ni el Estado, ni las leyes.

La realidad, la cruda realidad de los pueblos sometidos al experimento “comunista” o “socialista”, demostró hasta la saciedad que “la ética socialista” carecía de consistencia y autenticidad. El desarrollo de los modelos colectivistas terminó evidenciando que “el hombre nuevo” no era tal. Y que las normas morales que impulsaba el “socialismo”, solo una excusa para implantar regímenes de terror y degradación de la persona humana.

Copiando y repitiendo el agotado discurso del “hombre nuevo” y de la “ética socialista”, irrumpió en la escena el difunto presidente Chávez, para hablarnos de una “nueva moral del socialismo bolivariano”.

Y esa nueva moral ha devenido en una doble moral, que sacude la fibra espiritual de un país, que cada día observa ya casi sin sorpresa, cómo los voceros de la cúpula roja asumen posturas contradictorias, y con justificaciones cada vez más absurdas, frente a la decadente vida social y política de la nación.

Los voceros de la “revolución bolivariana” se autocalifican como promotores de la paz. Se gastan millones y millones de dólares para convencernos de su apego a la convivencia civilizada. Sus actos los desmienten a cada instante. Todos recordamos que este grupo político surge a la vida pública por un acto de fuerza, por la vía de la violencia. Es con el intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 que se presentan en sociedad los principales representantes de esta corriente, a la cual se le suman después los grupos más radicales de la izquierda antidemocrática venezolana.

Fracasada la felonía, y sometidos a prisión los militares comprometidos en dicha aventura, se desarrolla un movimiento político y de opinión para solicitar la libertad de los conjurados, mediante indultos y amnistías.

Muchos de los insensibles voceros de la cúpula hoy gobernante eran entonces voceros en las calles y en los medios de comunicación para solicitar a las autoridades de entonces “perdón” para quienes habían tomado el camino de la violencia como el mecanismo de acceder al poder.

A lo largo de su existencia política, la identificación de la secta “revolucionaria y bolivariana” ha sido precisamente, con movimientos que han hecho de la violencia su forma de hacer presencia pública.

El caso más elocuente de su identificación con movimientos armados, generadores de miles de muertos y heridos, y además operadores del mercadeo internacional de las drogas, es su alianza con la guerrilla colombiana de las FARC y del ELN.

Ahora desde el gobierno promueven los diálogos de paz en Colombia. Usan el poder del Estado venezolano para ejercer presión y lograr que la guerrilla sea incorporada al establecimiento político colombiano, sin que sus líderes sean sometidos a juicio por los innumerables crímenes cometidos.

Por supuesto que para nosotros, los demócratas venezolanos, la solución al conflicto de Colombia, y el logro de la paz, es una meta que anhelamos y respaldamos.

Pero son válidos estos elementos para poner de manifiesto, solo en este renglón, la doble moral de quienes se consideran expresión “del hombre nuevo” y voceros de “la ética socialista”, cuando se trata de hablar de paz, reconciliación y diálogo a lo interno de nuestro país.

Ahora que han hecho y hacen uso abusivo del poder, desatando la más perversa represión y persecución política de los últimos tiempos, encarcelando y enjuiciando a miles de personas por nimiedades, fomentando una violencia de Estado para después endilgársela a quienes se les oponen, se olvidan de aquellos tiempos en los que marchaban y solicitaban “amnistía para los militares del 4-F”. Hoy la amnistía es mala, es llamada “amnesia criminal”, como si la historia la pudiesen borrar con una consigna oportunista y mentirosa.

Pero en lo que resultan más crueles las manifestaciones de esa doble moral es en la forma como opinan de la paz en Colombia, y el trato que nos dan en el país a quienes somos víctimas de su odio y persecución.

Para que sus aliados de la guerrilla colombiana se reintegren a la vida política, el territorio nacional y los recursos del Estado están disponibles. Para que los líderes de la guerrilla vayan y vengan cuantas veces lo requieran a Cuba, sobran los recursos; pero para devolver la libertad y la plenitud de los derechos políticos a quienes ejercemos oposición pacífica y democrática a su gestión de destrucción nacional, no hay ni voluntad ni respeto.

La posición asumida por la cúpula roja frente a la Ley de Amnistía y Reconciliación muestra en toda su dimensión la perversión espiritual de quienes gobiernan, y refleja la doble moral de quienes antes pedían amnistía y ahora aplican represión. De quienes para sus socios colombianos piden paz, libertad y garantía, pero para sus opositores en territorio nacional nos dan cárcel, exilio e inhabilitaciones para el ejercicio de la política. Versión acabada del “hombre nuevo”. Reglas justas de la “ética socialista”.